Capítulo 8. Alex
[BORRADOR]
De: Alex Corbeau-Green
Para: Ophelia Winters
Asunto: Respirar (verbo): «Más complicado de lo que te hacen creer»
En toda mi vida adulta me he olvidado de cómo respirar en dos ocasiones. En ambas estabas tú con un vestido de espalda descubierta.
El agua de la ducha lleva tanto tiempo cerrada que las gotas del cristal ya se han secado. El rítmico goteo de mi pelo mojado se detuvo hace al menos veinte minutos.
Aprieto y aflojo los dedos alrededor de los lados del lavabo, un suspiro tembloroso empaña el espejo.
Hoy todo es gris. Peor que de costumbre.
Han pasado nueve días desde que volví, nueve días desde que Ophelia reorganizó mi universo con un solo beso y luego me dijo que me fuera.
Nada tiene sentido. No entiendo por qué mis seis chicas, divertidas e inteligentes, y nuestra cariñosa madre no son suficientes para hacerme feliz.
Detrás de mi reflejo, casi puedo ver la palabra «desagradecido» parpadeando sobre mi cabeza.
Me levanté, hice ejercicio, desayuné con mis hermanas. Hice todo lo que se supone que debería hacer y, aun así, me siento fatal.
Sin embargo, si me muero hoy, no podré probar la estúpida focaccia que Mia y Éléanor han tardado en preparar dos días y de la que llevan hablando una semana sin parar.
Me vibra el móvil mientras me pongo los anillos e intento domar mi pelo rebelde (aunque por fin recortado). «Mike Wilson». Mi segundo al mando probablemente se esté preguntando qué cojones estoy haciendo.
Rechazo la llamada y me pongo una camiseta y unos pantalones.
—Alexandra —dice Mia, como uno de los miembros de la realeza de esas series románticas de época que ve. Finjo no mirarlas ni prestarles atención, pero tiraré la tele a la basura como la doncella no acabe con el duque.
—Pasa.
Mia abre la puerta con cuidado y asoma la cabeza.
—Hola.
—Hola.
—¿Piensas ir a trabajar en algún momento?
—Cállate.
—Una respuesta de lo más ingeniosa. ¿Qué más tienes?
—Cállate.
—Vaya, no está mal. ¿Haces bodas?
Me pongo la chaqueta.
—Funerales y divorcios.
—Genial, me llevaré uno de cada.
Sonrío y le revuelvo el pelo oscuro.
—Deberías estar estudiando.
—Y lo estoy. Pero venía a comprobar cómo estabas. Ya sabes, preocupada por los millones familiares.
Mi móvil vuelve a iluminarse con una llamada entrante.
—Mike también, por lo visto.
Ella me sigue mientras bajo las escaleras. ¿Yo tenía tantas ganas de vivir a los quince? Lo dudo.
—Me sorprende que no lo echaras.
—¿A Mike?
—Sí. Siempre le lamía el culo a papá, así que...
—Gracias por esa imagen, Mia. Mike es bueno, sabe lo que hace.
Ella finge una arcada detrás de mí mientras me sigue hasta la puerta.
—¿Qué pasó en tu viaje a Londres?
—Nada.
—Bueno... algo pasó. Estás raro desde que volviste.
—Nop.
—¿Fuiste a Escocia?
Hago una mueca.
—Mia.
—A ver, Beatrice Jones contó por las historias de Instagram que apareciste en el baile de Sorrowsong y luego vi que alguien publicó una foto tuya y de...
Odio que a todo el mundo le importe lo que hago. Odio que mi aparición en el baile haya provocado más comentarios crueles hacia Ophelia. La verdad es que no me ayudan cuando intento convencerla de que estamos mejor juntos.
—Lo único que consigues al interactuar con ese contenido es que el problema continúe.
Su tono se vuelve más serio y, de repente, se parece mucho más a su hermana gemela. Evie siempre ha sido la más pragmática de las dos. Mia... bueno, Mia una vez le lanzó un huevo cocido a papá, así que... tan pragmática no es.
—Bueno, quizá si hablaras más con nosotras, no nos veríamos obligadas a buscar detalles de tu vida privada en páginas aleatorias.
Me giro para responderle, pero ya está subiendo la escalera dando pisotones.
Brendan me hace una videollamada en cuanto me he sentado en el escritorio y he aceptado un café humeante acompañado de una mirada preocupada de Jacqueline.
—¿Hola?
—Hola. Espera, dame un segundo, que estoy con el Minecraft. —Tiene la mirada fija en otro lado y la boca apretada en una fina línea.
—¿A las once de la mañana?
—Sí, a las once de la mañana. ¿A qué hora preferirías que lo hiciera?
—Pues no cuando me estás llamando.
—Eras menos gilipollas antes de convertirte en CEO, Corbeau. Sois todos iguales. Si no me pagaras un pastizal, ya me habría largado.
Hago una mueca ante su comentario. ¿Mi padre era como yo antes de convertirse en el hombre que es ahora?
—Dime qué sabes.
Se revuelve el pelo bajo la capucha de la sudadera negra, algo incómodo.
—He rastreado la filtración del artículo.
«Mierda». He estado tan obsesionado con el paradero de mi padre que casi me había olvidado de eso.
—¿Y?
—Es una compañera mía de la universidad.
La confusión y la frustración me invaden por igual.
—¿Quién?
—Trabaja en tecnología, como yo. La tía controla. Ocultó su rastro tan bien que he tardado meses en encontrarla.
«Vamos, que es una hacker ».
—¿Quién le pagó?
Brendan levanta una mano, tiene los labios apretados.
—No nos lo dirá. Insistirle sería una violación bastante grave del código no escrito. A ti no te gustaría que yo les revelara a desconocidos que trabajo para ti. Todos respetamos el trabajo de los demás.
Mi vida se está yendo a la mierda por un maldito código de honor entre hackers .
—Tenemos que averiguar quién fue.
—Estoy en ello, pero tío, no me está siendo nada fácil acceder a sus discos duros.
Si yo fuera mi padre, le arrancaría la información a la fuerza.
Pero no lo soy.
—Pero tengo una pista. No lo hace por dinero. Todos sus trabajos siguen un mismo patrón.
—¿Cuál?
—En la universidad hackeó la cuenta bancaria de un tío y le transfirió todo el dinero a su esposa. Al parecer, el cabrón la maltrataba. Suele trabajar para mujeres vulnerables, mujeres a las que les han fallado.
«Como Ophelia».
—¿Sabemos siquiera si fue un encargo? ¿Podría haber descubierto lo que les pasó a los padres de Ophelia y haberlo hecho por su cuenta para vengar a una mujer maltratada?
—Fue un encargo. Eso sí me lo ha dicho.
—Tiene que tratarse de alguien que no conocemos. Es lo único que se me ocurre.
Mack aparece en la otra mitad de la pantalla, con una gorra de béisbol sobre la piel bronceada.
—¿Qué me he perdido?
—Alex cree que soy un cretino por jugar al Minecraft. Y le he puesto al día con lo de la filtración del artículo.
—¿Alguna idea de quién podría ser, Alex? Estamos limitando la búsqueda a una mujer, pero podría ser cualquiera.
—Ni idea. Tendré que llamar a Ophelia. Podría ser alguien de su pasado.
—Por otro lado, el posible avistamiento de tu padre en el Reino Unido fue falso. Era otro tipo. Pero tengo una pista que lo situaría en Nueva York.
Me clavo las uñas en las palmas de las manos debajo del escritorio. Estoy furioso, pero no sorprendido. Mi padre ha conseguido esquivar a la ley con gran maestría durante muchos años. Solo está haciendo lo que mejor se le da.
Una pequeña parte de mí desea que esté aquí, lejos de Ophelia; pero otra parte lo quiere lo más lejos posible de mi familia.
Odio ser capaz de entender su lógica, entender por qué sugirió lo de sin ataduras.
Ophelia ha crecido rodeada de soledad y aislamiento. El hombre que merece estaría ahora mismo a su lado, abrazándola, protegiéndola.
Y ese no soy yo. No puedo ser ese hombre.
Sin embargo, moriría intentándolo para que esa fuera nuestra realidad.
Les cuelgo y dejo caer la cabeza entre las manos. Estoy rodeado de gente estupenda y, aun así, me consume la necesidad de sentir algo que no sea gris.
El naranja serviría.
Alex ¿Dónde estás?
Ophelia Acabo de volver de la piscina, estaba a punto de ducharme, ¿por?
Desde que nos vimos, se ha formado entre nosotros una cadena de mensajes escasa pero constante.
No me está ignorando, pero está siento tal y como ella predijo, un bucle interminable de «perdón», «te llamo luego» y «me ha surgido algo, lo dejamos para mañana».
Yo la llamo mientras está en clase, ella me devuelve la llamada mientras estoy acostando a Josie, la vuelvo a llamar y está nadando.
Una especie de tortura que elegiría mil veces antes que su silencio.
Pulso la opción de FaceTime en su contacto y su rostro preocupado llena mi pantalla tras unos cuantos tonos. Está desnuda, salvo por una toalla que lleva envuelta alrededor del pecho.
—¿Qué pasa?
Mi cerebro cortocircuita al verla.
—Nada.
—Dímelo.
—Estás preciosa.
—¿Eso es lo que pasa?
Me río.
—Sí.
—Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea.
—Dale la vuelta a la cámara.
Frunce los labios, pero el brillo de su mirada me hace sentir ebrio.
—Alex, estamos...
—Sin ataduras, yendo despacio, lo que tú digas —murmuro, como si fueran simples formalidades aburridas que no me importan.
Hace lo que le pido y gira la cámara hacia el espejo, mostrando cada centímetro vertiginoso de su reflejo.
Mis dedos posponen mi próxima reunión sin que mi cerebro tenga que pedírselo.
El cabello cobrizo le cae sobre la piel pálida de los pechos, las ondas rebeldes le acarician el estómago como si fueran llamas.
Presiono los nudillos de mi mano libre contra los labios para mantener la boca cerrada antes de volver a asustarla.
—Buena chica. Sube el pie al lavabo.
Hace lo que le pido, y estoy convencido de que el mundo empieza a girar hacia el oeste.
—¿Y ahora? —susurra, y el corazón me da un vuelco.
—Joder, Ophelia. Déjame ver cómo te tocas. —Cierra los ojos, entreabre la boca y aleja su mano de la cámara. Me aferro con fuerza al borde del escritorio, como si fuera a empezar a levitar en cualquier momento—. Me vuelves loco.
Echa la cabeza hacia atrás con un movimiento lento y lánguido, y creo que intenta matarme, porque saca la lengua para humedecerse los labios antes de decir:
—Tú también. Por favor .
Cierro la puerta del despacho con llave y me desabrocho el cinturón en menos de un segundo. El sonido que emite cuando gimo su nombre es más importante que cualquier cosa que pudiera lograr en esta oficina.
Fingir es demasiado fácil. Cuando pronuncia mi nombre entre suspiros, suena igual que cuando estaba segura de que me quería.
Un pequeño hilo naranja se cose en algún lugar de mi caja torácica.
¿Qué es una atadura más es un mar de diez mil?
Reservo quince minutos en mi agenda durante el resto de las tardes de la semana, por si Ophelia quiere repetir lo que pasó antes.
Luego, con cierta reticencia, les escribo a Mike y Luis para decirles que estoy libre para nuestra reunión. Me doy la vuelta para observar la ciudad. La lluvia es una fina bruma que oscurece las aceras y que vuelve las carreteras brillantes.
«¿Dónde estás, Cain?».
Mike llama y entra haciendo equilibrios con su portátil, el móvil, una libreta y una taza de café humeante.
—¿Cómo te fue en la llamada con los franceses?
—Bien, la verdad. Les recordé que cinco aeropuertos han rescindido sus contratos con Vortex en lo que va de año. Somos una apuesta segura, incluso a pesar del escándalo que envuelve a mi padre.
—Tenemos que conseguir Niza. Ahora mismo hay mucho negocio desde Mónaco.
—Sí —respondo, e intento que de verdad me importe.
No odio dirigir una empresa. Volvería a hacerlo, pero quizá cuando sea más mayor y sabio. Me gusta negociar, analizar cifras, pero los jets privados y los aeropuertos no me interesan ni lo más mínimo.
Por retorcido que suene, siento que cada cosa que consigo es como hacerle un favor a mi padre. «Mírame, Cain, haciendo lo que siempre dijiste que haría».
Compré Synx, la empresa de ciberseguridad, solo para tener una ventaja sobre Rocco, una forma de obligarlo a aceptar mi plan de no permitirle usar los helicópteros de Green como una herramienta.
Se acabaron los asesinatos, se acabó lo de colocar micrófonos y dispositivos de rastreo en los helicópteros.
Sin embargo, ahora me estoy planteando quedármela, incluso después de irme de Green.
Luis entra y nos saluda a ambos con un leve asentimiento.
—Puto LAX.
—¿Qué pasa?
—Hay tres jets en el hangar de mantenimiento. Todos van con retraso. Hay falta de personal.
—Hablaré con ellos en cuanto acabemos aquí —digo, sin parar de golpear el bolígrafo contra mi muslo. Gran parte de este trabajo consiste en enfadarse por teléfono.
Quizá debería hacerlo Ophelia.
Me vibra el móvil.
Vincenzo Adivina qué nariz ha acabado rota.
Alex ¿La tuya?
Vincenzo Esta vez no. La de Hugo, el del equipo de fútbol de Sorrowsong.
Alex Vaya. Esa nariz estaba en mi lista de narices que sueño con romper.
Vincenzo Le dijo algo a Ophelia que hizo que le tirara un tiramisú a la cabeza en la cena.
Siento una punzada en el estómago. Pues ya tuvo que ser algo horrible para que desperdiciara un buen tiramisú.
Alex Cuando se le cure, pártesela otra vez de mi parte.
Vincenzo Si se le cura, es que no he hecho un buen trabajo.
Vuelvo a concentrarme en la conversación de Luis y Mike.
Suelto un par de «luego lo retomamos», unos cuantos «no reinventemos la rueda», y un «pensamiento creativo» para quedar bien.
Ambos asienten y se ponen a hablar sobre unas cifras de ventas que nos llegaron antes.
Miro mi calendario mientras hablan, repasando las próximas dos semanas.
«Jornada de puertas abiertas en la universidad de Mia.
Solo de baile de Evie. Conferencia de Aviación en Boston.
Cita médica de mamá. Reunión con la profesora de Élé».
Alex ¿Quieres que le arruine la vida al padre de Hugo?
Ophelia No, tranquilo. Pero gracias por la oferta igualmente.
Alex No puedo ir a verte esta semana. Lo siento.
Ophelia No lo sientas, no espero eso de ti.
Y ese es precisamente el problema.