Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 6. Alex #4
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Capítulo 6. Alex #4

Le late el pulso bajo mi pulgar, fuerte y acelerado, perfectamente acompasado con el mío.

Vuelve a alzar la vista hacia mí y lo que veo en sus ojos hace que el penúltimo hilo de mi autocontrol se rompa.

El aire frío se ha vuelto cálido y húmedo a causa de la tensión.

«Joder». Lanzo una mirada a los asientos traseros del coche.

Las ventanas están tintadas y hay sitio más que de sobra.

Debe de notar mi excitación, porque aprieta los muslos bajo la falda.

Estamos tambaleándonos al borde del precipicio, pisando la línea entre el adiós y el hola, entre lo dócil y lo salvaje, entre lo respetuoso y algo mucho más sucio.

Mis labios se colocan a escasos milímetros de los suyos.

El tiempo parece detenerse.

Pero en esos milímetros que nos separan se esconde demasiado .

Demasiados traumas, demasiada venganza, demasiadas razones por las que acortar esa distancia podría herir su corazón.

El deseo me recorre las venas como una droga, nublándome los pensamientos, agitándome la respiración, pero el respeto que siento por Ophelia lo supera todo, así que doy un paso atrás.

La tensión estalla como un globo demasiado inflado, deshaciéndose sobre la tierra empapada que se reúne a nuestros pies.

El aire vuelve a ser gélido y cortante. Mi ánimo regresa al gris.

Ella se recompone, con los ojos abiertos de par en par, como si no pudiera creerse que hemos estado a punto de besarnos. La mirada que me lanza es de agradecimiento.

Le aliso la chaqueta con una sonrisa triste. Le abro el puño para deslizar mi paraguas en su mano cálida.

—No te metas en líos, Twist.

Sonríe y da unos pasos atrás. Lejos de mí. Lejos de nosotros. No lo soporto, pero tengo que hacerlo.

—Prometido.

Y entonces se va, alejándose a toda prisa de mi coche y entrando en el castillo, igual que el primer día que nos conocimos, dejándome a mí y a mi corazón agujereado bajo la lluvia torrencial.

[BORRADOR]

De: Alex Corbeau-Green

Para: Ophelia Winters

Asunto: Ophelia (ausente): Alex, eres un idiota

Un futuro sin ti no me parece un futuro.

Pasa una hora, quizá dos.

Estoy sentado dentro del coche en el aparcamiento de Sorrowsong, fumándome un paquete de tabaco hasta que solo me quedan dos cigarros. Tengo la cabeza apoyada contra el asiento cuando la lluvia que me salpica la mejilla a causa de la ventanilla abierta se detiene de golpe.

Abro un ojo y me encuentro con el estúpido cabezón de Vincenzo.

La cicatriz que le cruza el ojo se arruga cuando una sonrisa torcida se le dibuja en el rostro.

Se inclina aún más hacia el coche, como esos avestruces excesivamente simpáticos de los parques de animales que lo único que quieren es comerse tu comida.

—Hola, tío. ¿Me quieres explicar por qué he tenido que enterarme por Colette, quien se enteró por Ophelia, de que estabas aquí?

Desaparece antes de que pueda responder, rodea el coche y logra meter su cuerpo de armario empotrado en el asiento del copiloto.

Se inclina sobre mí para robarme el penúltimo cigarro, las gotas de lluvia le resbalan por la daga que tiene tatuada en el dedo índice cuando protege la llama con la mano.

Sus ojos azules se clavan en los míos. No es de los que dejan preguntas sin respuesta.

«Joder, cuánto lo he echado de menos».

—Últimamente no estoy de buen humor.

—A mí me la pela.

—Así que tú y Colette, ¿eh?

Sonríe de oreja a oreja.

—Está buenísima. Yo... nosotros... ¿sabes lo que es una barra separadora?

Hago un gesto con la mano para que cierre la boca.

—No necesito detalles, gracias.

—Tú te lo pierdes.

—Lo dudo. ¿Es tu novia?

Su expresión se apaga.

—Nah. No está buscando eso. Solo somos...

—¿Amigos?

—Me escribe cuando quiere follar.

—¿Y?

—Y lo hacemos.

—¿Y?

—Y luego vuelvo a la mansión.

Es un patrón habitual en Vincenzo.

—¿Y lo llevas bien?

—Bueno... espero que con el tiempo quiera quedar más. Ya sabes... hacer senderismo, conocer a mi madre, esas cosas.

—¿Y lo habéis hablado? ¿Sabe que quieres una novia?

—Más o menos. Probablemente. Sí. No quiere ningún compromiso.

«Madre mía». He estado tan concentrado en mis cosas que me había olvidado de que los demás también tienen problemas de pareja.

—Entonces dudo que quiera hacer senderismo y esas cosas, Vin.

—Ya veremos.

Vincenzo es un cúmulo de contradicciones.

Su padre lo entrenó para convertirse en un asesino despiadado, pero el tío también tiene su lado dulce e ingenuo, propio de alguien que creció en un hogar estable y con unos padres que lo querían.

Tiene reputación de mujeriego, pero nada más lejos de la realidad; el pobre está desesperado por tener novia.

Algo estable y de fiar en su mundo de crimen y caos.

Me aprieta el bíceps.

—Estás cachas, colega.

Puede que el tío se merezca un puñetazo, pero he de admitir que me alegro muchísimo de verlo.

—Gracias.

—Entonces..., ¿cómo te fue con Ophelia?

Tomo una larga bocanada de aire.

—Hemos roto. Ahora ya de forma oficial.

—Joder. Pero... ¿para siempre?

—Sí.

—Quizá no quiera perderte del todo. Igual podéis ser...

—No digas «amigos» —escupo. Él se calla.