Capítulo 11. Alex
Nunca he sido una persona violenta, a pesar de los esfuerzos de mi padre. Intentó que viviera igual de cabreado con el mundo que él, intentó que convirtiera el odio que siento hacia mí mismo en pequeñas balas para disparárselas a los demás, pero no es mi estilo.
Y, sin embargo, aquí estoy, a dos segundos de partir la pantalla de mi portátil de un puñetazo.
No entiendo cómo, a estas alturas, en la era de la tecnología, las cámaras de seguridad, la banca electrónica y los controles fronterizos, mi padre ha podido permanecer completamente ilocalizable durante dos meses.
Creíamos que nos estábamos acercando. Teníamos dos posibles objetivos y una imagen borrosa de una cámara de seguridad de alguien registrándose en un motel barato en Boston, no en Nueva York, con documentación falsa.
Pero no. No resultó ser suficiente para determinar si era él o no, y los investigadores se encontraron la habitación vacía. Además, pagó todo en efectivo.
Y ahora llevamos seis días sin absolutamente nada, ampliando otra vez la búsqueda al puto mundo entero.
No sé de qué me sorprendo. Mi padre es un pieza de cuidado, pero es inteligente, ingenioso y tiene mucha pasta, aunque todas sus cuentas bancarias estén congeladas. Solo necesitaría empeñar un par de relojes Breitling de su colección para poder pagarse cualquier cosa.
—Menuda puta mierda —digo al recostarme en la silla del despacho—. Menuda putísima mierda.
Mack se frota la barba incipiente mientras le tiembla el móvil que sostiene en la mano desde algún coche en Massachusetts. La agente del FBI que dirige el caso se masajea la frente.
—Lo atraparemos.
Ha repetido lo mismo en todas las llamadas que hemos tenido desde principios de enero, igual que Mack. Y cada vez hay menos convicción en sus palabras.
—¿Y la pista que teníais con Gerry Suarez? —Uno de los asquerosos colegas de mi padre mandó un jet privado de Nueva York a Boston hace dos días, sin motivo aparente.
—El jet no se ha movido. Puede que sepan que estamos siguiendo esa pista. Me apuesto a que ahora mismo están escondidos sin atreverse ni a respirar, pero tendrán que salir en algún momento.
Veo cómo el reloj marca las dos de la tarde en la esquina de mi pantalla.
Voy a llegar tarde a la hora de visitas del hospital para ver a mi madre.
La ingresaron hace unos días, después de un episodio horrible.
Estamos aprendiendo a controlar mejor la psicosis y los delirios, pero es la falta de comida, los analgésicos, las pastillas y los efectos secundarios lo que la está volviendo una mujer irreconocible.
Años señalada, criticada, presionada para estar más delgada. Pasarelas, adicción a las drogas y un hijo que llegó a su vida antes de lo que jamás había planeado. Un marido que la decepcionó constantemente, seis hijas en su desesperado intento de tener un segundo hijo varón, un hijo mejor.
—Quizá si no fuera tan...
—¿Alex? ¿Sigues ahí?
Me paso una mano por la boca para intentar estabilizar mi respiración.
—Tengo que irme. La próxima vez que hablemos, más os vale contarme algo útil.
Corto sus «sí, señor» al cerrar el portátil de golpe mientras mi ánimo decae más de lo que jamás pensé que sería posible.
«¿Qué hago en la oficina un sábado?».
Puede que la depresión sea una enfermedad mental, pero en días como hoy, me parece hasta física. Como si tuviera pesas atadas a las extremidades, las terminaciones nerviosas del cerebro apagadas, la caja torácica tan encogida que me constriñe los pulmones.
Pero hoy tengo que ir a ver a mi madre y mañana me toca noche de espaguetis con las niñas, así que no me queda otra que sobrevivir otros dos días como mínimo. Luego ya me lo pensaré.
Nunca he sido una persona especialmente ansiosa, pero soy un manojo de nervios mientras camino por las calles de Manhattan, con las aceras brillando por la lluvia.
Tampoco he sido nunca religioso; y aun así, me encuentro suplicándole a alguien, a quien quiera que me esté escuchando, que la vida de mi madre se vuelva más fácil.
Llego tarde, pero también estoy a punto de quedarme dormido de pie, así que entro en la cafetería que hay junto al hospital con la esperanza de que mis gafas de sol sean más que suficiente para evitar que alguien me apunte con su móvil e internet se llené de fotos mías antes de que recoja mi pedido.
Abro mis correos y espero, sin dejar de mirar la larga lista de borradores dirigidos a Ophelia.
Estoy pilladísimo.
Algo llama mi atención: una figura encapuchada empujando la puerta para salir del local.
Es alto. De mi altura. Delgado y atlético, y cuando gira la cabeza hacia un lado apenas un segundo, alcanzo a ver un mechón de pelo rubio grisáceo y... Hostia puta, joder, es él.
Olvidándome por completo de la discreción, empujo a la gente que espera en la cola para pedir y salgo disparado tras la figura.
Es sábado por la tarde, las calles de Manhattan están a reventar y los paraguas ocultan los rostros de la gente.
Miro a la izquierda, a la derecha y otra vez a la izquierda, escaneando lo que parece un mar interminable de gente.
Veo a la figura apresurándose por un paso de peatones y echo a correr mientras me abro paso entre grupos de turistas y compradores, y todo sale a la superficie de golpe: la ira, el asco, el odio amargo. Lo agarro por el hombro y lo obligo a girarse, lo obligo a mirarme a los ojos cuando...
«Mierda».
No es mi padre.
Tiene los ojos azules y un acento de Europa del Este. Ni siquiera tiene el pelo canoso.
—¿Qué cojones, tío?
De vuelta al principio.
Abro la boca para responder mientras suenan los cláxones de los coches, pero no tengo nada que decir. Se zafa de mi agarre de un tirón y desaparece en la calle concurrida, dejándome en medio de la carretera con el corazón desbocado.
Todavía sigo alterado cuando llego al hospital, pero guardo mi pánico dentro de una cajita por el bien de mi madre. Está sentada en la cama y parece más animada que hace unos días, y el alivio debe de reflejárseme en la cara porque pone los ojos en blanco.
—Nos vimos anoche, Alex.
—Lo sé, pero me alegro de verte.
Tomo asiento junto a la cama y dejo que su mano descanse sobre la mía mientras los dos médicos me explican cómo está evolucionando y me hablan sobre los nuevos antipsicóticos que están probando.
Y aunque mi madre y yo nos prometimos hace tiempo que dejaríamos de hacernos ilusiones, todo suena bastante positivo.
Una peligrosa semilla de esperanza se planta en uno de los agujeros de mi corazón.
Observo cómo mi madre completa un par de ejercicios sencillos: clasificar bloques por colores y algunas pruebas de memoria. Se toma sus pastillas y se recuesta contra las almohadas sin soltarme la mano.
—¿Cómo está Ophelia?
Los médicos nos dejan solos, contentos de que mi madre pueda continuar su recuperación en casa después de la cena.
—Está... bien, creo. No lo sé. Ha dejado de hablarme. Supongo que estos últimos meses no le he dado la impresión de ser un novio en el que poder confiar.
Estoy intentando convencer a Ophelia de que no renuncie al amor, de que nos dé una oportunidad. Hago videollamadas con ella por las noches, le doy demasiadas vueltas a cada palabra que dice, me ilusiono cada vez que se ríe.
Mi corazón construye castillos con las miguitas que me da, imagina futuros enteros a partir de la más mínima sonrisa. Doblo y moldeo lo que dice hasta convertirlo en lo que quiero oír, porque un futuro sin ella me parece insoportable.
Mi madre coge con dificultad una de las frambuesas que le traje.
—Ay, no. El silencio significa que se está comiendo la cabeza.
—Ophelia siempre se está comiendo la cabeza.
—Bueno, mejor eso que pensar poco. Tu padre piensa poco.
Le sonrío.
—Ese hombre lleva años sin pensar.
Ambos nos echamos a reír ante una situación de la que realmente no deberíamos reírnos, y pasamos a intercambiar insultos cada vez más creativos sobre mi padre.
Se me ilumina el móvil al recibir una videollamada de Vincenzo.
—Cógelo, no me importa.
Su cara aparece en la pantalla con una sonrisa burlona. Está tramando algo. Lleva puesta la camiseta de rugby de Sorrowsong y veo el cielo oscuro a su espalda.
Echo de menos el rugby . Solo me metí porque Vincenzo me lo pidió, pero ahora tengo ganas de volver.
Se acerca más a la cámara.
—¿Dónde estás?
Enfoco la habitación y mi madre le saluda con la mano.
—Vaya —dice cuando vuelvo a darle la vuelta a la cámara para enfocarnos a ambos—. ¿Es...? No puede ser... ¿Es la mujer más hermosa del mundo?
—Es mi madre, capullo —digo, pero maman se está riendo. Tiene las mejillas sonrojadas, como si Vincenzo acabara de alegrarle el mes.
Él se echa a reír, disfrutando de picarme.
—¿Qué tal, Elise?
—Por lo que parece, bien. Pero tú pareces bastante sospechoso.
—Eso es porque tengo cierta información que a Alex le encantará saber.
Inclino el móvil hacia mí; la cabeza me va a mil.
—¿Qué?
—¿Qué gano yo?
—¿Sobre qué es?
—Sobre cierta chica pelirroja.
—Dímelo de una puta vez.
—Vale, pero tienes que hablarle bien de mí a Colette. Todavía no está muy segura de lo nuestro.
Es una idea horrible, pero asiento. Sería capaz de darle mi huevo izquierdo por un poco de información sobre Ophelia si me lo pidiera.
—Trato hecho.
—Se ha ido a Londres con Colette para pasar un fin de semana de chicas y mañana por la noche va a hacer eso de posar desnuda en una clase de arte —canturrea, y casi parece que está dando saltitos de la emoción.
El alboroto del pasillo del hospital se vuelve un zumbido sordo en mis oídos.
—¿Que va a qué?
—Colette me llamó anoche, borracha como una cuba, y me lo contó todo. Se llama dibujo en vivo o algo así.
—Sé perfectamente lo que es —respondo con brusquedad, con los nudillos blancos alrededor del teléfono—. ¿Dónde es la clase? ¿A qué hora?
Vincenzo estalla en carcajadas.
—Sabía que te volverías loco. «Solo amigos», mis cojones.