Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 7. Ophelia #2
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Capítulo 7. Ophelia #2

Noto algo en las pestañas y espero que sea el cepillo de la máscara de pestañas.

—Vale, parpadea. Otra vez. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra.

—Madre mía.

Me obliga a repetirlo en el otro ojo. Por último, me hace unas ondas sueltas por todo el pelo rebelde.

Me parece una tontería lo de arreglarme tanto para un evento al que ni siquiera planeaba ir hasta que Colette me convenció ayer.

Ya me estoy imaginando las expresiones juzgonas de la gente y las miradas que van desde la lástima hasta el odio.

Pero llevaba tanto tiempo deseando pasar una noche con mis amigas que no ir me parecía echar por tierra todo el progreso que he hecho desde que llegué aquí.

Luciendo un espectacular vestido gótico con mangas de encaje negro como enredaderas que trepan por toda su piel oscura, Magda nos rellena todos los vasos con champán.

—¡Lista! —Colette da un paso atrás, y me sorprende lo estable que va con los tacones de aguja de sus Louboutin azul marino.

Me atrevo a mirarme en el espejo, incapaz de ocultar la sonrisa que me cruza los labios brillantes.

Me ha hecho un delineado con sombras y lo de parpadear tropecientas veces ha valido la pena, porque las pestañas se me ven increíbles.

Mis ojeras moradas han desaparecido. El vestido lleva la espalda descubierta, salvo por unas finas tiras que me marcan la cintura.

Divya sonríe.

—Estás preciosa.

Colette aplaude.

—A ver, es que con tremendo lienzo...

—Me gusta que no me hayas tapado las pecas.

—¡Como debe ser! Quién me diera a mí tus pecas.

Magda y Divya empiezan a hablar sobre una serie que ambas están viendo.

Colette tararea en voz baja mientras se pone una última capa de brillo en los labios.

Por un diminuto y reacio segundo, me alegro de que me hayan convencido para venir, porque esta amistad fácil y cómoda es todo lo que he echado de menos estos últimos años.

Siento cómo se desliza bajo mi piel, haciéndome más fuerte, cuidando de esa adolescente solitaria que lo único que quería era sentirse incluida.

Cuando mi mirada se encuentra con la de Divya en el espejo, me doy cuenta con absoluto horror de que estoy sonriendo.

Me pongo mis Converse justo cuando un trueno retumba a través del valle. El clima ideal para una fiesta en Sorrowsong, supongo.

Cruzamos corriendo el patio empedrado y entramos en el Salón de Achlys, intentando refugiarnos las cuatro bajo una única chaqueta. El baile ya está en pleno apogeo cuando llegamos, la sala bulle bajo la mirada atenta del cuadro que no ha parado de inquietarme desde el día en que llegué.

Las velas adornan las paredes y las lámparas de araña cuelgan sobre nosotras, como un cielo nocturno salpicado de estrellas.

Los tacones repiquetean contra el mosaico de baldosas mientras los últimos jirones de luz se deslizan por las altas ventanas abovedadas, incapaces de disipar la penumbra del salón.

Al fondo, una pequeña orquesta toca casi en completa oscuridad.

Los cuadros y los jarrones que decoran la estancia son de temática invernal: paisajes helados y lagos congelados tras rosas blancas y espuelas de caballero azul pálido que sobresalen de los jarrones como carámbanos.

Sin embargo, al fondo del salón, los lagos de las pinturas se han descongelado y las flores se tornan en tonos pasteles de rosa y naranja.

Un recordatorio de que nos tambaleamos al borde de la primavera.

Intento darle la vuelta y verlo como una metáfora de los nuevos comienzos y las segundas oportunidades, pero no puedo.

No puedo sacar nada positivo de perder a Alex.

Si pensaba que el vestido de Magda era especial, el de Belladonna está a otro nivel.

Con un vestido negro que parece sacado de las criptas polvorientas de Sorrowsong, es una mezcla de una bruja gótica y una novia de época.

Lleva un collar con una araña negra y va acompañada de la capitana del equipo femenino de rugby .

—Winters —murmura al mirarme de arriba abajo. Me resulta imposible descifrar la mirada que me lanza a causa de su delineado marcado, que es lo bastante afilado como para rebanarle la garganta a alguien.

—Belladonna.

—Me alegro de que hayas venido —dice, como si supiera algo que yo no.

Abro la boca para preguntarle por qué, pero se da la vuelta y se aleja con paso firme.

—¿Y a esa qué le pasa? —pregunta Divya, y pone los ojos en blanco—. Ya se arrepentirá cuando muera sola.

Me encojo de hombros mientras nos dirigimos a la barra. Cojo cuatro cócteles de una bandeja plateada de varios pisos que es casi igual de alta que yo.

—Soy incapaz de odiarla, no sé por qué.

—¡Me pasa igual! Siento que... al haber crecido en esa familia, ha tenido que ver cosas muy duras, ¿no? —comenta Colette, quien probablemente ya vaya un poco piripi—. Como Vincenzo... apenas duerme por la noche.

Frunzo el ceño.

—¿En serio?

—Sí. Le pasa algo.

Magda choca su copa con las nuestras. Me llevo la mía a los labios y el agradable ardor del whisky me baja por la garganta, dejándome el regusto a miel del Drambuie.

—Bueno, que los Ivanov sigan intentando cargárselo puede que tenga algo que ver.

Colette escanea la multitud, buscándolo.

Los estudiantes de Nightshade parecen acechar en las sombras, besos robados que se prolongan entre conversaciones en voz baja y amenazas susurradas.

Los de Hemlock se han apoderado de la pista de baile, los de Snakeroot socializan en las esquinas de la sala con conversaciones profundas y reflexivas.

Para aquellos de Cortinar que conozco, esto no es más que otra oportunidad de presumir de modelitos caros y de carteras llenas de millones.

Colette no es la excepción: cubierta de joyas y con un vestido palabra de honor de tul de un azul empolvado que la hace parecer más que preparada para perder un zapato y encontrar un príncipe esta noche.

Conociéndola, probablemente lo hará.

«O quizá no», pienso al ver a Eike —su chófer convertido en guardaespaldas convertido en aguafiestas— vigilándola desde su posición junto al pasamanos decorado de las dos escaleras curvas a nuestras espaldas, con un esmoquin negro impecable.

Dudo que la dejara respirar si su padrastro no se lo permitiera.

—¿Sabes bailar bailes de salón? —me pregunta ilusionada cuando cambia la canción.

—Colette, ¿tengo pinta de saber bailar bailes de salón?

Hace un puchero, pero Magda le toma la mano más que encantada.

Pues claro que Magda sabe. Yo me quedo a un lado mirándolas, incapaz de evitar que la alegría contagiosa de Colette me arranque una pequeña sonrisa cuando cambia de pareja para bailar con su amiga Hattie, la hija de una princesa y de un famoso jinete de doma clásica.

A Divya se la llevan unos amigos de medicina y, de inmediato, me vuelvo superconsciente de otra presencia a mi lado; un suave acento escocés.

—Parece que casi no ha pasado tiempo desde que nos conocimos en este mismo lugar.

Levanto la vista hacia Achlys, hacia la forma en la que me observa con desdén en la oscuridad del salón, pintada con tanto detalle que parece que podría salir del cuadro en cualquier momento para arañarme las mejillas.

—Pues para mí es como si hubiera pasado toda una eternidad.

—Es curioso cómo percibe cada persona el paso del tiempo, ¿verdad?

Carmichael me está mirando cuando alzo la vista hacia él. Sus ojos me perforan el alma.

Siempre me ha producido escalofríos. Parece más una extensión del castillo que un empleado. Si pongo el empeño suficiente, soy capaz de verlo en cada evento, en cada partido de rugby , en cada examen, observándome con esa mirada sin vida.

—El tiempo se me pasaría más rápido si no hubiera dejado que el asesino de mis padres se escapara.

Su sonrisa es fría, sus ojos carentes de color. Las flores que asoman del bolsillo delantero de su chaleco color uva están muertas y secas.

—Yo tendría cuidado con desear que la vida pase demasiado rápido, señorita Winters.

Lo que deseo es que se pire.

—¿Qué quiere de mí?

—Quiero que convenza a Alex de que vuelva a Sorrowsong.

Su respuesta me pilla por sorpresa.

—¿Por qué?

Se pasa el pulgar y el índice por el bigote, pensativo, mientras observa a una pareja bailando el vals sobre el suelo pulido.

—Por una amiga.

Entrecierro los ojos al mirarlo; intento encajar el rompecabezas, pero tengo la sensación de que me faltan piezas.

—¿Su madre? ¿Elise?

—Le prometí que lo vigilaría.

—¿Por qué? —pregunto de nuevo, antes de seguir su mirada hacia la pareja que continúa girando bajo la luz de las velas—. Madre mía. Está enamorado de Elise.

—Lo estuve, una vez. Pero ella era joven, y yo viejo.

Ella es todo lo bueno que hay en el mundo, y yo soy lo malo.

Cain Green le embadurnó las alas de aceite, la encerró en una jaula.

Cuando su salud comenzó a deteriorase y la intención que tenía Cain para el futuro de Alex se volvió evidente, me pidió que lo vigilara.

Me muerdo el labio, sin entender por qué este hombre me pone tan nerviosa.

—No logrará convencerme de que es un buen hombre, de que hace esto porque le importa lo que nos pase.

Se ríe en voz baja, sin parar de juguetear con su reloj de bolsillo.

—No soy un buen hombre, Ophelia. Pero soy un hombre de palabra.

—¿Es eso lo que cree? ¿Que está protegiendo a Alex?

—Le dije a la policía que Clint Bancroft me había sugerido en numerosas ocasiones el año pasado que pensaba suicidarse. Después de eso, perdieron todo el interés en su muerte.

Se me corta la respiración, los pulmones se me paralizan bajo su mirada sin vida.

Sabe que matamos a Bancroft.

El móvil me quema en la mano. Carmichael podría haber hecho esa foto y podría habérmela enviado. Carmichael podría haber publicado el artículo para sacar a Cain de la vida de Alex.

Tomo nota para sugerírselo a Mack la próxima vez que hablemos.

El cóctel me baja por la garganta con facilidad y aviva el fuego agonizante que me atraviesa el alma.

—Alex y yo ya no estamos juntos. Convénzalo usted mismo.

—Solo la escucha a usted y a su psiquiatra.