Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 11. Alex #2
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Capítulo 11. Alex #2

—No me estoy volviendo loco —mascullo entre dientes. Pero claro que sí. Estoy volviéndome completa y absolutamente loco. Ophelia es adulta. Puede probar cosas nuevas. Yo mismo he dibujado a modelos en vivo en varias ocasiones. Sé mejor que nadie que no tiene nada de sexual.

Aun así, la idea de una sala llena de gente mirándola, tomando nota de las pequeñas complejidades de su cuerpo, las suaves estrías de sus muslos, la dulce curva de sus caderas... me está convirtiendo en otro hombre. Un hombre celoso. Un hombre irracional.

No es propio de ella. De hecho, me atrevería a decir que suena como su peor pesadilla.

—Dime dónde es, Vincenzo.

Se acaricia la barbilla.

—Elise, ¿tú qué opinas? ¿Dirías que son solo amigos?

Mi traicionera madre canturrea a mi lado, con un tono tan sarcástico que me deja claro de quién lo ha heredado Fleur.

—No lo sé, Vincenzo. Es difícil saberlo.

Estoy a un segundo de levantar la voz —algo que nunca hago— cuando un enlace aparece en la parte superior de mi pantalla. Es de Vincenzo; parece que ha optado por salvarse el culo.

—Tengo que irme —suelto antes de colgar.

—Lo sabía.

—No empieces —le digo a mi engreída madre mientras abro el enlace del evento—. Solo estoy... asegurándome de que no haya cometido un error. Cuidando de ella.

—¿Así es como lo llamáis ahora los jóvenes?

Aprieto los dientes al leer la descripción del evento. Es mañana por la noche en Camden. No llegaré a tiempo.

Cierro los ojos, intentando ser racional.

No hay ni una sola razón por la que debería volar a Londres. Ni intervenir. Ni siquiera para que me moleste esto.

Una mano suave se posa sobre la mía. Es una mano que conozco mejor que la mía propia.

Ha descansado sobre mis dedos en todos los momentos complicados de mi vida.

Cuando se me llenaban los ojos de lágrimas, cuando la vida me consumía, cuando sangraba a manos de mi padre, cuando las pesadillas se apoderaban de mis sueños.

—Deberías ir, Alex.

Aparto la mano y dejo caer la cabeza en el hueco que forman mis brazos al entrelazar los dedos detrás de ella.

—No debería.

—Tu cerebro te priva de las mejores cosas de la vida.

—No podré hacerla feliz. Ella quiere a alguien presente, no a alguien como yo.

—¿Quién ganará la Super Bowl el año que viene? Apostaré por ellos.

—¿Qué?

—Dime quién ganará la Super Bowl, ya que tan seguro estás de que puedes predecir el futuro.

— Maman .

—No, Alex. Estoy lo bastante cuerda como para saber que es la chica adecuada para ti.

Te estás privando de vivir algo precioso porque existe la posibilidad de que no funcione.

Pero, al mismo tiempo, no paras de pedirme que pruebe pastillas nuevas, aunque ambos sabemos que las probabilidades están en mi contra.

Joder. Tiene razón. No le estoy dando un buen ejemplo.

—Tengo miedo —susurro, y me atrevo a admitirlo en voz alta por primera vez—. Miedo de volver a perderla, miedo de no recuperarme si eso pasa.

—El amor te vuelve loco, Alex. Es repugnante, aterrador, vergonzoso, deprimente.

Nos convierte en esas personas que juramos que nunca seríamos.

La primera vez que te sostuve entre mis brazos, me sentí aterrada.

Sentía que mi corazón caminaba fuera de mi cuerpo, que tendría que enviarlo al colegio, a los entrenamientos de fútbol, a casa de Vincenzo, y confiar en que volvería conmigo sano y salvo.

Si no estás completamente aterrorizado, es que no lo estás haciendo bien.

—Pero tendríamos una relación a distancia, y si le pasa algo y no me da tiempo a llegar hasta ella, me volveré loco.

—No le has demostrado ser capaz de manejar una relación a distancia.

Lo más probable es que le preocupe que salgas corriendo si vuelve a ocurrir algo malo.

Tienes que conquistarla. Queremos que seas feliz.

Queremos que te elijas a ti mismo, que vayas a por ella.

No tienes que dejar tu vida a un lado para estar con nosotras todo el tiempo.

Para algo tenemos gente trabajando en casa.

Enreda los dedos en mi pelo y, Dios, no sé cómo sobreviviré a la muerte de mi madre cuando llegue.

—Vuelvo en cinco minutos —gruño con los ojos llenos de lágrimas, dejando atrás la sonrisa triunfal de mi madre mientras salgo al pasillo.

—Si tuviera alguna novedad, te habría llamado —me espeta Brendan al primer tono.

—Necesito un favor.

—¿Es legal?

—No, probablemente no.

—Me tienes intrigado. ¿Tengo que hackear algo?

—Hay un evento en Londres para el que están todas las plazas agotadas. Quiero que le devuelvan el dinero de la entrada a todo el mundo, que se las cancelen, y luego quiero que compres todas las entradas para mí.

—¿De qué tamaño estamos hablando? Porque si es un concierto, no te saldrás con la tuya.

—Es algo pequeño. Es... Ophelia está... no te preocupes por eso, te estoy mandando el enlace.

Se queda en silencio al otro lado de la línea, pero me lo imagino subiéndose las gafas de pasta gorda por el puente de la nariz e inclinándose hacia la pantalla.

Tararea alegremente.

—Tío, esta página es una basura. Sí, está chupado.

—Gracias. Envíame la factura.

—Invita la casa.

—No es tu estilo.

—Ya, pero necesitas una novia y yo soy un romántico empedernido.

Vaya novedad. Creo que el pobre no ha tenido una cita en su vida.

—¿En serio?

—Nah. Solo estoy harto de tu humor de perros. Te mando un mensaje cuando esté hecho. Adiós.

La llamada se corta antes de que me dé tiempo a despedirme. Le escribo a mi equipo para decirles que estaré en Londres un par de noches y luego llamo al ama de llaves, a las niñeras y al equipo de seguridad.

Mi madre está dormida cuando regreso a la habitación. Se la ve tan tranquila que no me atrevo a despertarla. Escribo en el chat grupal de mis hermanas.

Alex Me voy a Londres esta noche. Volveré lo antes posible. Ingrid, Erin y Emily se quedarán con vosotras. Y los de seguridad, claro está.

Evie ¿Qué hay en Londres?

Mia ¿Empieza por O y acaba por Phelia?

Élé ¡¡¡LO SABÍAMOS!!!

Mia El tío es el CEO de una aerolínea y está pillado hasta las trancas por una chica.

Evie Me partooo, toda la razón.

Fleur ¿Estamos hablando de la misma chica que escribió burradas sobre nosotros en un artículo? ¿Ya os habéis olvidado?

Se me revuelve el estómago. Fleur no traga a Ophelia.

Mia Oye, si el artículo de Ophelia fue lo que hizo que papá se pirara de una puta vez, por mí genial.

Evie Opino igual.

Alex Controla esa boca, M., Élé tiene doce años.

Élé Sé palabras MUCHO peores que puta.

Fantástico.

Alex Llevaré a mamá a casa en un par de horas. Le encantará veros a todas.

Me recuesto en la incómoda silla, reservo un vuelvo para esta noche e intento elaborar algún tipo de discurso para soltarle a Ophelia.

Las palabras de mi madre han despejado la niebla de duda y razón que me ha estado frenando.

Ophelia es mía. Es mía de una forma que me ha hecho empezar a creer en el destino.

De una forma que me hace pensar que, quizá, solo quizá, hay un futuro más brillante para mí que corre en paralelo al más oscuro.

Tengo la sensación de que estoy en una encrucijada en la que debo elegir uno.

Llamo a Ophelia, pero me salta el buzón de voz, así que le envío un desvergonzado sexto mensaje sin respuesta.

Alex Llámame.

Finalmente, recibo una respuesta.

Ophelia Tenemos que hablar, pero todavía no estoy preparada para hacerlo. Estoy en un Colette con bar y Eike.

Ophelia Jajaja

Ophelia Quería decir que estoy en un bar.

Ophelia Con Colette.

Ophelia Y Eike.

No, no, no.

Alex Llámame, cariño.

Ophelia ¿Crees que esto le hace más mal que bien a tu corazón?

Alex Llámame.

Ophelia Estamos condenados, Alex.

Mi chica dulce, solitaria, pesimista y borracha. Quiero ser la razón por la que vuelva a tener fe en el mundo. Siento que algo ha cambiado dentro de mí. Como si pudiéramos estar juntos y dejar que la distancia y los traumas sean problema del futuro.

Alex Estamos destinados, Ophelia.

Ophelia Destinados a la condenaaaa.

Alex Destinados a vivir en una vieja cabaña polvorienta, donde pueda verte hacer crucigramas hasta que tengas el pelo blanco.

Ophelia No hay cabañas en Nueva York.

Alex ¿Quién ha hablado de Nueva York?

Ophelia Cuando vuelva a Sorrowsong el lunes te llamo, ¿¿¿¿vale????

Guardo las cosas de mi madre en una mochila, preguntándome por qué, después de llevar toda mi vida compartiendo casa con siete mujeres, sigo sin ser capaz de entender cómo funciona su cabeza.