Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 7. Ophelia #4
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Capítulo 7. Ophelia #4

«No». Siento que es el principio y el fin del mundo.

La esperanza desatada de un amanecer, el arrepentimiento y la despedida del sol al desaparecer en el horizonte.

Como si él sostuviera la aguja y el hilo para coser mi corazón roto.

Si lo dejo entrar y vuelve a alejarse, el hilo me desgarrará la carne frágil y me dejará en el suelo desangrándome.

No obstante, mi juicio está nublado por el deseo, envalentonado por el whisky que todavía saboreo en la lengua.

El deseo es una droga potente, y Alex parece inyectármela.

Deposita sus labios suaves en el punto donde me late el pulso en el cuello y succiona con delicadeza, haciendo que eche la cabeza hacia atrás de forma involuntaria.

Desliza la mano por la espalda de mi vestido.

El trueno silencia cualquier sonido que haga, pero siento la vibración en su garganta.

— Por favor.

Lo empujo hacia el muro de piedra húmeda que se encuentra a nuestras espaldas, con las piernas temblorosas.

—Concédeme hasta la medianoche. Tres horas. Dame solo tres horas.

Tres horas. Ciento ochenta minutos para recordarle a mi corazón solitario lo que se siente al volver a ser amado.

No sé cómo alguien podría ser lo bastante fuerte como para resistirse.

El siguiente beso que me da el cuello hace que me fallen las piernas.

Se aparta, esperando mi respuesta con la respiración contenida.

El pelo le cae en mechones despeinados, la tinta negra de su pecho se insinúa a través de la tela empapada de su camisa blanca.

Una gota gruesa de lluvia parece deslizarse a cámara lenta por sus pestañas mientras baja la mirada a mis labios, preguntando, suplicando, deseando.

—Hasta la medianoche —consigo decir con voz ahogada, y estrella sus labios contra los míos.

El beso no tiene nada de joven o estúpido. Su agarre es brusco y reverencial al mismo tiempo, abarcando el contorno de mi cuello y de mi mandíbula para mantenerme en el sitio. Mi piel se vuelve oro allí donde hunde los dedos.

Le abro la chaqueta y siento cómo se le tensan los músculos del abdomen bajo el algodón blanco e impecable.

Aprieta la mano alrededor de mi mandíbula con suavidad, obligándome a abrir la boca lo justo para profundizar el beso.

El deseo me baja por la columna y se me acumula en el vientre como miel tibia.

Dios, cuánto echaba de menos esto. Pero no solo esto: cuánto lo echaba de menos a él.

Nos gira hasta que es mi espalda la que queda pegada contra la piedra del castillo.

Me rodea la parte posterior del muslo con la mano y me engancha la pierna alrededor de su cadera mientras se traga mi gemido.

Su boca es caliente y pesada, exigente y posesiva.

Desliza los dedos bajo la falda de mi vestido, avanzando desde mi cadera hasta entre mis piernas.

Rompe el beso y me da un suave mordisco en el labio con la respiración agitada. Tiene las pupilas dilatadas, como pozos negros de deseo al darse cuenta de lo mucho que me pone.

—¿Puedo?

Asiento, desesperada por sentir sus labios sobre los míos de nuevo.

—Sin ataduras.

Hunde los dedos en mí, haciendo que deje caer la cabeza contra su pecho y que mis ojos se pierdan en la oscuridad.

Nunca será así con nadie más.

—Ataduras, Ophelia. Demasiadas ataduras. Ataduras en cada célula de mi cuerpo.

Mi grito ahogado se lo lleva el viento mientras deseo con todas mis fuerzas que no tenga razón. Estoy atada a Alex de una manera que no puedo explicar, esperando como una tonta a que los hilos se disuelvan bajo la lluvia como puntos de sutura de hace una semana.

—Sin ataduras.

—Si eso es lo que necesitas decirte —me concede, pero me mira con pereza, como si sus dedos no me tuvieran arañando la pared de piedra que se encuentra a mi espalda.

Desliza la otra mano bajo el escote de mi vestido y me acaricia el pezón con el pulgar.

Se me escapan súplicas frenéticas, empiezo a mover las caderas al ritmo de su antebrazo firme.

—¿Esto te parece sin ataduras?

Mi pierna cede, pero su cuerpo enseguida me mantiene erguida contra la pared. Cada arduo latido de mi corazón envía otra tortuosa oleada de él a mi torrente sanguíneo.

—Alex.

—¿Crees que un hombre sin ataduras podría hacerte sentir así?

Hundo el talón en la parte baja de su espalda antes de agarrarle del brazo, como si existiera la posibilidad de que se detuviera.

—Por favor.

—No necesitas suplicarme nada.

Mi pecho sube y baja en el interior del vestido. Lágrimas estúpidas, furiosas, enamoradas y eufóricas me resbalan por las mejillas.

—Voy a... voy a...

Se deja caer de rodillas sobre el adoquín mojado, pasando mi muslo de su cadera a su hombro y enterrando la cabeza bajo el abundante satén de mi falda.

Arqueo la espalda. Posa la mano en mi cintura para sostenerme. Grito su nombre al cielo revuelto justo cuando un relámpago furioso lo parte en dos.

Y me desmorono.

Físicamente. Metafóricamente. En todos los sentidos.

El mundo se derrite en una sábana blanca y plana hasta que solo existimos él y yo y la interminable masa de hilos que nos atan en cientos de formas.

Se pone de pie, me sostiene entre sus brazos y me aparta el pelo de la cara. Tiene los labios un poco hinchados, sus ojos verdes me observan con intensidad.

—¿Bien?

Cierro los ojos. Ha sido... Un «bien» se queda cortísimo. Asiento débilmente, flácida entre sus brazos mientras me lleva más allá de la entrada del salón, por el sendero boscoso hacia la mansión. Apoyo una mano sobre su pecho para intentar que me baje.

—Bájame.

—Necesitas entrar en calor y secarte.

—Pero mis amigas... las he dejado plantadas.

—Colette y Vincenzo saben que estoy aquí. Me ayudaron a organizar todo esto.

—Bájame —repito, aunque mis palabras carecen de convicción. Dejo caer la cabeza contra su pecho y me aferro a la tela de su camisa.

Avanza a toda velocidad por el sendero de adoquines cubiertos de musgo. La mansión parece oscura y desierta cuando paso mi tarjeta de acceso junto a las puertas dobles, atenta a cada sombra, cada ruido, cada puerta abierta.

Sube las escaleras en silencio, salvo por el castañeo de mis dientes y el repiqueteo de las gotas de agua procedentes de nuestra ropa sobre los peldaños pulidos.

Me embriago de cada centímetro de él y finjo que la forma en la que su pulgar me acaricia la espalda con suavidad mientras camina no me llena de esperanzas por nuestro futuro.

Una vez en mi habitación, Alex va directo al baño a por una toalla y yo saco mi móvil del bolso prestado de Colette para avisarla de que estoy en la mansión.

Se me congela la sangre al clavar la vista en la única notificación que aparece en mi pantalla de bloqueo.

La foto de Alex y mía está borrosa por la lluvia, pero sé que la han hecho hace menos de diez minutos. Salimos acurrucados mientras nos dirigíamos hacia la mansión.

Desconocido ¿Qué te hace pensar que tendrás un final feliz?

Desconocido Déjalo, o morirá contigo.

Abro la boca para decírselo a Alex, pero entonces me llega otro mensaje.

Una foto de un aeropuerto. Y más allá de una valla metálica, un jet de Green Aviation.

Desconocido No querrás que le pase algo a su avión, ¿verdad?

«No, no, no. Por favor, no».

Estoy junto a la ventana en cuestión de segundos, examinando los zarzales y los setos de los jardines rebeldes de la mansión.

Me preparo con cada relámpago para ver una figura sombría y solitaria en el césped.

Cain, Carmichael, Shawn. Estoy aterrorizada, a la vez que desesperada por vislumbrar algo, cualquier cosa que me ayude a identificar quién está haciendo esto.

—Ophelia —suspira Alex al salir del baño con una toalla para mi pelo. La exasperación es más que evidente en su tono de voz cuando empieza a secármelo mechón por mechón—. No puedes ir en serio con lo de «sin ataduras».

El corazón me martillea en el pecho, tengo la lengua hecha un nudo. Desvía la mirada hacia la ventana, hacia mi reflejo pálido como un fantasma en el fino cristal. La siguiente ráfaga de viento lanza una rama de hiedra contra ella y yo doy un respingo.

Alex frunce el ceño y apoya una mano en la parte baja de mi espalda.

—¿Te encuentras bien?

—Creo... creo que no deberías estar aquí. Tienes que irte.

Baja los labios hasta mi hombro, pero el miedo es como una manta hambrienta que devora las llamas de mi deseo.

—No estoy de acuerdo.

—Alex, mañana por la mañana te irás y lo más probable es que no nos veamos hasta dentro de ocho meses.

—Saco mi arsenal de excusas mientras el recuerdo de ese mensaje me consume—.

Y no puedo soportar que me dejes cada vez que te convences de que no mereces una relación.

Estás a miles de kilómetros de distancia y tienes que cuidar de tus hermanas, y...

Y siempre teme que su presencia en mi vida me ponga en peligro, pero ahora mismo empiezo a preguntarme si no será al revés.

—Ophelia, respira.

La sangre me zumba en los oídos, un rugido ensordecedor como las hélices de un helicóptero descendiendo hacia el bosque.

—No puedo.

—Sí que puedes, cariño. Claro que puedes.

No consigo apartar la vista de la ventana. Cojo aire varias veces para contarle a Alex lo del mensaje, pero no me salen las palabras. ¿Y si hay alguien al otro lado de la puerta? ¿Y si han puesto un micrófono en mi habitación? ¿Y si hay alguien observándonos desde la ventana?

Necesito llamar a Mack.

Una taza humeante de té aparece entre mis manos. Me la entrega acompañada de un beso suave en la coronilla.

—No puedo aceptar lo de sin ataduras. No contigo.

—Entonces seamos...

—Como estés a punto de decir que seamos amigos...

—Deberías irte, Alex. Mañana te llamo.

—¿Es eso lo que realmente quieres?

«No».

Me vuelvo hacia él, para mirarlo en la oscuridad silenciosa de mi habitación, y le regalo una verdad a medias.

—No confío en ser capaz de compartir una cama contigo y solo dormir.

Se le suaviza la mirada tras las pestañas mojadas y apelmazadas, como si de verdad lo entendiera.

—Dime que todavía tenemos una oportunidad, Winters.