Capítulo 6. Alex #2
—Créeme, estás lo bastante buena como para que te acosen por internet. Demasiado buena, incluso.
—Oooh —dice, sacudiendo la melena—. Quizá si te cortaras el pelo, también te acosarían por internet.
Me echo a reír y mi risa nos sorprende a los dos. No necesito mirarme en el retrovisor para saber que estoy hecho un desastre. Me paso las manos por el pelo en un intento de adecentarlo.
—¿Mejor?
Su sonrisa se suaviza cuando alarga la mano y me coloca un mechón, dejándolo caer sobre mi ojo, como a ella le gusta.
Cuando me roza la piel con el dedo al apartar la mano, juraría que siento un chispazo de electricidad.
El corazón me da un vuelco. Oigo cómo se le corta la respiración.
Sin saber cómo, estamos cerca. Tan cerca que puedo ver cada una de las pecas que le cubren la nariz, las mejillas, la frente y la barbilla.
Tan cerca que puedo oír cómo le ha cambiado la respiración, cómo le cuesta concederle oxígeno a sus pulmones en medio de la tensión caliente y densa del coche.
Saca la lengua para humedecerse el labio inferior y, después de todo, puede que el mundo no sea un lugar tan horrible. Puede que todo salga bien.
Sin embargo, en apenas un segundo, se recompone y niega con la cabeza, como si intentara disipar esta atmósfera embriagadora.
—Listo —dice con voz ronca mientras me mira el pelo de nuevo—. Recibirás un mensaje amenazante en cuestión de segundos.
Y así, la burbuja explota. El amor, el deseo y la esperanza desesperada se escapan del coche hacia el aire frío cuando aparta la vista.
Casi juraría que el mundo exterior se vuelve más gris, más apagado.
No soy tan ingenuo como para pensar que estar con Ophelia me curará por arte de magia, pero ella es un millón de pequeños motivos por los que seguir adelante, envueltos con sumo cuidado en una chaqueta llena de agujeros y una bufanda raída por las polillas.
—Colette dice que te has alejado de Vincenzo.
Me quedo quieto tras encender la calefacción de su asiento, el comentario me pilla por sorpresa. La culpa se arremolina entre mis costillas. Vincenzo se merece algo mejor. Me he alejado de todo el mundo.
—Últimamente no he tenido tiempo para las amistades. Solo he tenido tiempo para...
—Mantenerte a flote —termina ella por mí cuando ve que no encuentro las palabras.
Suelto una risa suave, pero sin humor. Es la analogía perfecta. No avanzo, no llego a ningún sitio. He olvidado lo que es empezar el día con un objetivo que no sea simplemente sobrevivir a él.
No hacer ningún progreso se ha vuelto terriblemente agotador.
Me desabrocho el primer botón, acalorado de repente; la conversación me resulta incómoda.
—Volviendo a lo de tu acosador... —digo.
O no me oye o no me hace caso.
—Prométeme que seguirás manteniéndote a flote.
—Dijiste que solo podíamos hablar de la investigación.
Baja la vista a su regazo y empieza a juguetear con la pulsera de la amistad que le hicieron mis hermanas. Paso los dedos por la mía, por la cuerda trenzada suave y gastada.
—Alejarte de mí, alejarte de tus amigos... sé que crees que eso hará que las cosas sean más fáciles. Sé que tu depresión te convence de que alejarte de la gente a la que quieres es lo correcto, porque sería más fácil desaparecer si nadie viene a buscarte...
Mi voz es suave cuando le suplico que sea amable con mi mente frágil.
—Ophelia.
—Te está mintiendo, Alex. Alejarte de la gente no arreglará nada. Créeme, lo intenté durante cuatro años.
—Harwood y tú seríais amigos.
Me lanza una mirada que echaba muchísimo de menos. Exasperación divertida, juraría que es. Pero deja el tema, lo cual agradezco.
—No le tengo miedo a tu padre, Alex. Si de verdad está aquí, no huiré.
Dios. Se me ponen los nudillos blancos alrededor del volante solo de pensarlo.
—Pues deberías.
—No me da miedo.
Demasiado cabezota para su propio bien. Aunque quizá por eso me enamoré de ella.
—Necesito que cooperes con Mack, Ophelia. Haz todo lo que te pida. Si te pasa algo, cualquier cosa sospechosa, cualquier cosa rara que recibas por correo o si alguien te dice algo cruel, cuéntaselo de inmediato.
Ella resopla.
—Hay mucha gente diciendo cosas crueles sobre mí.
Eso es cierto. La reacción que ha provocado el artículo ha sido distorsionada y retrógrada. La única persona que ha recibido más odio en Sorrowsong y en las redes sociales que mi padre —el hombre del corazón podrido— es Ophelia.
Es la historia de la vida de mi madre, y odio lo mucho que se ha convertido en la de Ophelia. Los medios hacen responsables a todos menos a quienes realmente lo son.
Los hombres como mi padre juegan al ajedrez con la vida real de las personas y siempre son ellos quienes acaban sosteniendo la medalla.
La rompehogares, la torturadora de una mujer enferma, la que le destrozó la vida a seis niñas pequeñas, la traidora de Alex Corbeau-Green.
En el último mes han pintado un retrato detallado de Ophelia nada halagador.
Cada pincelada es una nueva forma de desacreditarla.
Invertiría hasta el último centavo en hacerlo desaparecer, pero, como ocurre con todo lo que dicen de mi madre, no existe red lo bastante grande como para atraparlo todo.
Ophelia es la persona más fuerte que conozco, pero veo el peso que carga: el odio, los insultos, los mensajes, la atención. Quiero detener el coche y abrazarla tan fuerte que ambos olvidemos lo que se siente al estar rotos en mil pedazos.
No consigo ocultar el dolor en mi súplica.
—Por favor, no te creas lo que dicen, Ophelia.
—Lo intento.
Se encoge de hombros y, aunque las lágrimas que logra contener me destrozan, lo que realmente me remata es no poder sentarla sobre mi regazo. Debería seguir siendo mía. Nada de esto debería ser así.
—Ophelia.
Su nombre es una oración desesperada. Reduzco la velocidad hasta detener el coche en mitad de la carretera desierta, intentando recordar las peores cosas que he leído sobre ella en estas últimas semanas.
«No es de extrañar que sus padres ya no la soportaran.
Yo también me subiría a un helicóptero averiado».
Si eso es lo que dicen en internet, me imagino que en los confines de los pasillos oscuros de Sorrowsong es todavía peor.
—Joder, Ophelia.
—No necesito que me defiendas.
—Lo sé.
—Sigue conduciendo, por favor —me suplica—. Háblame de lo de tu padre y Mack.
Necesita una distracción, y yo haría cualquier cosa por ella, así que hablo.
Le cuento lo de Brendan, lo de que incluso a él le está costando averiguar algo sobre la filtración del artículo.
Le hablo de Mack, de su pasado en el ejército, de cómo está intentando localizar a mi padre, de cómo Brendan hackea todas las cámaras de seguridad de Nueva York para buscarlo.
No doy la vuelta hasta que ya no le quedan más preguntas por hacerme.
Paro en un apartadero de un camino estrecho protegido por los árboles. Las gotas de lluvia y alguna que otra ramita golpean el parabrisas. La radio crepita en voz baja, mezclándose con el suave sonido de la respiración de Ophelia.
—Tendré cuidado si tú también lo tienes —me dice mirándome a los ojos.
Esto es horrible. Estar tan cerca de ella y no poder tocarla, no poder acariciar cada una de sus pecas para ver si ha aparecido alguna nueva desde la última vez que apoyé la cabeza junto a la suya en la almohada.
Merezco un castigo por mis actos, pero esto es una tortura.
—Tendré cuidado, Twist.
Ella sonríe ante el apodo, pero es una sonrisa suave y triste.
—¿Cómo se encuentra?
—¿Mi madre?
—Sí.
—Está bien. De hecho, pronto empezará con un nuevo tratamiento.
Su expresión se ilumina, cálida y sincera.
—Pero eso es genial, ¿no?
—Sí. —Me froto la frente—. Eso creo, vaya. Tiene sus riesgos, pero seguir tal y como está tampoco le servirá de nada.
—Cruzaré los dedos por ella cada noche.
Fuerzo una sonrisa. Me cuesta hablar de mi madre. Va a morir demasiado joven y todavía no soy capaz de asimilarlo. En mis planes de un futuro con Ophelia —con boda o sin boda, con hijos o sin ellos—, me imagino a mi madre conmigo en todo momento. Pero eso no va a pasar.
Solo intento recuperar los años perdidos del cruel deterioro de su cuerpo, debilitado a causa de la cantidad de medicinas que empezó a tomar demasiado joven, de la cantidad de años que se ignoró el declive de su salud mental y de la cantidad de decepciones provocadas por mi padre.
—Se lo diré.
—Alex, todo...
—No —la interrumpo, con más brusquedad de la que pretendía. Estoy harto de esa estúpida promesa. «Todo irá bien». La gente lo repite en piloto automático, sin pararse a pensar en lo que realmente están diciendo—. No me digas que todo irá bien. Por favor, no lo digas. ¿Podemos hablar de otra cosa?
—Claro —responde, pero el coche se sume en el silencio. Ya hemos completado nuestro escueto cartón de bingo de temas de conversación aceptables. Todo lo demás está tapado con cinta roja.
Miro por la ventana, hacia las suaves colinas y los lejanos muros que asoman entre los árboles. Ophelia rechaza una llamada de Colette y le escribe un mensaje. Se guarda el teléfono en el bolsillo de nuevo, pero ninguno de los dos vuelve a hablar.
Es un silencio incómodo. Y es incómodo que sea incómodo; que hayamos pasado de ser dos personas incapaces de hacer que un silencio resultara incómodo, aunque nos fuera la vida en ello, a ser dos personas que ya no tienen nada que decirse.
Empiezo a hablar, y ella también. Ambos nos callamos. Observo cómo se le tiñen las mejillas de rojo y las pecas se pierden en su rubor.
—Perdón, ¿qué ibas a decir?
«Que te quiero más que a mi vida».
—Tú primero.
—Han empezado a echarle cebolla crujiente a los macarrones con queso del comedor.
Suelto el aire, sin saber si reír o llorar.
—¿Y cuál es tu veredicto?
Se mira las uñas con el ceño fruncido. Ojalá me mirara a mí.
—Decepcionante. ¿Por qué se empeñan en complicarlo todo? Primero el cebollino y ahora esto. Que se dejen de experimentar. ¿Qué ibas a decir tú?
—En realidad solo me preguntaba qué tal estaban ahora los macarrones con queso del comedor.
Su risa cura algo en mi interior.
—No me digas.