Capítulo 9. Ophelia
El profesor Maguire es el sustituto del profesor Bancroft; y ambos parecen la clase de personas que se quedan despiertas hasta las tantas mientras cuentan los días que faltan para que pase el camión de la basura. Pero ahí acaban las similitudes.
El nuevo profesor de Psicología Social Infantil parece disfrutar de su trabajo; agita una tiza delante del encerado, como un director de orquesta que se ha metido algo.
Con un poco de suerte, a este no me lo cargaré.
El aula es bastante oscura, los apliques de latón emiten un suave resplandor naranja que no alcanza ninguno de los rincones de la sala. El viento silba entre las vigas sobre nuestras cabezas y estoy segura de que toda la última fila está dormida.
Cojo apuntes mientras Maguire habla y pone fin a la última clase del día. A pesar de las cosas malas que tiene Sorrowsong, me encantan las clases, y cuando los profesores no intentan matarme, he de reconocer que son los mejores en su campo.
Me aparece una notificación en la pantalla de bloqueo.
Desconocido Bonito portátil. ¿Te lo regaló tu novio rico?
«¿Qué?».
Me giro en el asiento para observar los rostros iluminados por las pantallas.
Paso de una persona a otra, a la espera de que alguien cruce la mirada conmigo, de que cometa un desliz, de que se delate.
Vuelvo la vista al frente, pero todos los portátiles abiertos que alcanzo a ver están tomando nota de la clase.
Bajo la mirada hacia la otra única forma en la que alguien podría haberme visto: el enorme vitral en forma de arco que se encuentra al frente del aula. El mundo está demasiado oscuro como para distinguir nada.
«¿Te lo regaló tu novio rico?».
Suena casi... celoso. ¿Celoso de Alex? ¿Celoso de nuestra relación? ¿O... celoso de que haya elegido a Alex?
Se me corta la respiración mientras cierro el portátil, guardo mis cosas en la mochila sin ningún cuidado y salgo a toda prisa del aula en dirección a los túneles.
La puerta de los salones Cortinar está entreabierta cuando llego. Me cuelo en el interior de la sala común cálida y elegante. Shawn Miller está exactamente donde esperaba encontrarlo, echándose unas risas con sus amigos de finanzas, cuyas frentes les brillan tanto como los mocasines.
—¿Quién es tu víctima esta vez, Winters? —me pregunta una chica junto a la puerta.
—Vete a la mierda —le espeto, lista para abandonar el castillo y no volver nunca más.
A Shawn se le borra la sonrisa cuando me ve acercarme. La charla alrededor de su pequeño círculo de sofás Chesterfield se reduce a un silencio incómodo.
Consigue recuperar su expresión arrogante y recorre con la mirada mis botas llenas de barro y mi pantalón de chándal ancho.
—Vaya, Winters. Pareces... Sabes que Halloween no es hasta octubre, ¿no?
Le dedico una sonrisa dulce con el deseo de que tanto él como los amigos que le ríen la bromita estallen en llamas.
—No decías lo mismo cuando me suplicabas una segunda cita.
Su sonrisa se transforma en un gruñido.
—¿Qué quieres?
—Hablar. A solas.
Se ríe.
—¿Y acabar en una bolsa de basura en el maletero de tu coche?
—¿Con todos estos testigos, Shawn? —pregunto, como si tuviera tres años. Se me ha agotado la paciencia—. No eres el lápiz más afilado del estuche, eh.
Se levanta, pero antes le murmura algo a sus amigos que los hace estallar en carcajadas.
—Podemos hablar aquí.
—En privado —mascullo entre dientes mientras alguien nos silba.
—No voy a volver contigo —dice, y se inclina todavía más hacia mí.
—Tranquilo, el sentimiento es mutuo. Los consejos sobre inversiones como preliminares no me van.
—Si quieres perseguir el mercado y perderte los mejores momentos para invertir, allá tú —suelta, y ladea la boca como si acabara de soltarme una pulla tremenda.
Es más patético de lo que pensaba.
—¿Me estás siguiendo?
—Estás como una cabra. ¿Te lo han dicho alguna vez?
—¿Me estás enviando mensajes?
—¿Cuánto tiempo libre te crees que tengo?
—Tu padre es amigo de Cain, ¿verdad?
Entrecierra los ojos al mirarme.
—¿De qué me estás acusando?
—¿Me estás enviando mensajes anónimos?
—No tienes remedio, Winters —murmura antes de apurar el whisky de su vaso.
—Y estás cabreado porque elegí a Alex.
—Chalada —resopla, pero me distrae el inconfundible sonido de un helicóptero sobrevolando.
«Dios, no. ¿Por qué ahora?».
Lo que sea que fuera a decir se me queda atascado en la garganta y me impide respirar.
Escucho vagamente comentarios como «Madre mía, lo va a hacer. Va a perder la cabeza» y «Shawn, eres hombre muerto, colega».
Ese sonido horrible y estridente me sacude hasta los huesos.
Retrocedo tambaleándome entre el círculo de estudiantes que nos observan mientras intento arrastrar el aire hasta los pulmones. El corazón me late tan rápido que siento que se va a rendir, como si no pudiera mantener ese ritmo ni un solo minuto más.
Alguien me graba. Alguien me pregunta si estoy bien. Yo cruzo la puerta a trompicones y me desplomo contra la pared exterior. Tienen razón. Estoy perdiendo la cabeza. Este lugar es mi ruina. Esta gente es mi ruina.
Necesito a mi padre.
Apenas he salido de mi habitación en dos días. Apenas me he movido. Tampoco he comido casi nada, salvo las cuatro galletas rancias que encontré en mi bolsa de tela.
Pero he descubierto lo que es hacer scroll .
Puedo bajarme del pedestal en el que me tenía, porque no estoy ni cerca de volverme adicta al contenido rápido.
No sé cuánto tiempo me tiro viendo a gente hacer slime , cocinando en parrillas exteriores absurdamente grandes, preparando versiones deprimentes y bajas en calorías de mis comidas favoritas.
«¿Te apetece zamparte un rollito de canela?
Añade una cucharadita de canela al queso cottage , sabe igual», me dice la alegre rubia a través de la pantalla.
«Madre mía, la vida es deprimente».
Voy por la mitad de un vídeo en el que un hombre recorta el casco de un caballo cuando Colette me llama e interrumpe mi entretenimiento.
Le cuelgo y, en su lugar, busco el nombre de Alex en varias redes sociales para ver si últimamente se ha puesto sus pantalones cortísimos.
Demasiado humilde como para peinar todo el ciberespacio, demasiado orgullosa como para decir: «Oye, Alex, necesito una foto de tus tatuajes de los muslos, es para fines científicos».
Sin embargo, cuando lo busco, la que aparece soy yo. Mi foto menos favorita, esa en la que salgo de la piscina en aquella estúpida competición de natación en Mánchester.
Al menos los vídeos de mi espectacular crisis en los salones Cortinar han desaparecido.
Vuelvo a ampliar la imagen en la parte posterior de mis muslos. Estoy convencida de que no se me ven así. Seguro que no se me ven así.
El pie de foto lo define a la perfección.
«Alex Corbeau-Green y esta cosa???? Que alguien me lo explique».
Los odio. Los odio a todos. Lágrimas de rabia me resbalan por las mejillas, las cuales seguro que ya deben tener surcos marcados de tanto llorar.
Se la reenvío a Colette.
Ophelia Ayúdame a no estar así, por favor.
Colette Coge el teléfono, idiota.
Ophelia Déjame hundirme en la miseria en paz.
Oigo un traqueteo en la puerta unos minutos después.
Permanezco en silencio, pues me niego a abandonar el calor de mi edredón.
Pero el ruido continúa. Oigo cómo bajan la manija. Más traqueteo. Otra vez la manija. Una retahíla de palabrotas. La manija de nuevo.
Pero no me apetece moverme.
«Descansa en paz, Ophelia. Asesinada por el peor ladrón del mundo».
Finalmente, la puerta se abre y agarro mi taza para lanzársela en la cabeza a quien entre.
Colette grita, y dejo la taza sobre la mesita de noche justo a tiempo.
—Ups, perdón.
Tras evitar un traumatismo craneoencefálico, cruza los brazos y evalúa el estado en el que me encuentro. El envoltorio de galletas, la pila de tazas de té. Los pañuelos sobre la mesa, el cartón arrugado de la caja que empecé a usar cuando se me acabaron.
—Por el amor de Dios, Ophelia.
—Déjame.
—No. Ni loca. Levántate.
—¡Déjame en paz! —exclamo, y el falso humor que intento transmitir no consigue ni de lejos enmascarar la tristeza.
Colette empieza a pasearse por la habitación con su gabardina y gorro blancos de pelo y mete mis cosas en una bolsa.
—¿Qué estás haciendo?
—¡Nos vamos de finde de chicas! ¡A Londres! Será divertidísimo. Te compraremos ropa, comeremos rico, nos alejaremos un poco de Sorrowsong.
—No.
—Por favor. A mí también me apetece. Y así tengo una excusa para perderme los primeros días de mis vacaciones con mi padrastro. Ha... ha vuelto a la carga con lo de buscarme un marido.
—Yo seré tu marido.
—Salgo muy cara —dice antes de dejar su bolso de veinte mil euros sobre mi escritorio como prueba.
—Me da que entonces me retiro de la competición.
Se sienta en la cama, coge mi móvil para borrar la captura de esa horrible publicación sobre mí y cierra todas las aplicaciones.
—¿Dónde nos alojaremos?
—He elegido el mejor hotel, no te preocupes. No nos metería en cualquier sitio. El spa es uno de los mejores.
—Eso no es lo que me preocupa.
—Invito yo.
—Colette.
—Compartiremos habitación, ¡como una fiesta de pijamas! Y también haremos una paradita en un hotel monísimo de Sheffield.
Extiende la mano, piel suave e hidratada y uñas rosa bebé. Con reticencia, deslizo la mía —magullada— en la suya y dejo que me saque de mi pozo de desesperación.