Capítulo 13. Ophelia
Quizá debería sentirme un poco decepcionada cuando pasan tres minutos de la hora y no ha aparecido ni una sola persona; sin embargo, lo que me recorre el cuerpo es puro alivio.
—Puede que no venga nadie —le digo a una Colette desanimada.
El sonido de la puerta principal abriéndose y cerrándose resuena con claridad en el pasillo vacío. Cierro los ojos mientras una nueva oleada de pavor me invade.
—Soy una bocazas.
Se oyen voces apagadas al otro lado de la puerta. Me quedo sentada en silencio, como si estuviera esperando mi ejecución.
La puerta se abre. Ni siquiera soy capaz de mirar, todo mi cuerpo se pone rojo como un tomate. La sábana es demasiado pequeña, no deja nada a la imaginación. Se me eriza tanto la piel de los brazos que me duele.
Ha sido una mala idea.
—Eh... Ophelia —susurra Colette detrás de mí. El tono de su voz hace que abra los ojos de golpe.
Verde. Un verde brillante, como la lluvia fresca sobre la campiña inglesa.
Es un tono de verde que reconocería en cualquier parte.
Alex me mira desde la puerta, con el pelo oscuro mojado por la lluvia. Le cuelgan siete entradas de la mano. Tiene los labios entreabiertos, sin aliento. La camiseta empapada se le pega al cuerpo.
Es devastador.
—¿Alex? —susurro. Sale como una pregunta, como una petición, como una oración desesperada. Ni siquiera sé qué es lo que le estoy pidiendo. «Déjame en paz. Ni se te ocurra marcharte. Necesito espacio. Déjame quererte para siempre. No me toques. Tócame por todas partes».
No creo que se haya dado cuenta de que Colette está aquí. Me sostiene la mirada de tal forma que ni siquiera estoy segura de que se haya dado cuenta de que estoy desnuda.
El silencio nos envuelve como un hilo demasiado tenso hasta que, por fin, es él quien lo rompe. Su voz es ronca, cargada de emoción.
—Estoy enamorado de ti, Ophelia Winters.
Lo amo tanto que hasta parece una enfermedad.
Colette se escabulle por la puerta. Las bisagras crujen al cerrarse y entonces nos quedamos solos.
—Iba a llamarte.
—Ibas a dejarme.
—Es que... ya tienes suficientes cosas encima, Alex, no quiero ser una más. Una relación a distancia es otra carga más.
—Lo eres todo.
Al revés. Él lo es todo. Es la luz al final del túnel, la chimenea en una casa fría. Se merece algo mejor que una chica sosa, aburrida y por la que sufrirá un eterno jet lag solo para verla un par de veces al año.
Voy a moverme, pero él niega con la cabeza.
—He pagado por esta clase.
—Estás de coña.
—Londres es caro. Quiero practicar mi técnica de dibujo.
—Alex, podrías comprarte el edificio entero si quisieras.
—Menos mal que no quiero —responde, y deja caer su mochila.
El corazón me retumba en el pecho mientras él camina hasta la mesa de los cócteles, coge uno y se acerca a mí.
Los pocos centímetros que nos separan no impiden que el calor de su piel caliente la mía, su presencia es como un bálsamo sobre mi tez sensible. El borde del vaso está helado cuando lo presiona contra mi labio inferior.
No digo nada. No hago nada. Permanezco aturdida y sin palabras a causa de su llegada, de su aspecto, del hambre que percibo en su mirada.
—Venga, Ophelia —murmura con voz grave, e introduce el pulgar entre mis labios para separarlos—. Con la boca cerrada no se come.
«Hostia puta». Cierro los ojos para intentar ignorarlo. Necesito aferrarme a mi autocontrol cuando estoy cerca de él, pero sea lo que sea que está haciendo ahora mismo, me lo ha partido en mil pedazos y los ha desperdigado entre esta aula y el Puente de la Torre.
Una gota de líquido dulce y ácido me cae en la lengua: maracuyá, vodka y puro deseo. Su aroma familiar me envuelve como un capullo, cálido y acogedor. Se inclina hacia mí, tan cerca que creo que va a besarme, pero sus labios pasan de largo y se detienen junto a mi oreja.
Mi único consuelo ante la vergüenza de estar más cachonda de lo que he estado nunca es que veo que él también lo está.
—He pagado ciento cuarenta libras por tener el privilegio de dibujar a la mujer más preciosa del mundo. Y odio tirar el dinero.
Tras decir eso, se aleja. El aire frío entra para llenar el vacío que deja. Observo fijamente su espalda musculosa mientras elige los colores pasteles de las cajas que hay junto a los cócteles.
—Ahora vives en Nueva York. —Es lo único que digo cuando por fin consigo que me salga la voz. Se sienta a horcajadas en un taburete frente al primer caballete, arremangándose, y madre del amor hermoso, tengo que apartar la mirada.
Podría perderme en esos muslos.
—Viviría en cualquier sitio contigo —responde por encima del suave sonido de la pintura pastel deslizándose sobre el lienzo.
—Pero no puedes.
—No, todavía no. Lo haré cuando deje Green.
—Ya tienes muchas cosas encima. Y yo soy complicada.
—Eres la decisión más fácil que he tomado en mi vida.
—Te mereces algo mejor.
—Nos merecemos el uno al otro.
—Soy sosa y aburrida.
—Eres todos los colores que me faltaban.
Bajo la mirada a la sábana que me cubre el pecho pálido mientras me paso la lengua por una lágrima salada que me cae en el labio superior.
—Tengo miedo de que volvamos a perdernos, de que la distancia nos devore.
—Yo también.
—¿Y eso no te preocupa?
—Me preocupa más la idea de una vida sin ti.
Reflexiono sobre sus palabras mientras él dibuja. Ya está, es así de fácil. Le he dado tantas vueltas que me había olvidado de que todo esto se reduce a una decisión muy sencilla: una vida sin él o un futuro juntos.
Y no sé si es su mirada, la vulnerabilidad de mi posición, o el hecho de que esté aquí, delante de mí, pero siento cómo los engranajes de mi cabeza empiezan a ralentizarse. Siento que mi cerebro hiperactivo se inclina hacia una decisión.
Prefiero estar aterrada a su lado que ser valiente y estar sola. Mi sonrisa es temblorosa.
—¿De verdad quieres verme hacer crucigramas hasta que sea vieja y tenga el pelo gris?
Su mano vuela sobre el papel, pero me mira.
—Es lo único que quiero, Twist.
—Yo también. Pero...
—Dejemos la logística para otro día.
—Alguien se toma lo de acosarme como un deporte olímpico.
Él reprime un bostezo, pero se le curvan las comisuras en una sonrisa jovial.
—Aburrido. Los acosadores son muy aburridos.
—No cuando intentan impedir que tengamos un final feliz.
—Justo por eso son tremendamente aburridos. Tu acosador, mi madre, las niñas, tu miedo a volar, la distancia, mi padre, la prensa. Encontraremos una solución para todo.
Hago un gesto con la mano, como si no fueran más que nimiedades y no enormes obstáculos por los que la mayoría de las parejas se separan.
—Detalles sin importancia.
Se ríe. Es una risa ronca, auténtica y feliz.
—Por fin lo entiendes. Somos jóvenes y estúpidos, pero sé que lo conseguiremos.
Se levanta para admirar su obra. Yo me incorporo, pero me fulmina con la mirada mientras se traslada al taburete del segundo caballete.
—¿Qué haces?
—Siete entradas. Siete dibujos.
—Solo hay un número limitado de veces que puedo verte sentado a horcajadas en ese taburete y seguir respirando.
Hace el siguiente dibujo en silencio, y el siguiente. Entiendo por qué me vería hacer crucigramas hasta que seamos demasiado mayores como para recordar nuestros nombres; porque yo podría verlo hacer esto hasta que el sol se ponga sobre este miserable planeta por última vez.
Se limpia el exceso de tiza blanca del dedo contra el músculo marcado de su antebrazo, un arcoíris apagado de naranjas, azules y rosas sobre sus tatuajes de cuervos.
Vamos a hacerlo, a intentarlo. La emoción pesa más que el miedo.
El gemido que se me escapa de entre los labios cuando vuelve a sentarse en el taburete hace que tenga que recolocarse los pantalones; le brillan los ojos.
—Eres una chica muy sucia, Ophelia.
—¿Me vas a decir que los pensamientos que se te están pasando por la cabeza ahora mismo son completamente inocentes?
—Si dijera en voz alta lo que estoy pensando ahora mismo, esa iglesia de enfrente ardería en llamas.
Aprieto los muslos, rezando para que no se dé cuenta. Pero obviamente se da cuenta, estoy desnuda, joder.
—Pues fóllame.
Su mano se detiene sobre la quinta hoja, como si no se esperara esa respuesta. Pero estoy desesperada, deseo sentir sus manos ásperas por mis caderas, el suave mordisco de sus dientes sobre la piel que me cubre el pulso, todas esas cosas impensables que me susurra cuando está dentro de mí.
Han pasado meses .
—¿Y desperdiciar dos entradas?
—Que le den a las entradas.
Chasquea la lengua y tararea pensativo.
—Dudo que sea mejor que darte a ti.
—Alex.
Me sonríe con cariño mientras continúa dibujando, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Siete letras, empieza por O. El sol, la luna, el mundo y todo lo que hay en él.
Me falta el aliento, estoy tan excitada que me da hasta vergüenza.
—Cuatro letras, empieza por A. Que alguien me ayude, me está torturando.
—La parte de la tortura viene después.
Deslizo la mano por la parte baja de mi estómago, harta de esperar. Él deja la tiza.
—Ni se te ocurra. Dibujaré el doble de lento.
Se me escapa un grito de frustración cuando dejo caer la cabeza hacia atrás contra el terciopelo rojo.
Después de quince minutos que parecen quince horas, se apiada de mí y se detiene tras el sexto dibujo, caminando lentamente en círculos alrededor de los caballetes.
Gira el primero; ahí estoy yo, formada por líneas desordenadas y apagadas.
Tengo la piel pálida, pero el pelo de un rojo ardiente.
Estoy recostada sobre la chaise longue y puede que Colette tuviera razón, puede que sí esté preciosa, porque desde luego, él así lo ha hecho parecer en el dibujo.
—Alex —susurro a la vez que me trago el nudo de emoción que se me forma en la garganta.
Me coge de la mano y tira de mí para levantarme. La sábana cae al suelo entre nosotros, lucho contra el instinto de taparme. Suelta un jadeo y se lleva ambas manos al pelo, como si necesitara tocar algo, cualquier cosa que no sea a mí, y de pronto le doy la razón a Clementina.
Esto es empoderante.