Capítulo 13. Ophelia #2
Me conduce hasta el segundo caballete y ahí estoy otra vez, pero no en una chaise longue , no en una habitación en el lluvioso Camden. Estoy en el asiento trasero de un coche, con un vaso de fideos entre las manos bajo una guirnalda de luces navideñas.
Se me corta la respiración. Se me olvidan todos los comentarios ingeniosos que había planeado mientras me pasea de caballete en caballete.
Estoy flotando boca arriba en el agua, con el pelo ondeando a mi alrededor como si fueran llamas.
Estoy mordiendo la tapa de un bolígrafo mientras hago un crucigrama con el ceño fruncido.
Me estoy duchando, con la cabeza inclinada hacia atrás bajo el agua.
Ha dibujado la curva de mi vientre, las estrías pálidas que me cubren las caderas.
Y entonces se me llenan los ojos de lágrimas y veo todo borroso, una mano cálida me sostiene por la nuca mientras observo las obras que se alzan frente a nosotros.
—Sé que te preocupa que entre en pánico y que vuelva a dejarte cuando las cosas se pongan feas.
No es que hasta ahora te haya demostrado lo contrario —comienza, y me acaricia los omóplatos con el pulgar—.
Sé que te preocupa la distancia, que te da miedo que estire demasiado nuestros hilos.
Siento mucho haber dejado que creyeras eso.
Bajo la cabeza, pero un dedo suave me alza la barbilla para que lo mire cuando hablo.
—Me da miedo que todo esto no sea suficiente. No quiero que me olvides.
—No necesito tenerte delante, Ophelia. No necesito que me hagas de modelo.
Me conozco las curvas de tu cintura mejor que los pasillos de mi propia casa.
Podría dibujarte en cualquier vida, juntos o separados.
No he pintado ni un solo dibujo que no seas tú desde enero.
Si tenemos que estar separados, sé que podría soportarlo, porque la única distancia que me separa de ti es la de mi lápiz.
Escondo la cara en su pecho y dejo escapar un sollozo. Nunca he tenido que mostrarme fuerte delante de él.
Ser amada por Alex Corbeau-Green no se parece a nada que haya experimentado antes.
Nos conduce hasta el último caballete y se deja caer en el taburete. Se aparta un poco, esos ojos atormentados me observan a través de ese pelo rebelde que necesita un corte.
Baja la mirada a mis labios, se pasa la lengua lentamente por el interior de los dientes. Todavía no nos hemos besado, pero la tiene dura bajo los vaqueros, prácticamente vibrando de deseo.
Es demasiado, demasiado intenso, demasiado tentador. He perdido el control de mi propio pulso, el autocontrol me ha abandonado y permanece en el fondo del Támesis. Le paso los dedos por el pelo y me siento a horcajadas sobre él.
Su gemido es animal.
—Creo que Mandarina está fuera.
—¿Clementina?
—¿Satsuma?
Balanceo las caderas contra las suyas, impaciente.
—¿Vas a seguir nombrando frutas toda la noche?
No recuerdo la última vez que lo vi sonreír así. Como si se hubiera quitado de encima el peso con el que carga durante todo el día y lo hubiera dejado a un lado por un momento.
—No, prefiero que no te pongas de mala uva.
—¡Alex!
Su risa resuena por toda la sala, un ligero rubor le tiñe las mejillas.
Vuelvo a enamorarme mientras me río de esa chica que creyó que lo de «sin ataduras» era factible.
Suspira, y su expresión se vuelve seria cuando me mira como si fuera yo quien hubiera puesto la luna en el cielo y colocado las estrellas a su alrededor solo para él.
—Estoy bastante seguro de que nos está escuchando.
Paso los dedos por su pecho, con miedo de que no sea real. Quizá Clementina me asesinó con su enorme botella de kombucha y estoy en el más allá. Quizá Eike conduce fatal.
—Me da igual.
Sus manos se vuelven descaradas y torpes cuando las pasa por mi cintura, mis caderas, mis pechos y mis muslos, como si él tampoco se creyera que estoy aquí. Me acaricia los labios con el pulgar, las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecen un abismo de tinta.
—¿Serás capaz de no hacer ruido, Ophelia?
—¿Y tú?
Una risa entrecortada me cosquillea en la garganta. Cuela las manos peligrosamente cerca de la parte superior de mis muslos, dejando un rastro ardiente sobre la piel cubierta de pecas.
—Lo dudo.
Desliza los dedos entre mis piernas mientras con la otra mano me sujeta por la cintura.
Echo la cabeza hacia atrás y su nombre se escapa de entre mis labios como un jadeo desesperado.
Me separa más las piernas antes de hundir sus dedos expertos para aliviar un dolor que ha atormentado mis noches durante demasiado tiempo.
Ahora es distinto, ya no hay secretos carcomiéndome por dentro, no estamos intentando meter sentimientos demasiado grandes en una caja del tamaño de una amistad. Tiene mi corazón en sus manos y yo el suyo en las mías.
Me roza el clítoris con las yemas, me recorre la clavícula con los labios y aunque sus acciones pueden parecer pecaminosas, sus palabras no lo son. Sus palabras son pura adoración.
—No puedo vivir sin ti, Ophelia —susurra contra mi piel cálida—. Ni en esta vida ni en la siguiente.
—Te has vuelto muy filosófico.
Me roza el pezón con la lengua y es imposible que Clementina no oiga el gemido que resuena por la sala vacía.
—Bueno, me has dado esperanzas para el futuro.
Trasteo con los primeros botones de su camisa hasta que su piel queda más expuesta. Respiro su olor y dejo que me llene cada rincón de los pulmones. La oleada de euforia que sigue me marea.
—Y me has hecho más fuerte que mi pasado.
Cierro los dedos sobre la cremallera de sus vaqueros oscuros. Se le acelera la respiración hasta convertirse en un leve gemido.
Es mi perdición.
—Y vas a hacer que me vuelva un hombre de un minuto.
Me río, agradecida por el giro hacia una conversación menos emocional. Lo último que necesito es echarme a llorar durante un polvo de reconciliación. Tiene que haber al menos un día al año en el que no llore.
Mueve los dedos dentro de mí más rápido mientras me acaricia el clítoris con el pulgar. Siento una corriente eléctrica en el vientre y apoyo la frente contra su hombro. Coloca la otra mano sobre mi abdomen, tiene ambas cubiertas de pintura de distintos colores.
—Así es como son mis sueños —susurra—. Cada noche, esto es lo que veo.
Somos como una de sus obras de arte: líneas imperfectas que, en medio del caos, crean algo maravilloso.
—Joder, joder, voy a...
Se detiene de golpe antes de apartarme del taburete; entonces pienso que quizá él también está a punto de acabar.
—Madre mía, Ophelia. Date la vuelta.
Obedezco y me giro hacia el lienzo en blanco. Tiene la respiración agitada cuando se inclina hacia mí para coger dos de los pasteles.
Noto la tela de sus vaqueros áspera contra la piel sensible de la parte posterior de los muslos, cada roce de su camisa contra mis brazos me provoca una descarga eléctrica.
Desliza los colores pasteles por mis manos con trazos largos y lentos, sin prisa, a pesar de que la evidencia de su deseo me presiona la parte baja de la espalda. Un escalofrío me recorre el cuerpo, el deseo que nos invade empieza a ser demasiado.
Me da un beso suave en el cuello, una palabrota ahogada flota sobre mi hombro. Dos manos grandes me tiran de las caderas hacia atrás lo suficiente como para obligarme a apoyar las manos sobre el lienzo blanco para mantener el equilibrio.
Huellas marrones y naranjas manchan la hoja blanca.
La voz de Alex es ronca y su aliento logra derretir la coraza fría que tantos años me he pasado construyendo.
—Píntame un cuadro mientras te follo, Ophelia.
El sonido que se me escapa es vergonzoso: un gemido y una versión distorsionada de su nombre intentan salir a la vez. Marcas naranjas de arañazos rasgan el lienzo en mi intento de mantener el equilibrio. Alex me acaricia la espalda con el pulgar mientras murmura una retahíla de frases en francés.
Parece decidido a tomarse su tiempo, a grabarse en la cabeza hasta el más mínimo detalle de este momento. Me presiona la piel de la espalda como si fuera un escultor y yo el premio de su colección.
Aunque ahora soy más de las que follan primero y examinan las vértebras después.
—¿A qué se debe la demora? —resoplo con desesperación. Lo está alargando solo para hacerme sufrir—. ¿Te has quedado atrapado en un atasco o algo?
Se ríe, incrédulo, mientras me agarra del pelo y me obliga a mirar el desastre que he hecho en el papel.
Se me llenan los ojos de lágrimas, todos mis sentidos están alerta.
El roce de sus manos en mi cintura me arde, las marcas de sus huellas en mi piel, y de repente estoy delirando de necesidad, con un deseo frenético de volver a ser suya.
Las palabras «por favor» se deslizan entre mis labios como un canto.
—Ophelia, cariño. Te veo un poco alterada.
Se me escapa otro «por favor», y entonces embiste las caderas hacia delante, con una mano en mi cintura y la otra en mi hombro para impedir que me estampe contra el caballete.
Alex lo es todo. El ojo de la tormenta, la calma en el caos. El placer en una vida de dolor.
Ninguno guarda silencio. Yo grito su nombre, el susurra un «gracias» con la voz rota, como si llevara semanas ahogándose y acabaran de lanzarle un salvavidas.
Y por primera vez desde que empezó el año, puedo ver tierra firme después de pasar tanto tiempo a la deriva.