Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 5. Ophelia #2
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Capítulo 5. Ophelia #2

—Vale —susurro, con voz distante. Respiro hondo e intento pensar con la cabeza. En el fondo sé que Alex no se ha buscado a otra para olvidarme, que la idea le resultaría igual de desagradable que a mí.

—Pasemos al paso tres. Vamos directas al asesinato. De todas formas, es mucho más divertido que los cambios de imagen.

Colette pone morritos. Creo que lleva meses esperando que le pida consejo para saber si soy más de tonos primavera o de otoño. Pero antes de plantearme si el amarillo me hace parecer un cadáver —más todavía—, necesito recuperar la rutina de comer, ducharme y lavarme los dientes.

—Vale —respondo, sonando más convencida de lo que realmente estoy—. No creo que seamos las personas indicadas para atrapar a Cain Green. El FBI y los mejores detectives privados ya están en ello.

Se dibuja una expresión de decepción en los tres rostros que se encuentran frente a mí. Veo como bajan sus horcas metafóricas. Para Magda parece como si se hubiera cancelado la Navidad.

—La semana pasada intentamos cambiarle la rueda del coche a Divya y tres de nosotras acabamos llorando —argumento, lo que les arranca algunos asentimientos reacios—, pero podemos averiguar quién filtró el artículo.

—Y averiguar si es Cain quien te está enviando esos mensajes.

Divya saca un maldito sujetapapeles. Colette le pasa subrayadores en todos los tonos pastel que te puedas imaginar. Mi ánimo mejora.

—Bien, empecemos por el principio. ¿Quién podría tener un motivo para hackearte el ordenador y difundir toda esa información?

Me paso los dedos por el labio inferior agrietado. Eso es lo que no entiendo. Cain, Shawn, Carmichael... todos ellos tenían razones para odiarme, para querer que fuera infeliz, pero tampoco tenían ningún motivo para querer la caída de Green, especialmente Cain.

—No tengo ni idea.

—Pues empezamos bien.

Nos echamos todas a reír, motivadas por el desastre que es mi vida.

—¿Lo dejamos en manos de los detectives y nos pillamos un pedo? —pregunto.

—¡No! —gritan al unísono a causa de su sed de venganza y de estar hasta las cejas de cafeína.

Levanto las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Eh...

—¿Alex tiene alguna ex loca?

—No que yo sepa. Además, ¿cómo habría sabido lo del artículo que escribí?

Divya duda.

—Bien visto.

Me paso las manos por la cara.

—Hay algo que se nos escapa, eso está claro. ¿Podría haber sido Carmichael?

Colette se deja caer de espaldas en mi cama. Ninguna es lo bastante valiente como para tumbarse en la otra, donde el lado de la habitación de Sofia permanece intacto. Tengo la sensación de que, si hago el más mínimo cambio, aunque sea acercar un poco la cama a la pared, los Ivanov lo sabrán.

—Pero ¿por qué? Este escándalo tampoco ha sido beneficioso para su reputación.

—Ophelia, no tires la toalla —me riñe Magda al arrebatarme el teléfono de las manos cuando abro una aplicación para hacer sudokus—. Mereces limpiar tu nombre.

—Me da igual mi nombre —gruño, porque es cierto. La gente puede pensar lo que quiera de mí. Yo sé la verdad, mis amigas saben la verdad.

—Si limpian tu nombre, Alex y tú podríais... —Divya deja la frase en el aire y un silencio incómodo se instala en el ambiente cargado.

—Podríamos ¿qué? ¿Reencontrarnos? ¿Hacer como si nada hubiera pasado?

¿Como si su padre no hubiera matado a mis padres, como si él no me hubiera abandonado, como si yo no le hubiera ocultado ese artículo durante meses?

¿Superar el hecho de que estamos a casi cinco mil kilómetros de distancia y de que yo jamás me mudaría a Estados Unidos?

—Mi risa me sabe amarga en la lengua. Las palabras que me he callado durante semanas por fin se desbordan—. Me dejó. Bloqueó mi número.

—Ha sido muy duro para él —dice Colette en voz baja—. Se ha aislado de todo el mundo, incluso de Vincenzo.

Es infantil, pero una punzada de dolor me atraviesa el pecho. Casi puedo ver cómo titilan sobre su cabeza las palabras «Equipo Alex».

—¿De qué lado estás?

—Estoy en el equipo de Alex y Ophelia. De los dos. Juntos. Él te hacía feliz.

El escozor de las lágrimas en las comisuras de los ojos me obliga a apartar la mirada. Hurgo en mi bolso en busca de cualquier cosa que me ayude a distraerme; saco una bolsa de papel arrugada, cubierta de cinta marrón de cualquier forma.

—Seguid pensando ideas. Tengo que llevar esto a la oficina de correos. Vuelvo en diez minutos.

Los delicados dedos de Colette se cierran alrededor de mi bíceps cuando salgo. Debe de notar el brillo vidrioso de mis ojos, porque aparece uno igual en los suyos.

—Ophelia...

—Estoy bien. Solo necesito tomar un poco el aire.

—Estoy de tu lado. Siempre estoy de tu lado.

Asiento, con la mirada clavada en mis botas.

—Lo sé. Solo necesito enviar esto.

Me suelta el brazo.

—Vale, cariño.

Está lloviendo cuando salgo. Una lluvia gris y pesada que derrite la nieve y la convierte en lodo. Soy demasiado orgullosa como para volver a por mi chubasquero.

La cinta con la confesión del padre de Laura, el último clavo en el ataúd de Cain Green, me pesa bajo el brazo.

Aunque nada de esto salió como yo quería, espero que le haya dado algo de paz a Laura.

Llevo semanas queriendo devolvérsela, sé lo importante que es para ella.

También llevo semanas queriendo escribirle.

He querido hacer muchas cosas, pero he fallado en todas.

Intentar superar a Alex me está consumiendo toda la energía.

Mientras avanzo con dificultad a través de la nieve mojada y el barro helado, me prometo no dejar que esto siga así. He perdido los últimos cuatro años de mi vida por el duelo. Me niego a encontrar ahora algo más por lo que llorar.

Necesito encontrar un pasatiempo que no sea revolcarme en mi miseria.

Mi aliento es una nube blanca que se me escapa entre el castañeo de los dientes cuando le entrego el paquete a la mujer de la pequeña oficina de correos en el edificio central del castillo. El papel marrón está un poco mojado, pero servirá.

La lluvia se ha convertido en una llovizna helada cuando salgo del castillo y vuelvo a meter las manos en las manoplas.

Marzo está al caer, pero el invierno sigue gobernando el valle.

Creía que aquí febrero sería pintoresco: torres coronadas de nieve y ciervos correteando por el bosque helado.

En cambio, es grisáceo y deprimente. Techos con goteras y ventanas de un solo cristal.

Una niebla espesa que oculta las preciosas vistas de las Tierras Altas de Escocia.

Si no existiera la sopa, ya me habría rendido.

Un mensaje de Colette aparece en la pantalla rota de mi móvil.

Colette ¡Ha vuelto la luz en los salones Cortinar! Nos vemos allí.

Colette ¡¡Haré palomitas!!

Lo que daría ahora mismo por unas palomitas.

Guardo el teléfono en el bolsillo y me agacho para pasar por debajo de las ramas que cuelgan sobre el sendero descuidado que conduce de vuelta a la mansión.

Una ramita cruje en algún lugar y me quedo paralizada.

La parte racional de mi cerebro, del tamaño de un guisante, me recuerda que esto es una universidad.

Que hay estudiantes por todo el campus. Que no todo el mundo entre estas paredes es un acosador.

Una figura aparece en el camino principal y doy un traspié hacia atrás. Mi caja torácica me parece demasiado pequeña, una jaula opresiva que no permite que mis pulmones se expandan.

No es un acosador.

No es un estudiante cabreado.

Es peor.

Es Alex.

Mi cerebro le pide a mis pies que se den la vuelta y salgan corriendo, pero ellos se niegan amablemente.

Me quedo ahí plantada, abriendo y cerrando la boca como si algo bueno pudiera salir de ella si sigo intentándolo.

Los cientos de cosas que quiero decirle han subido todas a la vez, formando una masa gelatinosa que me obstruye la garganta.

Tiene las botas negras cubiertas de nieve, pero, por lo demás, va impecable.

Camisa planchada, pantalones de traje apretados, el pelo húmedo con la raya en medio.

La punta del cigarro brilla en sus labios, su mirada es agonizante.

No se mueve, no habla, como un cazador desesperado por no espantar a su presa.

No sé por qué, pero creía que estaría cambiado.

Más amenazador, más alto, más grande, más mayor.

El CEO del que hablaban en las noticias parecía una bestia que nada tenía que ver con el chico que se pasó el día después de Navidad colgando luces en un coche de alquiler para que yo pudiera vivir mi primera Navidad en años.

Pero parece... Alex.

Abre la boca para hablar, pero no puedo soportar oírlo. No hay nada que pueda decirme que logre aliviar el dolor de estos últimos meses. Niego con la cabeza, desesperada por hundirme en el silencio por primera vez en mi vida. No estoy preparada para lo mucho que me va a doler oír su voz.

Sea lo que sea que quiera decir, no estoy lista para escucharlo. Solo espero que no sea alguna estupidez como un «hola».