Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 10. Ophelia
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Capítulo 10. Ophelia

Dudo que ningún hombre haya sentido jamás el alivio que siente Eike cuando nos detenemos frente a un hotel lujoso en las concurridas calles del centro de Londres.

Apaga el motor y, con ello, llega a su fin la pesadilla de veinticuatro horas escuchando a dos mujeres de veintipocos años cantar a grito pelado la banda sonora de Mamma Mia.

Por millonésima vez, me pregunto por qué no ha dejado este trabajo.

No debe de tener más de treinta y cinco años, es inteligente y atractivo, probablemente podría conseguir cualquier otro que quisiera.

Pero, sin embargo, se está pasando los primeros años de la treintena en un castillo frío y húmedo, sin vida social, sin familia cerca, vigilando a la hija de un multimillonario luxemburgués.

Pero para muestra, un botón; yo también estoy rondando ese mismo castillo sin ningún motivo, así que ¿quién soy yo para juzgar?

El hotel es bonito. De esos con hombres vestidos de punta en blanco y pinganillos apostados en la entrada, además de puertas dobles que parecen sacadas de un cuento de hadas.

Eike rodea el coche para abrirle la puerta a Colette y un empleado del hotel que sostiene un paraguas abre la mía, protegiéndome de la llovizna londinense.

Voy directa a sacar mi bolsa del maletero, pero ya la tiene Eike junto con la enorme maleta de Colette; con ese tamaño podría meter un elefante pequeño ahí dentro.

Eike nos conduce al vestíbulo. Lo único que veo son suelos de mármol pulido y suaves muebles de terciopelo.

Creo oírlo decir que nos quedemos quietas mientras hace el check-in , pero estoy demasiado distraída por el lujo que me rodea.

Si hay algo en lo que mi vida solitaria me ha convertido es en curiosa, y el vestíbulo de un hotel es un festín para los sentidos.

Una pareja discute junto al mostrador de la recepción.

Una influencer está colocando un trípode frente a la fuente de la entrada.

Un hombre con tres guardaespaldas sale del ascensor.

¿Quiénes son y cómo tienen el suficiente dinero como para gastarse varios miles en una sola noche de hotel?

Por lo que me contó Alex, Colette viene de una familia con dinero.

Como si eso importara. En Sorrowsong están todos obsesionados con la antigüedad del dinero de la gente.

Lo que no les preocupa es cómo lo consiguieron.

Parece que la norma es: «No importa que cometieras un acto atroz para conseguir tu mansión, siempre y cuando lo hicieras antes de que existiera la televisión a color».

Eike aparece frente a nosotras y su voz ronca ahoga la discusión de la pareja que yo tanto estaba esforzándome por escuchar.

—La habitación está lista.

El camino hasta la habitación del hotel es toda una aventura: pasamos no por uno ni por dos, sino por tres restaurantes y por la entrada de un gimnasio enorme decorado en tonos dorados chillones.

Colette no parece impresionada, se limita a escribir algo en su móvil mientras el taconeo de sus zapatos se detiene frente a cuatro ascensores.

Sigo su ejemplo, cierro la boca y adopto mi mejor expresión de indiferencia.

Creo que no estoy en el tramo fiscal adecuado como para entender por qué necesitamos que un hombre hecho un pincel nos pulse los botones del ascensor, pero me parece todo un detalle.

Nuestras maletas ya están en la habitación cuando Colette pasa su tarjeta y abre la puerta, se quita los tacones de una patada y se lanza sobre la enorme cama.

—¡Ay, hay champán en el minibar! —celebra mientras se estira sobre el edredón blanco e impecable—. ¿Salimos a cenar? ¿O pedimos servicio de habitaciones? Hace mil que no tengo un finde de chicas.

Yo estoy ocupada explorando la ridícula suite, oliendo todos los artículos de aseo gratis. Hay dos duchas con los típicos cabezales que simulan lluvia y mi mente traicionera se imagina cómo sería compartir una habitación como esta con Alex.

Entierro esos pensamientos y regreso a la habitación, donde Colette está sirviendo dos copas de champán.

—¿Eike también se queda aquí?

—Sí, su habitación está por ahí.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para tu padrastro?

Le da un buen trago a la copa y suspira como si estuviera en el paraíso.

—Mmm... un año y medio. Antes hacía cosas... más arriesgadas. Creo que quería algo más tranquilo.

No hago más preguntas. Dudo que Eike sea la clase de persona que hable de su pasado con la gente, ni siquiera con Colette. Cojo la otra copa y me uno a ella en la cama, dándole un sorbo.

Está rico. No tanto como el zumo de naranja o el chocolate caliente, pero no está mal.

—Podríamos hacernos la pedicura —propone, y se pone a enumerar una lista interminable de cosas que aparecen en la página web del hotel mientras yo enciendo la tele, están echando un reality cutre que a Vincenzo seguro que le encantaría.

—¿Qué hay entre Vincenzo y tú? —suelto de repente.

—Solo somos amigos —responde como si nada.

—Ya —digo, dudosa. Parecen tener alguna clase de acuerdo en el que él se presenta en su habitación casi todas las noches y se la tira de mil formas distintas y luego ambos fingen que no ha pasado nada al día siguiente.

Estoy segura de que es Colette quien le para los pies, porque Vincenzo está obsesionado con ella.

Su expresión se vuelve escandalizada.

—Estás tú para hablar. ¿Qué hay entre Alex y tú?

—Eh... solo somos amigos también.

«Amigos que hacen cosas inconfesables por FaceTime».

Asiente lentamente antes de añadir con tono sarcástico:

—Ya, claro.

—Si tú y Vin sois solo amigos, Alex y yo también.

Niega con la cabeza mientras se acaba su primera copa de champán y coge la botella para echarnos a ambas.

—No. Vincenzo y yo no estamos enamorados. Alex y tú sois almas gemelas. No podéis ser follamigos y almas gemelas al mismo tiempo. No funciona.

Observo las burbujas pegadas al borde de mi copa. Siento una punzada en el corazón. Razón no le falta. Alex y yo sabemos que esto acabará fatal, pero ninguno tiene la fuerza de voluntad suficiente como para mantenerse alejado.

—No podemos estar juntos, pero tampoco podemos estar separados. No sé qué estamos haciendo. Quizá podría funcionar en unos años.

—Podríais estar juntos.

—¿Cómo?

Veo cómo giran los engranajes de su cerebro mientras se plantea todos los escenarios posibles.

¿Guardo toda mi vida en maletas, dejo la carrera y a mis nuevas amistades, me subo a un avión y me mudo a Nueva York?

No. ¿Él arrastra a toda su familia a Escocia?

No. ¿Se muda al Reino Unido y deja atrás a su familia?

No. ¿Tenemos una relación a distancia y nos vemos solo de vez en cuando? No.

Se le desinfla el pecho.

—Mira..., si no hay forma de que estéis juntos, lo que sea que estéis haciendo ahora solo complicará las cosas.

—Lo sé. He intentado decírselo —murmuro justo cuando me llega un mensaje de Alex.

Alex Hola, Twist. ¿Qué tal estás? ¿FaceTime?

Con las palabras de Colette todavía flotando entre nosotras, respondo:

Ophelia Lo siento, no puedo.

Su respuesta es inmediata, como siempre.

Alex ¿Te encuentras bien? ¿Dormiste mejor anoche?

Pongo el móvil en silencio e intento dejar de pensar en él.

Sí que dormí mejor anoche, como el resto de noches desde que empezó a llamarme antes de dormir y a leerme en voz alta hasta que me quedo dormida y caigo en algún sueño lujurioso.

Pero Colette tiene razón. Alex ya tiene el corazón bastante roto, yo ya tengo el corazón bastante roto, y estoy jugando con ambos.

«Sin ataduras» es la mentira más estúpida que he dicho.

Lanzo el móvil al otro lado de la habitación y me termino mi segunda copa de champán mientras Colette reserva las pedicuras y pide dos mimosas.

Son las dos de la madrugada y estoy más borracha de lo que he estado nunca. Puede que acabe potando en esta habitación superlujosa.

No obstante, mis uñitas están monísimas y mis pies suavísimos.

Colette me arranca el móvil de las manos antes de que le envíe una foto de mis pies a Alex.

—Tía, ¿qué haces? —balbucea, y la última sílaba de cada palabra se funde con la primera de la siguiente.

—Buscando cumplidos —respondo cuando intento recuperarlo. Cuando me inclino, el mundo me da vueltas—. ¿Eso ha sido un terremoto? —chillo.

—Un borrachamoto —bromea mientras se pone el pijama—. No necesitas cumplidos, eres guapísima.

—La gente de Sorrowsong no opina lo mismo —lloriqueo con un puchero. Llega el chico del servicio de habitaciones con dos pizzas y no sé si quiero devorarlas o vomitar.

Colette abre la suya sobre la cama y se mete un trozo entero en la boca.

—Eres guapísima. A la gente le gusta ser cruel.

Ay, no. Creo que estoy llorando. Me llega otro mensaje de Alex.

Alex Anoche te vi en mis sueños.

Ophelia ¿Y qué estaba haciendo?

Alex No quieres saberlo.

Me muerdo el labio inferior. Cachonda o triste se ha convertido en mi estado emocional por defecto últimamente. Y me imagino que el de Alex también. Me dejo caer en la cama y bloqueo el móvil antes de decirle algo igual de romántico.

Alex No te quedes callada. Si he hecho algo, hablemos.

El sollozo que se me escapa es acuoso y vergonzoso. Mi apariencia nunca me había preocupado, nunca me habían importado mis ojos, mi nariz, mis caderas, mi vientre. No hasta estas últimas semanas en las que me planto frente al espejo y me hablo de una forma en la que jamás le hablaría a nadie.

—Dicen que soy sosa y aburrida... Y no me puedo creer lo mal que salgo en esa foto.

—La gente dice que eres sosa porque no te conocen —responde Colette mientras mira el móvil con un trozo de pizza colgando de la boca. De pronto se le ilumina la cara—. ¡Madre mía!

—¿Qué?

—¡Deberías hacer esto! Es dentro de dos días.

¡Te vendría genial para subirte la autoestima!

—Se pone a aplaudir y de pronto parece diez veces más viva que hace apenas un minuto.

Salta de la cama como el abuelo de Charlie Bucket en la fábrica de chocolate y me pasa el teléfono.

Estoy tan borracha que la historia de Instagram me parece un plato de espaguetis.

Parpadeo un par de veces hasta que consigo ver con nitidez la pantalla.

«Se busca modelo para una clase de dibujo. Trabajo remunerado».

—Ni de coña.

—Mi amiga Jas lo hizo y dijo que la confianza que tenía en sí misma cambió por completo.

—Me niego a posar desnuda delante de un montón de gente. No tengo ni idea de si mis pezones son normales. ¿Y si tengo los pezones raros y es así cómo lo descubro?

Se cruza de brazos y baja la vista a mi camiseta.

—Enséñamelos.

—¡No!

—Serías la modelo perfecta. Tienes la misma figura que Afrodita. —Abre tanto los ojos que temo que se le salgan de las cuencas. Después se pone a asentir sin parar, como esas figuritas cabezonas que se colocan en el salpicadero del coche—. ¡Iré contigo!

Seis cócteles hacen que piense que quizá tampoco es tan mala idea. Quizá sirva para empoderarme. Quizá mis pezones sean normales. Quizá sean increíbles y todo.

Es la clase de cosa que toda mujer debería hacer una vez en su vida, me digo. Ser una musa. ¿Qué más da si tus pezones no son normales? Los normales seguro que son aburridísimos de dibujar. «¡Concédele el gusto a la gente de Londres de dibujar tus pezones raros!».

—¿Sealmente le rirvió...? No... ¿Realmente le sirvió a tu amiga?

—¡Sí! —chilla entusiasmada.

Suelto una risita incrédula.

—Venga, vale.

Colette grita de alegría y baila por toda la habitación como si hubiera ganado la lotería.

—¡Iré contigo! ¡Te animaré desde el fondo de la sala! ¡Quizá conozca a un artista buenorro!

—¡Y os iréis a vivir al valle del Loira y montaréis un retiro de pintura!

—Y tendremos bebés monísimos —añade tambaleándose.

Le pego un bocado enorme a la pizza . Está buenísima.

Es una idea horrible.