Capítulo 6. Alex #3
Apoyo la cabeza en el asiento, con la mirada clavada en ella. Veo cómo se le ajusta la camiseta bajo la chaqueta, moldeándose a su pecho de una forma que me dificulta apartar la vista.
—Ajá.
—¿Podemos volver ya, por favor?
—Mi abogada me pidió que cortara el contacto contigo.
Se pone rígida de golpe, se le corta la respiración al intentar tomar aire.
—Pero no antes de que te fueras, ¿verdad?
—Me fui porque sentía que me moría. Pero esa es la razón por la que no te llamé después de aterrizar en Nueva York.
—Bloqueaste mi número.
—Mack desactivó el número.
—No me sirve de excusa. Podrías haberme escrito.
—Lo sé.
Está aguantando la respiración mientras mira por la ventana. Ni siquiera puede mirarme a la cara.
—Si simplemente me hubieras despertado, Alex...
—Lo sé.
—Yo no publiqué ese artículo.
—Pero lo escribiste —replico, arrepintiéndome al instante del golpe bajo. No necesita que la culpe más por lo que pasó. Ya ha asumido su parte de responsabilidad. Lo veo en cómo hunde los hombros, en las sombras que tiene bajo los ojos, en la piel enrojecida y en carne viva alrededor de sus uñas.
Sé que no lo publicó. Ahora que la tengo delante, no sé cómo pude llegar a dudarlo. Desconfié demasiado del mundo como para permitirme creer que las cosas buenas son reales, que la gente buena no me fallará.
—Sí, lo escribí —murmura, como si fuera su última confesión antes de morir.
Percibo el dolor en su voz y, pese a mis esfuerzos, no logro enfadarme con ella.
Ya no. No sé a qué se debe, quizá a cómo se desmorona la salud de mi madre, quizá al sentimiento de derrota que veo en sus ojos, pero me niego a perder otra hora más resentido con Ophelia cuando podría estar amándola—.
Quería destruir a tu padre. Quería que lo perdiera todo.
Quería que su familia se hiciera pedazos, que su empresa acabara en bancarrota.
Quería esto. Todo esto. Quería que tu madre sufriera porque quería que él sufriera.
—No es verdad.
Se vuelve hacia mí con brusquedad, con los ojos encendidos de ira.
—Claro que sí. ¿No lo ves? Todo esto es justo por lo que recé noche tras noche. Quería que tu familia se rompiera.
—Pero no así. No querías que ocurriera de esta forma.
—Eso no cambia las cosas, Alex. Tú y yo estamos condenados.
Su pesimismo suele resultarme encantador, pero no ahora.
—Deja de decir eso.
Hunde los dientes en el labio inferior para impedir que le tiemble.
—Y estaba equivocada. Pero me abandonaste. No me diste la oportunidad de hablar, de explicarme. Y ahora me estás pidiendo exactamente lo mismo.
La segunda frase está cargada de tanta angustia que casi oigo cómo se le rompe el corazón al decirla.
—Tenía que hacer lo correcto para las niñas.
—Pero podrías haberme despertado —responde, alzando la voz.
Le brillan los ojos a causa de las lágrimas, que siguen sin caer.
Está luchando por no llorar delante de mí con todas sus fuerzas; guardándoselo para otro lugar, para otra persona, y quizá eso sea lo único peor que verla desmoronarse—.
Enterramos un cuerpo juntos, Alex. Matamos a alguien y entonces te fuiste y me obligaste a lidiar con ello sola.
«Mierda». Si se da cuenta de cómo me estremezco ante sus palabras, no lo demuestra. La lista de formas en las que le he fallado se vuelve más larga, el arrepentimiento que me ha ido carcomiendo durante semanas se vuelve más pesado.
Quizá el monstruo que mi padre alimentó dentro de mí es más grande de lo que pensaba, porque ni siquiera me lo había planteado, ni siquiera había considerado a Bancroft como algo más que una foto que necesitaba eliminar.
No había pensado en cómo afrontaría ella lo que le pasó, cómo le afectaría a alguien que no está acostumbrado a todo este... desastre.
—Solo dime cómo puedo arreglarlo.
—No puedes. Estoy intentando... seguir adelante con mi vida, pero ahora te has plantado aquí y te has cargado el poco proceso que había hecho.
Cierro los ojos y dejo caer la cabeza contra el asiento.
—Yo no puedo seguir adelante.
Se envuelve la chaqueta con más fuerza.
—Ese no es mi problema. Vives a miles de kilómetros. Apenas ha pasado tiempo. —Se limpia la nariz con la manga y el gesto me oprime el pecho—. Solo necesitamos darle más tiempo.
No quiero darle más tiempo.
La quiero a ella .
Reproduzco aquella horrible mañana. Me desperté a su lado con los primeros rayos del sol deslizándose por el valle. Todo estaba tranquilo, silencioso. Con Bancroft bajo tierra, me desperté con una ligereza desconocida.
Y entonces miré mi móvil y vi el caos. Fue ese momento, esas horribles horas siguientes, lo que me costó esto. Me costó perderla .
Hice lo que creí que era mejor para mi familia, pero me siento fatal.
Aprieto los puños para evitar tocarla.
—Ophelia, nunca llegué a creerme que tú publicaras ese artículo. Quizá durante cinco minutos, antes de pararme a pensarlo...
—No se trata de eso. —Se frota la frente para alisar las arrugas de su ceño fruncido.
Últimamente es algo que parecen hacer cada vez más personas en mi presencia.
Su risa amarga empaña la ventanilla de su lado—.
Dios, Alex... ¿cómo vamos a volver a confiar el uno en el otro?
¿Cómo sobrevivirías a que te pidieran elegir otra vez entre tu familia y yo?
—No elegiré.
Se vuelve hacia mí. Se ha quitado las botas; sus calcetines blancos de punto descansan en el borde del asiento y mi corazón traicionero decide que ahora es el momento de enamorarse de ella por centésima vez.
Con su barbilla apoyada en las rodillas y mi pulso descontrolado y desesperado, creo que está a punto de aceptar. De darme una segunda oportunidad que en realidad no merezco. Pero abre la boca y dice:
—¿Puedes llevarme de vuelta al castillo, por favor?
Dejo escapar un suspiro de derrota y le doy la vuelta al coche en silencio.
—¿Qué tal... qué tal el trabajo? —me pregunta.
—Horrible, como siempre supe que sería. ¿Qué tal Sorrowsong?
—Bien —responde en voz baja. Sé que odia estar allí—. Servirá.
—¿Aprobaste los exámenes?
—Sí.
No puedo evitar sonreír. La miro de reojo mientras conduzco.
—¿En serio?
El pequeño destello de orgullo que se apodera de su expresión hace que mi sonrisa se ensanche. Esa es mi chica.
—Sí.
—Es increíble, Twist. Eres increíble.
Es más fuerte de lo que cree, tal y como Harwood me aseguraba.
—Necesito que no vuelvas nunca, Alex —pronuncia con calma.
Me pellizco el puente de la nariz—. Perdí a mis padres y me prometí no volver a exponerme a una pérdida así, y entiendo por qué sentiste que tenías que irte aquel día.
No estoy enfadada contigo. Incluso te perdono.
Pero mi corazón no podrá soportarlo otra vez.
Y tú te mereces no tener que elegir entre nosotros nunca más.
—No me iré.
Ella niega con la cabeza.
—¿En qué universo alternativo tenemos un final feliz, Alex?
¿En uno en el que no tengas una familia que te ate a Nueva York?
¿En uno en el que yo no tenga una mochila de traumas y sea capaz de abrirme contigo?
¿En uno en el que me sienta cómoda saliendo con alguien que está en el punto de mira de la prensa?
¿En uno el que deseara subirme a un avión y mudarme a Nueva York?
¿O a París? ¿En uno en el que no me guardaras rencor por lo ocurrido en las últimas semanas?
¿En uno en el que de verdad confiáramos el uno en el otro?
—Te estás rindiendo antes siquiera de intentarlo.
Cuando miro a mi izquierda, parece como si la hubiera abofeteado.
—Lo hemos intentado. Este año no será el único momento duro de nuestras vidas. Nos pasarán más cosas malas, y no confío en que no vuelvas a dejarme. Ya está. No hay más.
Mantengo la vista clavada en la carretera y dejo que sus palabras me calen.
Quiere a alguien más estable. Necesita a alguien más estable. Necesita cuidar de su salud mental y yo, más que nadie, lo entiendo.
—Vale —susurro. Nos envuelve el silencio. Esta vez no es incómodo, sino definitivo. Ninguno de los dos busca cosas que decir.
Entro en el aparcamiento de Sorrowsong poco después. Vuelve a estar lloviendo, aunque más fuerte. Apago el motor, saco un paraguas del asiento trasero y rodeo el coche para abrirle la puerta.
Ella sale y se queda bajo el paraguas que sostengo. Odio lo triste que se la ve.
—Estamos en el universo equivocado, Alex.
—Ya —respondo sin ganas. Fuerzo una pequeña sonrisa con la esperanza de que la haga sentir mejor. No me aparta cuando le limpio una lágrima de las pestañas inferiores antes de que tenga oportunidad de caer.
—Te quiero —murmura, como un adiós.
Sonrío, y le acaricio la mandíbula con el pulgar. Me trago mis propias lágrimas. No pudimos despedirnos en enero, así que esta es nuestra oportunidad. Y es una agonía.
—Yo te quiero más, Twist.
Ella niega con la cabeza; le tiembla el labio bajo mis dedos, y solo puedo pensar en besarlo.
—Mentira.
—Verdad.
—Es porque te quiero que no puedo hacer esto.
—Lo entiendo —respondo, porque lo digo en serio. Está protegiendo su corazón y el mío de la única forma que sabe hacerlo ahora mismo—. Y, porque te quiero, te dejo marchar.
Me permito tocarla. Una caricia igual de ligera que una pluma en sus mejillas, su cuello, su nariz, sus labios. Me permito apartarle el pelo mojado de la frente. No puedo vivir sin ella. La idea se me hace insoportable.
Cierra los ojos e inclina la cabeza hacia mi mano levemente, tanto que me pregunto si no será un producto de mi esperanzada imaginación. Separa los labios y deja escapar un suspiro que parece abandonar sus pulmones a cámara lenta.
Sería tan fácil presionar mi boca contra la suya, deslizar mis manos bajo su chaqueta empapada y pegarla a mí.
Se aferra con más fuerza a mi camiseta, asoma la lengua para atrapar una gota de lluvia que le cae sobre el labio inferior.
Me trago el gemido, completamente embriagado de deseo sin haberla besado siquiera.