Capítulo 4. Alex
[BORRADOR]
De: Alex Corbeau-Green
Para: Ophelia Winters
Asunto: Sudoku (nombre): por favor, enséñame
No entiendo por qué te gustan los sudokus.
Me están sacando de quicio.
Sabía que había empezado el día con el pie izquierdo cuando Josie, sin supervisión, se zampó seis tazones de cereales con malvaviscos para desayunar y luego procedió a vomitarlo todo de camino a la puerta.
Una vez la crisis estuvo controlada —le debo a Emily, la niñera, un día libre por ello—, conseguí plantarme en la oficina a las nueve a pesar del tráfico que trae consigo un lunes por la mañana en la ciudad.
Jacqueline ya me ha hecho llegar mi agenda semanal al correo para cuando me deslizo en la silla de mi escritorio.
Un café doble humea sobre el posavasos junto a mi portátil.
Le envío un mensaje rápido para darle las gracias y me aventuro al absoluto caos que es mi bandeja de correo tras un fin de semana ajetreado en casa.
Me suenan dos notificaciones justo a las nueve. Mi recordatorio diario, «No llames a Ophelia», aparece debajo de un mensaje de Harwood, igual de puntual que siempre.
Robert Harwood Buenos días. Hoy vuelvo a la ciudad. ¿Comemos?
Alex Me parece bien.
Me quedo mirando el recordatorio, fulminándolo con la mirada como si eso pudiera hacerlo desaparecer.
«No llames a Ophelia». Permanece en mi pantalla de bloqueo durante todo el día, tapándole los preciosos ojos marrones de la foto que le saqué en la parte trasera del Land Rover el día de Nochebuena.
Fue el primer mensaje que me enviaron mi abogada y el detective el día en el que todo se fue a la mierda.
No llames a Ophelia. Corta todo contacto con ella.
No incrimines más a tu familia. No le des a Green un motivo para demandarte por difamación, para sospechar que fuiste tú quien la ayudó a elaborar ese artículo.
Que no se os vea juntos, no hasta que todos los hilos de la vida de Bancroft hayan sido enterrados.
Dieciséis letras exasperantes que han hecho que todo esto sea solitario de cojones.
Mi primera llamada del día es con Mack y Brendan: los dos detectives privados que contraté para ayudar al FBI en la búsqueda de mi padre.
El malnacido tiene muchos contactos, así que necesito a dos personas que estén claramente de mi parte.
Ya hemos trabajado juntos en otras ocasiones para descubrir de dónde provenía la filtración del historial médico de mi madre a lo largo de los años.
Brendan aparece en la pantalla de mi portátil, con la capucha de la sudadera cubriéndole el pelo alborotado.
A través de sus gafas de medio centímetro de grosor, frunce el ceño ante la pantalla, lo que me indica que solo cuento con la mitad de su atención.
Con formación en ciberseguridad y un coeficiente intelectual con el que el resto de los mortales solo podemos soñar, se encarga de todo lo que puede hacerse desde detrás de un escritorio.
Dudo que Mack pudiera sentarse detrás de un escritorio ni aunque le apuntaran con un arma en la cabeza.
—Buenos días, Brendan.
Se sube las gafas por el puente de la nariz.
—Buenos días. Tenemos noticias. Esperaré a que Mack se conecte.
«Ah, sin problema. Yo esperaré mientras me da una crisis de ansiedad, tranqui».
—Genial.
Mack tarda una eternidad en aparecer, pero acaba uniéndose a la llamada desde su teléfono con los AirPods puestos.
—Adivina dónde estoy.
—¿De verdad quieres que lo adivine? Porque tengo otra llamada a las nueve y media.
Pone los ojos en blanco ante mi mal humor y gira la cámara hacia el aeropuerto vacío.
Se me corta la respiración, se me paralizan los dedos mientras escribo un correo en la otra mitad de la pantalla. La última vez que estuve en el aeropuerto de Inverness, los muros de mi universo se estaban desmoronando a mi alrededor.
La última vez que estuve allí, le dije a Harwood que no sobreviviría a ese día, que no podía más.
La última vez que estuve allí, Ophelia estaba allí, y yo me di la vuelta.
Creía que la distancia lo haría todo más fácil. Más fácil para mí si elegía vivir, más fácil para ella si elegía morir. Más fácil gestionar el tiempo entre mis hermanas y el trabajo. Pero no ha sido así.
La voz de Mack me trae de vuelta al presente.
—No eres nuestro cliente más hablador.
—¿Qué haces ahí? —Me enderezo en la silla al darme cuenta de lo que significa. La idea de que mi padre pueda estar en Escocia, en cualquier lugar cerca de Ophelia, hace que cierre las manos en puños sobre el escritorio—. ¿Está él allí?
—Bueno —empieza Mack, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no veinte minutos para contar esta historia—. Me fui de Sorrowsong esta mañana.
El estómago se me desploma y cae con un golpe seco en la planta baja, sesenta y dos pisos más abajo.
—¿Ella está bien?
—Recibió un mensaje en el aeropuerto el día que te fuiste.
Me estremezco ante las dos últimas palabras. No necesito que me lo recuerden.
—Me pediste que me mantuviera alejado de ella —escupo entre dientes.
—Y lo mantengo, dado que no quieres un asesinato en tu historial. Ni en el suyo, ya puestos.
—A nadie le importará que Bancroft haya desaparecido.
—Por favor, no le escribas a Ophelia, Alex. No te arriesgues a incriminarte.
—Los hombres de Rocco se han asegurado de dejar el lugar como una patena. Cualquier rastro de Bancroft —digital o físico— ha sido borrado.
—Ah, sobre eso. —Me suena el móvil. Es un correo de Brendan.
Elimínala en cuanto la abras. Ya me encargo yo de deshacerme de ella.
Desbloqueo el teléfono y abro la foto adjunta. Está borrosa, la han sacado con algún tipo de cámara de visión nocturna. Cuando me doy cuenta de lo que es, el resto de mis órganos internos se unen a mi estómago a más de doscientos metros más abajo.
—Joder. —Me paso las manos por el pelo e imagino lo que esto podría significar para las ocho mujeres que poseen cada célula de mi corazón.
Para Ophelia, la cárcel. Es el fin de todos los sueños que tanto merece alcanzar, los sueños que anhelo para ella. También sería el fin de mi madre, la gota que colmaría el vaso.
—Joder —repito al ampliar la imagen hacia el cuerpo moribundo de Bancroft frente a Ophelia y a mí.
Dejo el teléfono de nuevo sobre el escritorio.
—Joder.
Mack frunce los labios, como si lo estuviera disfrutando.
—Vaya, un joder triple. Esa es nueva.
—No tiene gracia, Mack. Tengo que cuidar a las niñas. Y Ophelia... esto no puede salir a la luz.
—No he podido vincular el mensaje con ninguno de los teléfonos de tu padre —interviene Brendan, más serio que su colega.
—¿Y un móvil prepago?
—Puede ser, pero no estoy seguro. No sé cómo podría conseguir uno tan pronto después de que el artículo se publicara.
—Podría. —Tenía cien teléfonos para cien crímenes—. Pero él no pudo sacar esa foto. Estaba en Nueva York esa semana.
Mi mente se convierte en un folioscopio: cientos de rostros distintos desfilan en una rápida sucesión.
Shawn parece la posibilidad más evidente.
O Carmichael, quizá. Puedo nombrar a más de un puñado de estudiantes de negocios y finanzas que ven a mi padre como a una especie de héroe y que harían cualquier cosa por él.
Mi pregunta de antes flota en el aire, sin respuesta. Ser consciente de lo que esto significa se me filtra bajo la frágil barrera de la piel, uniéndose al dolor, agotamiento y ansiedad que ya habitan allí. Ophelia está lidiando con otro acosador anónimo.
—¿Está bien?
—De una pieza, si es eso lo que preguntas. Aunque se la veía agotada.
«Mierda». Vuelvo a mirar el correo mientras intento imaginar el desgaste mental que le habrá supuesto ser conocedora de la existencia de esta foto. Mi presencia —la presencia de mi familia— en su vida es un absceso, y está infectando la totalidad de los tejidos sanos que la rodean.
—Tengo que hablar con ella.
—No es buena idea, no con esta foto en la ecuación.
Mi frustración está cerca de desbordarse.
—Ni que llamarla fuera a incriminarnos más que una foto en la que salimos al lado de un cadáver.
—No es tu mejor foto, eso está claro. Vamos a intentar rastrearla para borrarla de todas partes, pero, en caso de que se filtrara, se nos ha ocurrido una solución.
Podemos alegar que tú y Ophelia cortasteis días antes de esa noche, por lo que se te podría confundir con otra persona.
En mi opinión, la imagen no es lo suficientemente nítida como para incriminarte.
Algo hace clic en mi cerebro y, con ello, una ola ardiente de furia hace que me hierva la sangre. He estado demasiado ocupado como para llegar a entender la decisión de Mack y de mis abogados de alejarme tanto de Ophelia.
La quieren lejos de mí para que, llegado el momento, puedan arrojarla a los leones si es necesario.
Mack interpreta mi silencio como confusión o falta de confianza en su plan.
—Tú no tenías ningún motivo para acabar con Bancroft.
«Pero Ophelia tenía el motivo perfecto». No lo dice, pero resuena por mi despacho, ensordecedor. Ophelia buscaba venganza por la muerte de sus padres y eso la convierte en el chivo expiatorio perfecto para todos nuestros problemas.
—Ese no es nuestro enfoque. Me niego a tirar por ahí llegado el momento.
—Alex, una aerolínea, seis menores y la atención sanitaria de tu madre dependen de ti. Ophelia... con todos mis respetos, pero, si ella fuera a la cárcel...
Se me ponen los nudillos blancos. A mí me importaría. Para mí sería importante.
—Si fuera tú, no terminaría esa frase.
La frialdad de mi voz debe de hacer que se den cuenta de que sus trabajos están en juego, porque ambos desechan la idea por completo y no vuelven a mencionarla durante el resto de la llamada.
Las demás actualizaciones no son más que puro relleno para mantenerme conforme.
Casi encontramos esto, estamos a punto de aquello, esperamos hacer esto.
¿Por qué los mejores de los mejores tampoco son capaces de seguirle el rastro a mi padre?