Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 5. Ophelia
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Capítulo 5. Ophelia

Pago sesenta libras por una consulta a distancia con una médica de familia privada, pues me salía más barato que hacer el trayecto de cuarenta minutos hasta el centro de salud más cercano, a causa de mi insomnio, solo para que me dijera que lo que necesitaba era dormir un poco más.

Así que, con esa inestimable sabiduría enganchada cuidadosamente bajo el brazo, me salté mi última clase del día para volver a mi habitación e irme a la cama temprano.

Y, como era de esperar, llevo seis horas dando vueltas.

Las ventanas no son lo bastante buenas como para impedir que la brisa se cuele por el marco, el crujido de la nieve y la grava al pisarla es demasiado fuerte como para dejarme dormir.

La cabeza me da tantas vueltas que parece estar a punto de despegar, como el helicóptero del personal que no ha volado ni una sola vez desde que Alex fue nombrado CEO de Green Aviation.

Al final, acabo sacando el móvil de debajo de la almohada, donde descansa junto al cuchillo, y abro la conversación con el contacto más reciente de mi agenda.

Mack Gracias por tu tiempo.

Mack Voy a intentar rastrear los mensajes para ver si coinciden con alguna de las informaciones que tengo sobre Cain.

Mack Mientras tanto, Brendan está investigando la filtración del artículo. Si eres tú la responsable, ahora sería un gran momento para confesarlo. Le ahorraría mucho tiempo.

Envío la que se ha convertido en mi nueva respuesta favorita.

Ophelia No fui yo.

Me preguntó lo mismo cuando estuvo aquí y hablamos con un café humeante entre las manos en el rincón más oscuro de la biblioteca Nightshade, donde no alcanza la luz de las lámparas y las velas.

Y, como de costumbre, vi cómo me devolvía una mirada de incredulidad cuando lo miré a los ojos y le dije que no había sido yo.

Pero ¿quién fue? Esa es la pregunta que realmente me desconcierta.

Me siento como el trimestre pasado: dudo de mis amigas, de los desconocidos y de cada acto de bondad con el que me cruzo. Lo más probable es que sea esto lo que esa persona quiere, que mis nuevas conexiones se desgasten por la sospecha, que me aísle. Que me convierta en alguien fácil de alcanzar.

Hay algo que se me escapa. Otra vez.

Mientras miro los mensajes de Mack, me llega otro. Es un número de teléfono.

Mack Es el nuevo número de Alex, por si lo necesitas. Me dijo que podía pasártelo.

«¿Qué?».

Me incorporo en la cama de golpe y el edredón se me baja hasta el vientre.

«¿Qué?».

Me he pasado la primera mitad del año intentando superarlo con todas mis fuerzas, intentando recuperar mi vida... ¿y ahora esto?

«¿Me está pidiendo que le escriba?».

Ni una sola señal de vida durante un mes y medio y ahora... «aquí tienes mi número, Ophelia», como una especie de representante de atención al cliente. «Por favor, no dudes en ponerte en contacto conmigo si tienes algún problema».

—Hola, sí, mi novio desapareció sin decir ni una sola palabra. Me gustaría solicitar un reembolso —mascullo mientras bloqueo el móvil sin guardar el número.

Me duelen los pulmones. La barrera que creía haber levantado contra el silencio cortante de Alex se desmorona. La ira rejuvenece mi mente cansada, la sangre me corre por las venas casi como un zumbido audible bajo el edredón.

«¿Por qué me ha dado su número?».

Lanzo el teléfono a los pies de la cama antes de hacer algo tan estúpido como escribirle.

El silencio desciende sobre el valle, una pausa en el viento ofrece un breve respiro del silbido y del susurro que serpentean entre los árboles. Por algún motivo, es peor que el ruido.

La soledad es como una presencia física en mi vida. Una persona más que un sentimiento. Sin rostro, sin nombre, de espaldas a mí. Burlándose y atormentándome, riéndose de mí cada vez que tengo que cenar sola.

Creo que, como de costumbre, fui demasiado ingenua al pensar que mi vida cambiaría una vez que tuviera amigos.

Los amigos eran una panacea, una gran esfera brillante y reluciente que, si lograra alcanzar, convertiría toda la desgracia de mi vida en oro.

El enorme abismo que me dejó la muerte de mis padres se encogería y el silencio dejaría de doler.

Sin embargo, ahora que cuento con algunos, eso no ha pasado.

Al incorporar amigas a mi vida he logrado llenar un vacío distinto, ha adormecido un dolor distinto .

Mis amigas hacen que las mañanas se me pasen más rápido, llenan las tardes de ruido y risas, pero cuando la noche ha despojado el día de su color y el día ha despojado la determinación de mis huesos, el pasado continúa devorándome.

Acaricio el llavero de la suerte que me regaló mi padre cuando cumplí doce años. En realidad, es una ficha del tamaño de una moneda que se usa para desbloquear los carritos de los supermercados, pero dudo que él lo supiera. Solo le gustaba el hecho de que fuera naranja.

Le encantaba el pelo de mi madre, siempre decía que fue la razón por la que se enamoró de ella a primera vista. Creo que esa es la razón por la que yo no odio el mío. Me cuesta buscar defectos en mi reflejo cuando es la combinación de las dos personas que más he querido en este mundo.

Me sobresalto, el llavero se me cae de la mano cuando resuenan unos pasos junto a mi puerta. Espero a que se alejen, espero a que el chico del pasillo cierre la puerta de su habitación, pero todo se sume en el silencio.

Contengo la respiración, con el cuerpo completamente paralizado mientras observo dos formas negras que se detienen en la tenue franja de luz que se cuela bajo la puerta de mi dormitorio.

Nadie llama.

«¿He cerrado con llave? Dios, espero haber cerrado con llave».

Envuelvo los dedos alrededor del cuchillo y mi propia voz me sobresalta.

—¿Hola?

Me estremezco ante el roce de las sábanas mientras me levanto lentamente de la cama, avanzando en silencio por las baldosas con los pies descalzos. No me atrevo a respirar, mantengo la boca cerrada cuando rodeo la manija con la mano.

Con el corazón a punto de salírseme por la boca, cuento hasta tres y abro la puerta de golpe, con el cuchillo delante de mí, por si acaso.

Me encuentro... con nadie.

El pasillo está desierto, las sombras que se cuelan entre las puertas permanecen inmóviles.

La única señal de que no me estoy volviendo completamente loca son las dos huellas mojadas que se desvanecen a mis pies en cuestión de segundos.

Un golpe en la puerta de mi habitación me pega un susto de muerte.

Ya está. Ha llegado mi hora. Me van a asesinar. Probablemente.

Apenas he dormido en dos días. Me paso las noches tapando y destapando el pequeño hueco de debajo de mi puerta, incapaz de decidir entre «sí, me gustaría saber si hay alguien de pie junto a mi puerta» o «no, gracias, prefiero una muerte rápida y abrupta».

—Ophelia —canturrea Colette al otro lado de la madera nudosa—, te traemos picoteo y planes.

—Estoy ocupada.

La voz de Divya llega después.

—Estar sentada en la cama envuelta en una toalla mientras te arrancas los pelos de la barriga no cuenta como estar ocupada.

Dios, ¿tan predecible me he vuelto?

—¡Grosera! —grito antes de lanzar las pinzas de depilar al fondo del cajón.

Me pongo una sudadera y abro la puerta.

«Proyecto Feli».

Las letras están escritas a mano con la característica caligrafía curvada de Colette en una pizarra que sostiene Divya.

Colette termina de dibujar un pequeño corazón sobre la I y Magda dibuja brillitos a su alrededor con tiza amarilla. Menudo espectáculo están montando las tres en este oscuro y polvoriento pasillo.

Magda explota el globo que hace con el chicle mientras entran todas en fila.

—Esto es allanamiento de morada —declaro cuando Colette se quita sus botas peludas y se lanza sobre mi cama.

—¿Un delincuente traería galletas?

—Si estuviera intentando convencerme de que no es un allanamiento..., probablemente.

—Hay demasiada nieve como para hacer algo fuera, han cancelado los partidos de rugby y hockey, las carreteras están intransitables, la luz va y viene, y nos estamos aburriendo como una ostra.

Colette cuelga la pizarra de un clavo oxidado entre dos piedras que se desmoronan.

—Por lo tanto, damos comienzo al Proyecto Feli.

Magda se estremece antes de apartarse de las enormes telarañas que cubren el aplique roto de mi pared.

—¿Y no podemos hacerlo en otro lado? Odio este sitio con toda mi alma.

No la culpo. La mansión Nightshade es aterradora, sobre todo en esta época del año. Llevamos todo el día sin luz.

—Proyecto Feli —repite Divya, quien nos mira como una profesora que acaba de pillar a dos estudiantes hablando. Saca un puntero láser del bolsillo. Contengo la risa, pero se me encoge el corazón.

Me quieren.

—Tenemos tres objetivos principales —explica Colette, dibujando viñetas en forma de corazón mientras Magda le lanza una almohada a Divya por apuntarle con el láser en el ojo—. Minicambio de imagen para el Baile de Invierno.

—No voy a ir.

—Vamos a ir todas. Renovación de armario... dentro del presupuesto. Asesinar a Cain Green.

Se me escapa una carcajada cuando Magda dibuja una línea ondulada y un destello debajo del último punto.

Magda le arrebata la tiza rosa a Colette y garabatea una cuarta frase de forma desordenada: «Encontrar un clavo que saque otro clavo».

—Ni de coña. —Por múltiples razones: todavía me duele el corazón. Nadie le llegaría a Alex a la suela de los zapatos. Me he bajado del barco de los hombres.

Un pensamiento desagradable e inoportuno se me viene a la mente: ¿habrá encontrado él a alguien para olvidarme?

La idea de que Alex se comporte con otra persona como lo hizo conmigo...

Las palabras susurradas en francés, el contacto visual, cómo se pasa la lengua por el labio inferior, la forma en la que suena mi nombre en su boca cuando se corre, como una súplica desesperada.

Me entran ganas de vomitar.

Mis amigas deben de percibir que se me cambia la cara, porque Colette me empuja con delicadeza hasta sentarme en la cama.

—Está bien, descartamos la idea del clavo. No tienes que cumplir esa.