Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 4. Alex #3
23%

Capítulo 4. Alex #3

—¿Cuándo se la hicieron?

—Ayer.

Paso la mirada del suave resplandor que emana de la ventana del dormitorio de Fleur a la silueta de Mia, que se cepilla el pelo en el suyo. Siento que, por mucho que lo intente, soy incapaz de dar más de mí para proteger a todos los que me importan.

Elegí a las niñas por encima de Ophelia, elegí a mi familia por encima de ella. Es una decisión que siempre supe que tendría que tomar, es la decisión correcta. Sin embargo, no puedo evitar pensar en cómo se siente Ophelia. Abandonada, como siempre lo ha estado.

«Joder».

Saco un cigarro del paquete de tabaco y lo enciendo.

—¿Y me estás diciendo que justamente tú no puedes rastrearla?

—Puedo rastrearla, pero no sirve de nada. Como bien sabrás, la hicieron en Sorrowsong —responde, como si hablara con un niño de tres años.

—¿Y la enviaron desde Nueva York?

—También se envió desde Sorrowsong.

—Por lo tanto, u Ophelia se ha ganado un nuevo enemigo, o...

—O tu padre ha logrado llegar a Escocia para castigarla por ese artículo. ¿Crees que lo haría?

Abro la boca para preguntarle cómo es posible que cruce de un continente a otro con una orden de arresto internacional, pero no me molesto. Tiene infinidad de contactos en la industria de la aviación y una riqueza inagotable, tanto en efectivo como en bancos privados.

¿Lo haría? Es una buena pregunta. Intento ponerme en los zapatos de mi padre, imaginarme que soy un hombre a la fuga sin nada que perder.

—No lo sé. Para él, es una donnadie.

Ophelia perdió mucho cuando ese artículo salió a la luz y yo, visto desde fuera, gané. Heredé una empresa que no tenía derecho a heredar, me gané el favor de los medios, me libré del padre que nunca me cayó bien. Imagino que mi padre me odia más que a nadie ahora mismo.

—Creo que, de castigar a alguien, Cain me castigaría a mí.

—Mack piensa igual. Cree que tu padre está esperando el momento perfecto para acorralarte. Tal vez todavía crea que puede recuperar su vida.

El miedo me baja por la espalda, demasiado caliente, demasiado pegajoso. No me asusta lo que tenga planeado para mí, pero si una de las niñas se viera envuelta en el fuego cruzado...

Me estremezco. La siguiente calada al cigarro es como un fuego ardiente bajo mi piel helada.

—Tengo que ir a verla.

—Creo que tu equipo no está muy a favor de esa idea.

Lo que se oculta detrás de su comentario despierta una rabia visceral, ardiente y volátil en mi pecho.

—No vamos a arrojar a Ophelia a los leones por lo que le pasó a Bancroft.

—Si Rocco ha hecho un buen trabajo, no hará falta, siempre que logremos silenciar a quien sea que le esté enviando los mensajes antes de que filtre la foto.

—Se filtre o no, eso no va a pasar —replico con dureza—. Si le cae un cargo de homicidio involuntario, a mí también.

—¿Tú te estás oyendo? Tienes una familia.

Puede que para él suene ridículo, pero, para mí, no hay debate. No utilizaré a Ophelia de esa forma. Mi padre usó la muerte de sus padres para encubrir las pruebas de su aventura. Yo no usaré su vida para encubrir las pruebas de un asesinato.

—Déjalo.

—Vale, vale —responde, a la defensiva.

—Voy a ir a verla —sentencio en la noche despejada, más para mí mismo que para Brendan.

Como si me estuviera dando un discursito motivador.

«Todo saldrá de perlas, Alex. Ophelia estará encantada de que te presentes allí sin avisar y desde luego que no te echará una bronca monumental en cuanto te vea».

Lo único que recibo como respuesta es un suspiro.

—De todas formas, hay una conferencia de aviación en Londres este fin de semana.

—No me digas —añade, y creo que está convencido de que me falta un tornillo—.

Qué maravilla. A mí también me encanta hacer un desvío de once horas cuando estoy de viaje por trabajo.

Hazme el favor y asegúrate de que tu viaje a Escocia no quede registrado en ningún sistema electrónico.

No vueles a Inverness. Te alquilaré un coche en Londres bajo un alias.

—Hecho —digo—. Y sí, mi hermana de siete años también cree que cada vez le echan menos malvaviscos.

—Lo sabía, joder —masculla antes de colgar, como si acabara de resolver el mayor misterio de su carrera.

Con el frío de febrero de Nueva York abriéndose paso a mordiscos a través de la tela fina de mi camiseta deportiva, abro mis mensajes y le pido a Jacqueline que me reserve los vuelos.

Voy a volver a ver a Ophelia.

Debería escribirle primero. Darle algún tipo de aviso.

Mis dedos se quedan suspendidos sobre el teclado, el cigarro colgando entre los labios.

«Hola». No, ni de coña. «Ey». Peor todavía.

«Tenemos que hablar». Dios mío, no. Ni que estuviera a punto de pedirle el divorcio.

«Voy para allá». Empiezo a aporrear la tecla de borrar, recordándome que el objetivo no es que me ponga una orden de alejamiento.

Por encima del miedo que se me clava hasta la médula de los huesos, un extraño cosquilleo de emoción me recorre la piel, y cuando dejo que el sueño me reclame esa noche, por primera vez en mucho tiempo, tengo ganas de despertarme.