Capítulo 7. Ophelia #3
Dejo el vaso vacío sobre la bandeja plateada de un camarero que pasa sin apartarle la mirada a Carmichael, con los hombros rectos y la cabeza alta.
—Alex puede tomar sus propias decisiones. A usted no le debo nada.
Me abro paso entre la multitud de estudiantes en dirección a las puertas dobles que conducen al pasillo, desesperada por un poco de aire.
La atmósfera cambia cuando me acerco a las escaleras; el bullicio se reduce a un murmullo.
El mar de gente parece abrirse, algunas frases susurradas flotan entre la muchedumbre.
Me doy la vuelta y estiro el cuello para intentar ver qué ocurre.
La gente me mira a mí, y luego vuelve la vista hacia quien acaba de entrar en el salón.
Y entonces lo sé.
Sé que se trata de él antes de verlo. Lo sé por la forma en la que lo miran. Lo sé por cómo el oxígeno parece chisporrotear y arder.
Pero, aun así, no estoy preparada cuando se detiene en medio de la pista de baile, mirándome como si yo fuera su única esperanza de un final feliz.
Alex con traje es un regalo para la vista. Las gotas de lluvia brillan sobre la tela negra de su chaqueta, le resbalan por el mechón de pelo que le cae sobre la frente, le recorren la curva del labio inferior, le pegan la camisa blanca a la piel.
Me tambaleo hacia atrás, toda la sala pendiente de mi reacción.
Él niega con la cabeza, aunque es casi imperceptible. «No huyas de mí».
Acorta la distancia que nos separa en un segundo. Se pasa una mano por el pelo mientras contempla el vestido verde que se me ciñe a la parte superior del cuerpo como una segunda piel. Parece como si se hubiera olvidado de lo que venía a hacer.
—Joder, Ophelia. Me había preparado un discurso y todo.
Abro la boca para responder, pero el peso de cientos de miradas me roba las palabras. Colette permanece de pie junto a Belladonna, sin un solo ápice de sorpresa en sus rostros.
Traidoras.
«Vete». Tengo la palabra en la punta de la lengua, pesada e incómoda.
La canción se vuelve más lenta, más suave. Incluso el personal que se pasea con bandejas de bebidas parece haberse quedado congelado, suspendido en el tiempo, hasta que Colette arrastra a Vincenzo a la pista de baile.
—Seguro que Alex y Ophelia están deseando bailar, ¿verdad? —dice lo bastante alto como para que lo oiga media universidad.
La miro a los ojos. «Te mataré mientras duermes», le advierto con la mirada.
«No si estás demasiado ocupada tirándote a Alex», me responde la suya.
Las manos de Alex se ponen en mi cintura, amplias y abrasadoras a través de la fina tela del vestido. El pánico se apodera de mi pecho; llamaradas frenéticas que lamen el muro que rodea mi corazón.
—Yo no bailo.
Intento retroceder, pero me tiene atrapada bajo su agarre. El brillo de sus ojos verdes me resulta tan reconfortantemente familiar que una esquirla de dolor me atraviesa.
—Alex.
Flexiona y relaja los dedos alrededor de mi cintura, como si estuviera comprobando que soy real. El peso de las miradas que nos rodean hace que encorve los hombros y luche contra ese impulso que llevo arrastrando toda mi vida de encogerme sobre mí misma y desaparecer.
—Ophelia.
—Aceptaste irte.
Una pequeña sonrisa le curva los labios.
—Por aquel entonces era joven y estúpido.
—¿Hace dos días? —exhalo, incrédula.
Me atrae contra su pecho mientras más parejas ebrias nos rodean. Su voz es un rumor grave junto a mi oído.
—Sí. Es agua pasada. Olvídalo.
Intento mantenerme firme, obligar a mi mente a permanecer quieta y estable cuando siento que está arrastrando el resto de mi cuerpo hacia su órbita. «Está feísimo. Que baje la mano por mi espalda no hace que me arda el cuerpo».
—No fue ninguna estupidez, Alex. Fue lo único sensato que has hecho en los últimos dos meses.
Levanta la mano y me hace girar una vez.
Cuando me arrastra hacia él de nuevo, mi espalda queda pegada contra su pecho, sus brazos serpenteando sobre la suave carne de mi vientre.
Presiona los labios justo debajo de mi oreja y su siguiente exhalación roza el gemido.
Mis rodillas ya no parecen dispuestas a sostenerme.
—Fue una estupidez —jadea—, porque tendría que ser un auténtico idiota para renunciar a una oportunidad contigo.
Cierro los ojos durante un segundo para deleitarme con la sensación de su cuerpo cálido y firme abrazándome. Su olor calma mis sentidos, el latido acelerado de su corazón contra mi espalda marca el mismo ritmo que el mío.
—¿Y crees que tienes una oportunidad? —pregunto, y deslizo las manos hacia atrás hasta colarlas torpemente bajo su chaqueta—. Esto no es el Monopoly.
Su risa es ronca y traicionera. La música parece ralentizarse, suspendida en melaza, como el resto del mundo que nos rodea. El salón está lleno de risas y conversaciones, pero lo único que oigo es nuestra respiración.
—Si lo fuera, tú serías la casilla más valiosa.
La cabeza me da vueltas a causa de la mezcla embriagadora de alcohol y las manos de Alex Corbeau-Green al recorrer mi cuerpo, como si no pudiera saciarse.
—Y tú estarías en la cárcel.
—Pero tengo tres intentos para salir, ¿no?
«Joder».
—En este juego no.
—Ya he gastado uno —susurra mientras recorre con los labios el contorno de mi oreja. El deseo late como un tambor implacable en lo más profundo de mi vientre—. Y no necesitaré un tercero.
—Gastaste el primero cuando casi me atropellas con el coche.
Me hace girar tan deprisa que estoy de cara a él antes de que me dé tiempo a pestañear.
—Eso no es justo. Estabas en medio de la carretera.
—Pues cuando te comiste el último Jelly Baby nuestra primera noche juntos.
El rubor que acompaña a su pequeña sonrisa esperanzada me desarma.
—Concédeme una última oportunidad para salir de la cárcel, Twist. Por favor .
Apoyo la mejilla contra su pecho y dejo escapar un suspiro áspero y torturado.
Incluso con los ojos cerrados, lo veo. El flash de una cámara me arranca del trance. Luego llega otro, y es demasiado brillante, demasiado brusco, como esa luz cegadora del dentista.
Y ahí está. Otro recordatorio de por qué Alex y yo somos como el agua y el aceite. Nuestros mundos no se mezclan. Retiro las manos de los músculos firmes y cálidos de su espalda, como si me quemaran.
Cuando abro los ojos, Vincenzo le está arrebatando a alguien el móvil de las manos y Alex oculta mi rostro contra su cuerpo. Un par de estudiantes nos hacen fotos, como si fuera lo más interesante que ha pasado en todo el año, y sé que estarán por todo internet antes de que termine la noche.
—Putos imbéciles —murmura Alex, y me arrastra hacia la barra.
Pero no necesito una copa. No necesito más miradas clavadas en mí, más fotos mías recorriendo los deprimentes pasillos de la universidad. Necesito salir. Me zafo de su agarre y corro en dirección a la pequeña puerta de madera que hay a nuestra derecha.
Llueve a cántaros fuera del castillo. El agua resbala por las tuberías oxidadas de Sorrowsong y repiquetea entre la densa arboleda frente a mí.
Echo la cabeza hacia atrás y dejo que las gotas heladas me roben el aliento en un intento desesperado de que se lleven el deseo pegajoso y ardiente que se apodera de mi cuerpo.
Oigo la puerta cerrarse de golpe. El estómago se me desploma hasta hundirse en la tierra mojada bajo mis pies.
—Vete.
—No.
—Yo... —La respuesta se me queda en la punta de la lengua—. ¿Qué?
—No —repite, mientras un trueno retumba sobre nosotros—. Te estoy diciendo que no, Ophelia.
—No tenemos un final feliz.
—¿Y eso quién lo dice?
—¡El universo! —grito por encima de la tormenta que me azota el pelo contra la cara. Me doy la vuelta, lo que sea por no ver la expresión de sus ojos—. ¿Has visto cómo nos miraba la gente ahí dentro? Somos un accidente de coche.
Una mano cálida me agarra el bíceps antes de que pueda adentrarme en el bosque.
—No digas gilipolleces, Ophelia.
Me giro para encararlo y me libero de su agarre. Hasta ahora solo le he mostrado la ira, pero cuando mi voz atraviesa el aullido del viento, lo que oigo en ella es el dolor y la inseguridad que él mismo sembró aquella miserable mañana de enero.
—¡Me abandonaste!
—Lo sé.
—No quiero que te veas obligado a elegir otra vez. No quiero que te vuelvas a partir en dos. No quiero volver a sentir lo que sentí cuando te fuiste.
—No volverá a pasar.
—¿Cómo estás tan seguro?
Me atrae hacia él para protegerme de la lluvia. Su voz es ahora más suave, apenas audible sobre el vendaval.
—Porque cada día que no eres mía me quita un año de vida.
Apoyo la frente contra la tela empapada de su camisa, sintiendo el latido desbocado de su corazón. Haría cualquier cosa por protegerlo.
—No se trata solo de lo que pasó el mes pasado.
Es todo. Es lo que tu padre me hizo. Los miles de kilómetros que nos separan.
Estoy estudiando, Alex. Tú eres CEO. Estamos a mundos de distancia.
Apenas nos veremos en los próximos años.
No puedo subirme a un avión para ir a verte y...
no puedo pedirte que te alejes de las niñas.
Siento que apoya la mejilla contra mi cabeza mientras permanecemos frente a los muros cubiertos de líquenes de Sorrowsong bajo la lluvia torrencial.
Ojalá estar entre sus brazos no me hiciera sentir como si volviera a casa.
—Aun así, te veré.
«Un par de veces al año, con suerte».
Desliza las manos bajo la espalda de mi vestido, sobre mi piel helada. La exhalación temblorosa que suelta me calienta la cabeza cuando su voz, rota por la desesperación, rompe el silencio.
—Te necesito. No puedo vivir sin ti.
Suspiro en la curva de su cuello, un refugio cálido y seco en medio de la violenta tormenta.
—Alex. Somos jóvenes. No sabemos lo que necesitamos. No sabemos nada.
—¿Es eso lo que sientes? —me pregunta al deslizar las manos hasta mis caderas para presionar mi cuerpo contra el suyo—. ¿Que no es más que un capricho joven y estúpido?