Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 4. Alex #2
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Capítulo 4. Alex #2

—Acabará apareciendo, Alex. Sacará dinero en algún cajero, alquilará un coche, echará gasolina, comerá. Aparecerá, y lo atraparemos en cuanto lo haga. Habla con tus abogados sobre lo de si llamar a Ophelia es una mala idea o no.

Cuelgo y entierro el rostro en las manos.

Giro la silla para mirar la ciudad bulliciosa que se extiende a mis pies en un intento de controlar mi respiración acelerada.

Se me está juntando todo. Es demasiado y, a la vez, no es suficiente.

No puedo quitarme de encima la sensación de que Ophelia está en peligro, de que alguien más va tras ella.

El sonido de mi portátil me avisa de que la siguiente reunión ya ha comenzado, pero siento como si tuviera el pecho envuelto en cadenas.

Bajo la mirada a mis manos temblorosas e intento contarme los dedos mientras el pánico hunde sus garras en mi garganta. No puedo respirar. Casi se me cae el móvil cuando marco el número de Harwood con dedos trémulos. Contesta al tercer tono.

—No puedo respirar. No voy a llegar vivo a la comida.

—Claro que sí. Puedes y lo harás.

—No puedo respirar.

—Es un ataque de pánico, Alex.

Una punzada fría de terror me atraviesa.

—Esta vez no. Es peor. No puedo respirar. No puedo.

—¿Qué ha pasado?

No puedo hacerlo. No puedo sobrevivir a los próximos treinta segundos. Siento cómo el corazón me late en la garganta, pegajoso, obstruyéndome las vías respiratorias.

—No está en ninguna parte. No está en ninguna puta parte, joder. Pero aparecerá, y entonces les hará daño a todas cuando lo haga. Y Mack... Mack vio a Ophelia y...

Y yo no estoy allí para abrazarla, para acompañarla a sus clases. No puedo mantenerla a salvo.

—Alex, para. Bien, de acuerdo. Ahora respira. Respira.

Consigo tomar una vaga bocanada de aire.

—Mack visitó a Ophelia, y ella recibió un mensaje anónimo, y es... una foto nuestra. Una foto mala . Y podría suponer su fin.

—Ophelia es más fuerte de lo que crees. Sabe valerse por sí misma. Háblame de la foto en la comida. Tengo otra cita en dos minutos.

La pequeña grieta que se apodera de mi tono me da asco.

—No voy a llegar a la comida.

Percibo la sonrisa en su voz cuando vuelve a hablar.

—Háblame de ello en la comida.

Se me escapa un pequeño resoplido incrédulo entre dos respiraciones irregulares.

—A veces me caes mal.

Su risa es sincera.

—Sobrevive hasta la comida, Alex. Hablamos luego. Y pídele a Jacqueline descafeinado lo que queda de día.

Cuelgo, exhalando lentamente por las mejillas, dibujando líneas al azar en mi cuaderno.

Poco a poco, mi frecuencia cardiaca disminuye.

Esta situación es ridícula: yo, con veintitrés años, ocupando el escritorio de un CEO sin tener ni idea de lo que estoy haciendo y con una aplastante angustia existencial.

Me concentro en respirar durante un rato más mientras dibujo un petirrojo en la esquina de una hoja hasta calmarme lo suficiente como para unirme a la llamada. Enciendo la cámara e intento adecentarme el pelo alborotado.

—Lamento el retraso.

Estoy en la cinta de correr a las once de la noche con Mia zampándose una bolsa de patatas fritas a mi lado cuando masculla algo. Bajo la velocidad de la cinta hasta dejarla en un trote.

—¿Qué?

—¿Quién es Brendan?

Pulso el botón de parar.

—¿Por qué?

—Tienes dos llamadas perdidas de Brendan. ¿Tienes novio?

Una inquietante sensación de alarma me eriza la nuca. Por lo tarde que es y porque es Brendan quien me llama y no Mack, sé que debe de tratarse de algo serio. Le rezo a un dios en el que nunca he creído para que Ophelia esté ilesa. Cojo mi botella de agua y el móvil que está junto a mi hermana.

—Tengo que devolverle la llamada.

—¿Es algo de trabajo? —me pregunta, y me ofrece la bolsa de patatas.

Rechazo la bolsa mientras intento recuperar el aliento.

—Vete a la cama, M.

Cruzo las puertas de la cocina en dirección al jardín y recorro el pequeño espacio de un lado a otro mientras el teléfono suena y suena. Es insoportable. Lo llamo por quinta vez, pasándome una mano por el pelo. Le mando un mensaje a Belladonna preguntándole si sabe si Ophelia se encuentra bien.

Belladona Olvídala, Alex. Es el equivalente humano al cartón mojado.

Genial.

Cuando Brendan me lo coge, casi espero que le hayan disparado, que alguien lo esté reteniendo como rehén o algo así. Él siempre me contesta al momento. Cuando habla, su voz me llega amortiguada.

—Perdona, me estaba rellenando el bol de cereales. ¿Crees que cada vez le ponen menos malvaviscos a los Lucky Charms?

Hemos conseguido mandar gente a la luna y, aun así, todavía no somos capaces de pegarle un puñetazo a alguien a través de la línea telefónica. La ciencia está de capa caída.

—Tienes treinta y cinco tacos, Brendan. Más te vale que sea importante —gruño entre dientes—. ¿Se encuentra bien?

—¿Ophelia? Eso creo, sí. ¿Puedes ver mi pantalla?

Miro el móvil, donde Brendan ha empezado a compartirme una foto. Está borrosa, como si la cámara con la que la hubieran sacado estuviera cubierta de grasa, pero reconocería la inconfundible piscina climatizada de Sorrowsong en cualquier parte.

—Sí, la veo.

—Se la enviaron a Ophelia. Se lo acaba de decir a Mack.

Amplío la imagen en la pequeña pantalla y entonces comprendo por qué me la está enseñando. Ophelia está frente a la puerta de la piscina, mirando por encima del hombro, como si supiera que la están observando. A pesar de la pésima calidad de la foto, percibo la preocupación en su rostro.