Capítulo 6. Alex
—Hola.
Cinco días ensayando mi discurso y esas son las únicas dos sílabas que salen de mi boca.
Me gustaría extender la mano y arrancarlas del espacio que nos separa, pero no puedo.
Está paralizada, mirándome como si estuviera a punto de salir corriendo.
—Ophelia, yo...
—¿Hola? —susurra, con la voz rota. Solo oírla me duele—. ¡¿Hola?!
Se me forma un nudo en la garganta y me baja por el esófago hasta llegar al estómago y convertirse en una piedra pesada.
«Joder, lo siento muchísimo».
Me paso una mano por el pelo.
—Lo reconozco, no ha sido mi mejor intervención. Joder, Ophelia. Por favor, escúchame.
—No —responde mientras niega con la cabeza—. Por favor, no.
Doy un paso hacia ella. Ella da uno hacia atrás. Ya hemos estado aquí antes, en este mismo sendero, justo después de que se escondiera bajo el sofá de Carmichael. Solo que entonces sentía que por fin estaba a punto de conseguirla. Ahora estoy a escasos centímetros de perderla para siempre.
—Por favor, déjame hablar.
—Me abandonaste —escupe. Se le pone roja la punta de la nariz de la rabia y me entran ganas de preguntarle cómo se atreve a hacer algo tan adorable mientras no me permite tocarla—. Tú y yo estamos condenados, Alex.
«Las personas correctas en el universo equivocado».
Eso es lo que piensa de nosotros. Menuda gilipollez. Necesito que sea una gilipollez.
—Ven a dar una vuelta conmigo.
Se pone recta y endereza los hombros. Una expresión decidida cobra fuerza en su mirada y ahí está, la mujer de la que me enamoré. Es preciosa.
—Prefiero meterme en una batidora.
—Puedo ponerle un par de cuchillas giratorias al coche, si te sirve.
—Solo si metes la cabeza en ellas.
—Ya sabes que metería la cabeza donde tú me lo pidieras, Ophelia —respondo demasiado rápido.
Mi respuesta hace que el color rosado de su nariz se extienda por sus mejillas pecosas, y de pronto la niebla que abraza el castillo de Sorrowsong ya no me parece tan fría.
—Yo... Eso no es... No me refería a eso.
Está nerviosa. La emoción que me provoca es embriagadora.
Doy dos pasos cautos hacia ella. No sale corriendo, pero parece capaz de partirme el cuello. Al menos sus manos serían las últimas en tocarme.
—Solo déjame hablar.
—El momento de hablar ya pasó hace tiempo, ¿no crees?
—No, la verdad es que no.
—Eres insoportable.
Me arriesgo a dar otro paso hacia ella.
—Decidido.
—Desesperado.
Otro paso, y está tan cerca que casi podría tocarla.
—Enamorado.
Se estremece ante esa última respuesta y, por fin, estoy lo bastante cerca como para ver las finísimas grietas en la fachada de acero que ha levantado.
Está pálida. Sus ojeras son sanguinarias, cada tono de morado es como una puñalada al corazón.
La dura coraza de rabia se está resquebrajando y puedo ver el dolor debajo.
He estado tan absorbido por el trabajo, mis hermanas, mi madre y por la desaparición de mi padre, que hasta ahora no me había parado a ver lo que realmente le había hecho. La atraje hacia mí, me pasé meses convenciéndola de que se abriera conmigo y luego le di la patada.
«Me cago en mi vida. Lo siento muchísimo».
Ahora lo veo: está reconstruyendo el muro que tanto tiempo me llevó derribar.
No puedo permitir que eso pase. Y quizá tenga razón, quizá sí estoy desesperado, asfixiado por esa nube negra que no deja de atormentarme, haga lo que haga.
Pensé que estaba haciendo lo correcto al mantenerme alejado de ella, pero puede que haya sido mucho peor.
Perderla sería la gota que colmaría el vaso.
—No debería haberme ido.
Su risa es fría e incrédula.
—¿Y has tardado todas estas semanas en darte cuenta?
Echo la cabeza hacia atrás y suelto una larga bocanada de humo lejos de ella, pidiéndole ayuda al universo en silencio.
—Eso no es cierto.
Ahora ya no hay quien la pare, por lo que añade con tono receloso:
—¿Y lo del número de teléfono?
—Lo sé, lo siento. Tuve que desactivar mi antiguo número. Alguien lo filtró. Iba a escribirte. Intenté escribirte, pero...
—No lo hiciste.
—Súbete al coche conmigo.
Solo necesito que se monte en el coche. No puede huir si estamos en el coche. Las líneas que separan el secuestro de un acto de amor empiezan a volverse cada vez más borrosas, pero... en fin. Una historia para contar en nuestra boda: «La retuve en mi coche y la obligué a volver a enamorarse de mí».
Ophelia niega con la cabeza, así que renuncio a jugar limpio.
—Te contaré las novedades de Mack si te subes al coche.
Eso capta su atención. Abre los ojos color whisky de par en par, curiosos.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Te lo diré en el coche.
—Dímelo aquí.
—No, porque saldrás corriendo.
—Esto es chantaje.
—Es negociación.
—La madre que me parió —gruñe antes de avanzar hacia mí.
Es la mayor victoria que he tenido en el último mes. Coloco la mano en la parte baja de su espalda, pero me la aparta de un manotazo en cuanto rozo la tela húmeda de su chaqueta.
Está furiosa.
—Vuelve a tocarme y te juro que esta vez sí que te cago en el salpicadero.
Me meto la mano en el bolsillo para intentar distraerme de la desesperada necesidad de sentir el calor de su piel.
—Tomo nota.
Se detiene en el aparcamiento y yo abro el Land Rover negro que está aparcado junto al Ford Bronco de Belladonna.
—¿Y el verde oscuro?
—Eh... —Me rasco la nuca. Estoy intentando no ganarme una orden de alejamiento, por lo que mejor me ahorro lo de que me siento en él casi todas las noches—. Era de alquiler, ¿recuerdas?
—Ah, sí —murmura con un deje de decepción. La esperanza crece entre mis costillas. Quizá ella también piensa en aquella noche tan a menudo como yo.
Me aparta la mano cuando intento abrirle la puerta del copiloto y lo hace ella misma. Su expresión es tormentosa.
—No, Alex. Ya no... —Su tono pasa de enfado a esa paciencia que tendrías con un niño pequeño al que le cuesta entender algo, lo cual me duele todavía más—. Ya no soy tuya.
Levanto ambas manos y doy un paso atrás, intentando actuar como si esa frase no hubiera sido una cuchilla dentada directa al cuello. Está a punto de subirse al coche, pero se detiene y se vuelve hacia mí.
—No me toques. No hables de nosotros. No te tomes esto como una reconciliación. Cuéntame lo de Mack y deja que me vaya.
—Vale —susurro. No me permito sentirme decepcionado. Es más tiempo con ella del que merezco, y sé que lo hace para proteger su corazón.
Si acaso, la respeto por ello.
Se sube al coche y yo rodeo el vehículo para hacer lo mismo. Se mantiene lo más a la izquierda del asiento que puede, con el hombro pegado a la ventanilla.
Aun así, con ella en el coche, a salvo, ilesa y al alcance de mi mano, tomo la primera bocanada de aire profunda desde la segunda semana de enero.
—Aquella mañana, cuando me desperté y vi lo que había pasado...
—Ya estás incumpliendo la segunda norma.
Se me escapa un gruñido de frustración mientras arranco el motor.
—¿En serio?
—No he venido a hablar de nosotros. Y no hace falta que vayamos a ningún sitio.
Salgo marcha atrás del aparcamiento, ignorando sus protestas. Si me alejo del castillo mientras le cuento toda la historia de Mack, nos veremos obligados a llenar el silencio durante el camino de vuelta.
—¡Esto se considera secuestro! —grita, y baja la mano para trastear con el cambio de marchas. Piso el freno. Le dije hace meses que quería secuestrarla, así que lo de fingir que no lo sabía no viene a nada.
—Ophelia, ¿qué cojones estás haciendo? —pregunto mientras lo más probable es que se esté cargando el coche de alquiler.
—Poner la marcha atrás.
—¿Cuándo vamos a treinta kilómetros por hora?
Suelta un grito de frustración, nerviosa y enfadada. Un matiz rojo le tiñe el rostro pálido; y yo me enamoro de ella otra vez, dolorosa y violentamente.
—¿Por qué cuesta tanto mover esta cosa?
—Porque no estoy pisando el embrague.
—Pues pisa el embrague.
—Así estoy bien, gracias.
Intenta abrir la puerta del copiloto, pero, obviamente, está bloqueada, es la primera regla del secuestro; y se lleva las manos a los ojos.
—¡Alex!
Mi tono es igual de suave que la mantequilla.
—Ophelia, mi amor.
Se queda en silencio mientras cruzo las puertas de la universidad y me adentro en los caminos rurales llenos de baches.
Las carreteras están cubiertas de hielo, pero el coche tiene tracción en las cuatro ruedas.
Me deleito con su presencia, con el calor de su cuerpo, con el olor a canela de su pelo, con el sonido de su respiración.
—Estoy muy cabreada contigo —espeta al fin.
—Ya, bueno, a mí tampoco me hizo mucha gracia lo del artículo ese que escribiste y del cual no me dijiste ni una sola palabra —replico, ahora que es mi prisionera—. Pero pensaba que podíamos hablarlo como adultos.
Ella suelta una risa amarga.
—Pues cuando se publicó el artículo no te vi igual de razonable. Cuéntame lo de Mack.
Me paso la palma por la mandíbula. El estrés que había olvidado momentáneamente regresa multiplicado por diez.
—Brendan rastreó los mensajes que estás recibiendo hasta Sorrowsong.
—Lo sé. Las fotos están hechas aquí.
—También se envían desde aquí.
Si creía que no podía ponerse más pálida, me equivocaba.
—Pero... eso significaría... ¿Tu padre está aquí? ¿En Sorrowsong?
«Dios, espero que no». Ese pensamiento no ha parado de quitarme el sueño, pero me parece demasiado remoto, demasiado improbable.
—¿Por qué estás tan segura de que es mi padre quien te envía esos mensajes?
—Apenas he hablado con otro ser humano en cuatro años. No creo que tenga muchos más enemigos. Tiene que ser él. A ver, hay otras opciones, pero... él es la única persona que querría acabar conmigo.
Mi expresión debe delatar que no estoy de acuerdo, porque un largo y cansado suspiro empaña la ventanilla de su lado. Su mirada solemne está clavada en las ramas desnudas del exterior.
—No crees que sea él.
—Creo que no se rebajaría a atormentarte de esa forma.
Una pequeña sonrisa resquebraja su expresión helada y aparece ese brillo en sus ojos.
—Vaya, gracias. Añadiré el «no estoy lo bastante buena como para que me acosen por internet» a mi lista de atributos.