Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 6. Alex #5
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Capítulo 6. Alex #5

Fumamos en silencio, perdidos en nuestros pensamientos. Abre y cierra la boca de vez en cuando, como si quisiera decir algo.

—¿Cómo está Elise? —Es lo que finalmente suelta, pero sé que no es eso lo que tenía en la punta de la lengua.

Le estoy muy agradecido a Vincenzo. Agradecido por no tener que endulzar las cosas. Agradecido por su amistad inquebrantable. Espero no perderla nunca.

—Creo que se está muriendo. Y creo que no puedo hacer nada para impedirlo.

Él no lo niega. No me dice que todo irá bien. Simplemente suspira y me pasa el último cigarro.

—Lo siento. Es una puta mierda.

—Ya.

—¿Y las niñas?

—Están bien. Son más fuertes que yo. No sé cómo consiguen ser tan positivas todo el tiempo.

—Los críos están como cabras. Se la resbala todo. —Se estira hacia atrás para ponerse el cinturón—. Hay una furgoneta de kebabs cerca de Ullapool que prepara las hamburguesas más grasientas del mundo. ¿Te apetece una?

Una hamburguesa grasienta suena bien, y no he comido nada en todo el día. Le paso el móvil para que lo conecte al GPS.

—Venga.

Atravieso las puertas negras de hierro de Sorrowsong por segunda vez en lo que va de tarde, maravillándome por cómo mi estado de ánimo ha pasado de esperanzado a completamente perdido en apenas dos horas. No tengo nadie a quién culpar, solo a mí mismo.

Una niebla baja cubre el paisaje, enturbiando mi mente ya aturdida. Tras quince minutos de silencio, me harto de los suspiros intencionados de Vincenzo.

—Suéltalo de una puta vez.

—¿Seguro?

—Sí.

—Creo que estás siendo un gilipollas y me dan ganas de partirte la cara.

El motor ronronea cuando subimos una colina bajo una cortina de lluvia.

—Genial.

—La quieres.

—Y ella me ha pedido, amablemente, que me vaya de su vida para poder seguir adelante.

—No lo dice en serio.

Lo fulmino con la mirada mientras cruzamos una carretera inundada. No me gusta el tonito que pone cuando habla de ella, como si fuera una idiota.

—¿Estás sugiriendo que no sabe qué es lo mejor para ella?

Levanta una mano tatuada con frustración.

—Eso es justo lo que estoy sugiriendo. Ninguno de los dos sabéis lo que os conviene. Ambos os estáis ahogando en emociones y mierda. Pero, desde fuera, yo tengo una visión mejor; y te digo, categóricamente, que marcharte es una decisión equivocada y, con toda probabilidad, irreversible.

—Y yo te digo que no marcharme sería no respetar sus deseos.

Gruñe contra las manos, como si lo estuviera volviendo loco.

—Nunca te rindes. Prácticamente acosaste a los médicos de tu madre hasta que aceptaron no dejar de ayudarla el año pasado.

Cruzaste el Atlántico cuando creíste que así podrías arrebatarle Green a tu padre.

Cuando pensé que la iba a palmar subiendo la montaña Suilven antes de Navidad, me arrastraste hasta la cima.

Y ahora te alejas de Ophelia ante el primer obstáculo.

Mi risa es hueca, carente de humor.

—¿Así llamas a esto? ¿Un obstáculo?

—Sí. Dentro de diez años, echarás la vista atrás y es lo que te parecerá.

—Que mi padre dejara morir a sus padres no es un obstáculo, Vincenzo. Es un muro de cemento.

—Que tú dejaras morir a sus padres sería un obstáculo. Tú no eres tu padre.

Pues últimamente no me siento así.

—Mira... el Baile de Invierno de Sorrowsong es pasado mañana.

El pánico me atraviesa, la herida que deja a su paso me arde de celos.

—¿Va a ir con alguien?

—Sí, payaso. Conmigo.

—¿Qué cojones?

—¡Voy a pedírselo yo antes de que lo haga otro! La tía atrae miradas.

Aprieto el volante hasta que los nudillos se me ponen del mismo tono que las montañas nevadas que aparecen ante nosotros.

—Lo sé.

—Pues ve al baile con ella.

Estoy envuelto en un circo mediático, soy el tema de conversación de los pasillos polvorientos de Sorrowsong. No me quiero ni imaginar lo insufrible que se pondría la gente si supiera que estoy aquí.

—No puedo ponerla en el punto de mira.

Vincenzo parece que va a sacarse los ojos con los pulgares.

—¿Más de lo que ya está?

«Bien visto».

Agita la mano en mi visión periférica y encoge los dedos en un gesto de «vamos».

—Venga, siguiente excusa. Te las voy a desmontar todas.

—Mañana tengo una cena con el ministro de Aviación.

Vincenzo resopla.

—Alex. ¿Tú te estás oyendo?

—¿Qué?

—¿Green está por encima de tu vida personal? ¿Por encima de una de tus ocho personas?

No sé si su comentario pretendía ser una bofetada, pero así es como lo recibo. Un jarro de agua fría que me cae por encima.

Cuando me encuentro con mi mirada en el retrovisor, son los ojos de mi padre los que me la devuelven. Aparto la vista y me paso la mano por la mandíbula, sobre la barba de un día.

—Si me rechaza otra vez..., se acabó.

Y será un puto desastre.

—Y si te marchas, también se acabó. Hostia, parece que tienes el cerebro hecho papilla ahí dentro. ¿De verdad estás capacitado para conducir? Porque lo de formular un pensamiento con sentido lo llevas bastante mal.

Por fin giramos hacia una carretera que de verdad parece una carretera.

—Que te den, tío.

—Colette le va a prestar un vestido.

«Joder».

—Creo recordar que me dijo que tenía la espalda al aire.

«¡Joder!».

—Como la invites al baile, Vinnie, será lo último que hagas.