Capítulo 12. Ophelia
La lealtad de Colette al iced latte no conoce límites.
Lo sorbe a través de una pajita de papel manchada de pintalabios mientras yo sostengo mi enorme taza de té y observo cómo la lluvia resbala por las ventanas de una tranquila cafetería en Covent Garden.
Puede que la temperatura de Londres esté a punto de caer a un solo dígito y que el índice UV haya alcanzado números negativos, pero Colette lleva una minifalda y unas de esas gafas de sol con montura fina que solo alguien como ella podría lucir.
Le descansan sobre la cabeza mientras suspira feliz contra su bebida.
Eike permanece sentado en silencio en la mesa de detrás, leyendo un thriller con los auriculares puestos.
La idea de pasar un día de compras me provocaba auténtico pavor, pero cuando Colette dijo que estaba abierta a cualquier presupuesto, lo decía en serio.
Tras una mañana entera recorriendo los percheros de las tiendas benéficas más polvorientas de Londres, he acabado con dos vestidos monísimos, una falda nueva, unos vaqueros que de verdad me sientan bien y dos jerséis de punto sin usar; y todo ello por menos de lo que me costó el último cóctel que me pedí anoche en el bar.
El teléfono de Colette se ilumina frente a nosotras, lo que hace que ambas nos echemos hacia delante para mirarlo.
En mi caso es por pura curiosidad morbosa, los mensajes que le envía Vincenzo son asquerosamente obscenos.
Tengo que buscar en Google la mitad de las cosas que le escribe.
Pero no es Vincenzo. Es una dirección enviada desde un número que no tiene guardado.
Me mira con cautela y un sentimiento de preocupación me baja por la espalda. Me giro y echo un vistazo alrededor de la cafetería, por si acaso. He estado tan liada estos días que casi me había olvidado de que tengo un acosador.
—No lo abras.
—¿Crees que es de...? Madre mía. ¿Cómo han conseguido mi número? ¿Y si saben en qué hotel estamos?
Eike se quita los auriculares y aparece a nuestro lado en un segundo.
—¿Qué pasa?
—Alguien le ha enviado una dirección a Colette.
—Nos da miedo abrirla.
Justo cuando termino de hablar, llega un segundo mensaje. Miramos el móvil como si estuviera a punto de explotar.
Aquí tenéis la dirección para hoy. ¡Muuuchas gracias por animaros a participar! Os estamos muy agradecidas. Las entradas para el evento están agotadas y nos habría dado mucha pena tener que cancelarlo. Besitos, Clemmie.
Colette coge el teléfono con el ceño fruncido.
—¿Nos reservé algo? ¿Algún voluntariado?
—No lo sé. No me acuerdo.
Golpea las uñas rosas contra la pantalla mientras piensa. Eike me está poniendo nerviosa, irradia tanta tensión que parece un radiador cuando se inclina sobre nosotras. De repente, el color abandona el rostro de Colette.
—¿Qué pasa?
—Vale, Ophelia —dice, como alguien que intenta calmar a un lobo.
—¿Qué pasa?
—Necesito que no te asustes.
Pues claro que me voy a asustar. Prácticamente vivo asustada.
—Dímelo.
—Ay mi madre... —suelta antes de pasarse las manos por la cara de una forma que no es nada propia de ella. Se ha emborronado el maquillaje, así que debe de ser grave.
—Me estoy asustando.
—Ay mi madre —repite—. Ay, mi madre.
—Eike, pulsa el botón de reinicio, se ha estropeado —bromeo.
—Joder, Ophelia —murmura, y ahora sí que estoy preocupada, porque ella nunca dice palabrotas. Como sea paracaidismo, me va a dar algo—. Me estoy acordando de todo.
Apoyo las palmas sudorosas sobre sus estrechos hombros y la sacudo con suavidad.
—¿Qué pasa?
—Te apuntamos para posar desnuda en una de esas clases de dibujo en vivo.
En realidad, tirarse en paracaídas tampoco habría estado tan mal.
De repente, empiezan a llegarme pequeños fragmentos de la noche del jueves. Tres mimosas en el spa , una botella de champán del minibar de la habitación, un cóctel del servicio de habitaciones. La pizza . La clase de dibujo.
Eike se dirige al mostrador a por un vaso de agua y me lo pone delante.
Colette me mira, preocupada.
—Ophelia, di algo.
Mi voz suena lejana.
—Eike, te importaría... atropellarme con el coche...
—Venga, seguro que podemos cancelarlo.
Le arrebato el teléfono de las manos y marco el número. Si tengo que superar mi pánico de persona introvertida de rechazar a la gente para librarme de mi otro miedo de persona introvertida de literalmente enseñar mi culo en una habitación llena de artistas londinenses, lo haré.
Una voz alegre y positiva suena al otro lado del altavoz.
—¡Hola! Al habla Clementina.
Joder, si es que con ese nombre, qué me podía esperar.
—Eh, hola, Clementina. Soy Ophelia, la modelo de hoy.
—¡Hola, corazón! Ay, muchas gracias por ofrecerte voluntaria. ¡Están todas las entradas vendidas! —chilla, emocionada.
—Sí... respecto a eso... lo siento muchísimo.
—¿Tienes dudas? Tranquila, es algo completamente normal.
Tener dudas es quedarse corto.
—Estaba borracha cuando me apunté y de verdad que no soy la persona adecuada para esto.
—Te vendrá genial para la autoestima. Es muy empoderante.
Dudo que plantarme sobre una mesa mientras meto barriga y tengo la piel de gallina como un pollo crudo de supermercado vaya a ser muy empoderante.
—Yo no lo tengo tan claro.
Ahora suena un poco estresada. Como si se estuviera imaginando tener que llamar a cada invitado para decirle que se cancela el evento. Y ahora soy yo la que no para de darle vueltas. ¿Y si alguien ha venido desde lejos? ¿Y si esta clase de dibujo es la actividad de cumpleaños soñada de alguien?
—¿Tengo que estar desnuda?
—¿Te sentirías más cómoda si te cubriéramos ciertas partes con una sábana?
—Sí, pero...
—¡Genial! Muchísimas gracias. Lo harás genial. Nos vemos en un par de horas.
La línea se corta.
Colette extiende las manos en un gesto de «¿y bien?».
—¿Lo has cancelado?
—No.
—¿No? —repiten ambos a la vez.
Incluso Eike parece preocupado, como si creyera que estoy sufriendo una especie de colapso.
—¿Y ahora qué?
—Cavo un agujero y me meto dentro, obviamente.
Cruzo los brazos sobre la mesa y dejo caer la frente sobre ellos con un gemido ahogado.
—Vale, a ver, mira el lado bueno.
—¿Y cuál es? —respondo con brusquedad.
Colette se queda en blanco. Eike le echa un vistazo a la página del evento.
—¿Un cóctel gratis al llegar? —dice, y su respuesta me hace reír solo porque Eike pronuncia una media de 2,5 palabras al día.
Empujo la silla de madera hacia atrás y me levanto.
—Busquemos un pub . Necesito algo más fuerte que un té si de verdad voy a hacer esto.
A pesar de mis súplicas desesperadas por sufrir aunque sea un pequeñísimo, y para nada grave, accidente de tráfico de camino al evento, Eike conduce con la misma delicadeza que de costumbre.
Se detiene frente a lo que parece una elegante casa adosada victoriana y rodea el coche para abrirnos la puerta a Colette y a mí.
—Ni siquiera me he depilado las axilas —susurro mientras Eike sube los tres escalones de piedra para abrirnos también la puerta de entrada.
—Pues como una diosa —canturrea Colette. Se ha ofrecido a hacer esto conmigo como unas cien veces, pero creo que Colette es lo bastante famosa como para que acabe llegando a los oídos de su estricto padrastro.
—Os esperaré dentro del coche —gruñe Eike, con una voz tan grave que casi no lo escucho—. Avísame cuando acabéis, Colette.
—Gracias —le responde ella antes de cogerme de la mano para entrar.
El pequeño recibidor apenas está iluminado.
A mi izquierda hay un tablón enorme con folletos de todos los demás eventos que se celebran aquí: clubes infantiles, clases de pilates, bancos de alimentos, talleres de tambores de acero.
Huele a vergüenza, a humillación y a un futuro vídeo viral titulado: «Crisis nerviosa de una modelo pelirroja en una clase de dibujo HD versión completa».
Vale, en realidad huele a incienso, pero da igual.
Tengo ganas de vomitar.
Al final del pasillo se abre una puerta de golpe y vaya, Clementina es tal cual me la había imaginado. Lleva unos pantalones fluidos de retales, un sujetador deportivo y una bolsa de tela colgada al hombro con la frase «Supremacía clitoriana».
—¡Madre mía! —Me da una vuelta—. Eres la modelo perfecta. Lo vas a hacer genial.
Me conduce hasta una pequeña aula donde hay siete caballetes dispuestos formando un círculo alrededor de una chaise longue .
«Ay, Dios. No puedo hacerlo».
—Es un evento muy informal, la gente se trae su bebida, ponemos música, esa clase de cosas. Puedo quedarme aquí o irme, lo que te haga sentir más cómoda.
—Pues... ¿irte? —digo, como si que ocho desconocidos me vean los pezones raros (bueno, eso todavía está por determinar), fuera peor que siete.
—¡Claro! —Me da una bata sedosa y una sábana, sube un poco el termostato y enciende un par de velas.
—Creo que voy a potar —confieso cuando nos quedamos solas.
Colette me envuelve en un cálido abrazo. Huele a flores, a ropa limpia y a una fe inquebrantable en mí.
—Estoy muy orgullosa de ti.
No quiero quitarme la ropa, pero la idea de tener que hacerlo después de que todo el mundo haya llegado, que me miren con cara rara mientras salto de un pie a otro al intentar sacarme un calcetín y pelearme con la sábana es mucho peor, así que me quito el cárdigan, las botas y el vestido.
Apenas me atrevo a mirar a Colette antes de apresurarme a coger la sábana para sentarme en la chaise longe y envolvérmela alrededor de los hombros.
—¿Nos vamos?
—No. Vas a hacer esto y luego vamos a salir a celebrarlo. Podemos pedir patatas fritas.
—Chips . Chips en condiciones. Chips fritas tres veces.
—¿Tres veces? Las quieres... ¿quemadas?
—Madre mía, no tienes infancia.
—Vale, trato hecho. Te invitaré a unas chips .
Me tumbo como esa chica de la película de Titanic y dejo que Colette me acomode la tela blanca sobre las caderas y el pecho.
—Estás increíble.
—Lo dudo.