Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 7. Ophelia
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Capítulo 7. Ophelia

Es probable que la lista de estupideces que he cometido en mi vida sea lo bastante larga como para rodear el perímetro del castillo dos veces, pero creo que pedirle a Alex que se marchara debe de estar entre las primeras sin ninguna duda.

Sin embargo, si sentirme estúpida es el precio que debo pagar por proteger mi corazón de un golpe final y dañino, entonces lo haré.

El dolor que vi en su mirada cuando me alejé de él se me ha quedado grabado en el alma. Sentí que lo estaba viendo rendirse. No solo respecto a nosotros, sino a todo.

Le pedí a Colette que enviara a Vincenzo a buscarlo con la esperanza de que pudiera convencerlo de que todo irá bien. No quiero que sienta que no tiene a nadie a quien llamar cuando ha tocado fondo.

Sé que es el típico cliché sacado del primer comentario de cualquier hilo de consejos amorosos de internet, pero Alex y yo tenemos un largo camino que recorrer en términos de autoaceptación antes de poder intentarlo de nuevo.

Creo que estamos demasiado rotos como para confiar ciegamente, como para abrirnos del todo con alguien.

Me abrazo las rodillas, sentada en la parte trasera del minibús, con los AirPods que él me regaló puestos.

Casi hemos llegado a Sorrowsong después de participar en el torneo de Mánchester y, aunque la medalla de plata que guardo en la mochila no fue suficiente para Belladona, creo que es mi mayor logro.

Ella ganó el oro en espalda; yo me llevé la plata en relevo de cuatrocientos. Colette quedó sexta, pero parece bastante contenta.

El autobús está en silencio, iluminado únicamente por las luces azules a lo largo del suelo y las tenues farolas situadas en la carretera oscura que nos rodea.

Mis padres se volverían locos si supieran que he ganado una medalla en un torneo de tal magnitud. «Quién lo diría, papá. Parece que de verdad funciona lo de entrenar».

Me suena el móvil y me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que ese sonido deje de provocarme terror.

Es Alex. El primer mensaje desde su nuevo número.

Se me encoge el estómago. Abro el mensaje. Es una foto de su portátil, con los resultados del campeonato de natación de este fin de semana en la pantalla.

Alex Bien peleada esa plata, Twist.

Cierro los ojos y dejo caer la frente sobre las rodillas. Un día. Se ha mantenido alejado de mí un solo día. No respondo.

Ese beso inexistente fue... todo lo que he necesitado y todo lo que necesito evitar. Me acaricio el labio inferior con los dedos, el sonido de su gemido contenido resuena en mis oídos.

Colette me toca el hombro, con una arruga de preocupación entre sus perfectas cejas.

—¿Qué pasa?

Inclino el móvil y le enseño el único mensaje de mi conversación con el nuevo número de Alex. Ella frunce el ceño, probablemente pensando algo como: «¿Para qué te dejé llorar sobre tu tazón de cereales en mi cama durante toda la noche si el tío pensaba escribirte al día siguiente?».

—¿Le contesto?

—Obviamente.

—Solo lo dices porque quieres que volvamos.

—Exacto.

—No quiero darle falsas esperanzas.

—Dale las gracias y ya. Nada de coqueteos. Así, si está mal, sabrá que no te ha perdido del todo, pero tampoco le estarás dando esperanzas.

Miro a Colette con recelo. No sé si fiarme de ella, dado que, en mi opinión, le está dando esperanzas a Vincenzo cuando sabe perfectamente que no existe ni la más mínima posibilidad de que acepte salir con alguien relacionado con una familia criminal.

Escribo una respuesta escueta, sin dar pie a ningún tonteo.

Ophelia Gracias.

Alex ¿Vas a celebrarlo?

Ophelia Espero hacerlo durmiendo.

Alex Te lo has ganado.

Paso el pulgar sobre su nombre. Si pudiera intercambiar su cerebro enfermo por el mío, lo haría sin pensarlo. Se merece paz. Se merece vivir.

No he podido dejar de pensar en su madre desde que se fue.

En cómo la está viendo desvanecerse poco a poco.

No me lo puedo ni imaginar: esa aceptación larga y lenta de que, probablemente, no la verá envejecer.

Yo también perdí a mi madre, pero fue rápido.

Estaba ahí y, un segundo después, ya no estaba.

No le respondo, aunque me siento mal. Los mensajes me dan esperanza. Tal vez, algún día, cuando todo esto termine y su padre esté pudriéndose entre rejas, podamos ser amigos.

Casi me río en voz alta de mi propia estupidez. Tener que meter a la fuerza mis sentimientos por Alex dentro de un molde de amistad, coger el amor, la rabia y la desesperación e intentar convertirlo en algo beige y neutral, podría ser la gota que colmaría el vaso de mi miserable existencia.

Por suerte, él termina la conversación por mí, y me prometo a mí misma que, a menos que yo crea que se encuentra en grave peligro, este es el fin.

El fin de nosotros .

Alex Buenas noches. Descansa.

Bloqueo el móvil y oigo mi nombre un par de filas más adelante. La mayoría de los nadadores duerme, excepto un chico de tercero y su novia, que están a un solo par de pantalones cortos inapropiados de ponerse a follar en los asientos. Colette bosteza, pestañeando con somnolencia.

—¿Ya casi hemos llegado?

—Sí.

Le suena el móvil. Alguien ha mandado un enlace por el grupo de natación al que me niego a unirme. Ella lo abre y gira el teléfono para alejarlo de mí.

Eso nunca es buena señal.

—Enséñamelo.

—Es una estupidez.

Se lo arrebato de las manos. Está en alguna red social que yo no tengo. Es una foto mía nada favorecedora, aunque me salen unos tríceps increíbles , de hoy saliendo de la piscina con el siguiente pie de foto: «MCC la exloca de Alex Corbeau-Green participa en tu torneo de natación».

—¿Qué significa «MCC»?

—Es en plan... «mi cara cuando...».

—¿«Mi cara cuando la ex de Alex está en el torneo de natación»?

—Sí.

—¿Y qué cara es?

—¿Qué?

—¿Qué se supone qué significa? ¿Cuál es la cara? Ni siquiera dice de qué cara está hablando.

Colette frunce el ceño mientras le escribe a Belladona para pedirle que use su privilegio de administradora y borre el enlace.

—Es una expresión de internet, nada más.

—Pues es una mierda. —Le quito el móvil de nuevo y miro las respuestas. Son bastante horribles. Se lo devuelvo después de leer palabras como «la zorra del helicóptero».

No es el apodo que yo habría elegido. Creo que «la zorra de las galletas» me pega más.

—¿No tienen nada mejor que hacer? —cuestiono mientras me niego a dejar que sus palabras me afecten.

Esta es solo una de las muchas razones por las que no puedo estar con Alex.

Ser el centro de atención y yo no nos llevamos bien.

Por el amor de Dios, ¡que soy pelirroja!

Estoy hecha para esconderme en rincones oscuros.

Toda está atención mediática es como el sol, y yo ya estoy completamente quemada—. ¿Por qué recibo más odio que Cain?

—Porque el mundo hará la vista gorda ante las acciones de un ricachón si hay una mujer indefensa cerca para recibir el golpe. —Se le ilumina el rostro al ver un mensaje en la pantalla de bloqueo—. ¡Me acaban de llegar los vestidos para el Baile de Invierno!

—Genial —respondo, sin poder ocultar mi falta de entusiasmo.

—Ophelia, tienes que venir.

—Mañana estoy enferma.

Colette frunce el ceño.

—Siempre estás enferma.

—Entonces mañana estoy ocupada.

—¿Con qué?

—Tengo que colgar mis bolsitas de té usadas.

—Vas a venir —declara—. Y vas a llevar un vestido verde.

—Perfecto, seguro que combina genial con el vino que alguien me acabará tirando encima.

Me hundo más en el asiento y tiro de las mangas de mi sudadera para taparme las manos frías mientras los demás se ríen de las bromas que están leyendo sobre mí.

Se me ilumina el móvil sobre la mesita plegable del asiento.

Desconocido Sería una pena que le pasara algo a tu Príncipe Encantador por tu culpa.

Desconocido Podrías ponerle fin a esto fácilmente.

Un cosquilleo de ansiedad me recorre la nuca. Colette traga saliva, con los ojos muy abiertos.

—No accedas a quedar con esa persona, Ophelia. No permitas que utilice a Alex para atraerte a su trampa. Deja que los investigadores hagan su trabajo.

Intento pasarme las manos por el pelo, aunque se me quedan enganchadas en los enormes nudos de los que nunca consigo deshacerme.

—Pero no están descubriendo nada.

—Podría tratarse de un estudiante que lo único que quiere es gastarte una broma pesada, Ophelia. Ahora mismo, estás en el centro del foco. Sigue ignorándolo y desaparecerá. —Me tranquiliza, antes de pasarme un brazo por los hombros.

Todo el mundo piensa lo mismo, pero yo no estoy tan segura. Si fuera un estudiante, seguro que ya habrían descubierto algo.

Guardo el móvil en el bolsillo y dejo que cambie de tema y me hable de la inauguración de una galería de arte a la que asistirá el mes que viene, pero tengo un mal presentimiento.

«Príncipe Encantador». «¿Me vio alguien con Alex en su coche?».

Las amenazas a mi integridad física se han vuelto un dolor constante y sordo desde que estoy aquí, algo irritante y persistente, pero cada vez más...

soportable. Lo cual es ridículo, pero cierto.

Ahora forman parte de mi rutina. «Levantarme, desayunar una rebanada de pan, recibir una amenaza de muerte, comerme una segunda rebanada, ir a clase».

No obstante, ahora ya no se trata solo de mí. ¿Una amenaza a la seguridad de Alex?

Eso no puedo ignorarlo.

Divya sale del baño y se queda boquiabierta al verme.

—Madre mía, menudo pibón.

Siento que me pongo roja como un tomate.

—No te hagas la sorprendida.

—No lo hago. Es que hacía mucho que no te veía sin el pijama.

—¡Serás grosera! —la regaña Colette sin parar de reír mientras me pasa la brocha por las mejillas y la nariz—. Cierra los ojos.

Lo hago, y una brocha más pequeña me roza los párpados.

Colette suspira satisfecha. Creo que ahora mismo es la chica más feliz del mundo.

Me ha dado un vestido que supuestamente no quería; pero claro, es verde oscuro —mi color favorito— y una talla más grande que la suya, con la etiqueta todavía puesta.

Aun así, se niega a aceptar cualquier afirmación que no sea que es un viejo vestido que ya no quiere.