Capítulo 3. Ophelia #4
Su tono es afilado y eficiente, como si le estuviera ayudando a completar su aburrida lista de tareas.
—Perfecto. Volaré esta misma noche.
La llamada se corta antes de que me dé tiempo a preguntarle nada más, dejándome tirada y tiritando en el sendero del bosque de regreso al castillo.
Un escalofrío me recorre la espalda y una nube blanca de vaho se materializa en el aire helado.
Cuando camino hacia mi clase en la torre más alta, siento el peso de unos ojos clavados en mi espalda durante todo el trayecto.
Una fuerte ráfaga de viento atraviesa el valle y hace vibrar la antigua ventana en su marco.
Una fina franja de la luz de la luna ilumina el polvo sobre las frías baldosas de mi dormitorio. Oigo las risas de algunos estudiantes fuera de la mansión, a pesar de que son más de las tres de la madrugada.
Estoy luchando contra el sueño. Es el pan de cada noche: me engaño a mí misma creyendo que soy una nueva raza de ser humano que simplemente no necesita descansar.
Puede que esté haciendo más amigas, que mi forma física mejore o que mis notas vuelvan a ser las de antes, pero mis pesadillas son peores que nunca. Hasta el punto de que el chico de enfrente ha presentado una queja por ruido.
Dormía mejor cuando Alex... da igual.
«¿Por qué se fue sin decir nada?».
Debería superarlo, pasar página, pensar en otra cosa, pero no puedo. Entiendo por qué se fue aquel día, entiendo por qué aceptó el puesto de CEO, entiendo por qué dejo la universidad; entiendo absolutamente todo menos una cosa.
«¿Por qué no se despertó y luchó por nosotros?».
No me puedo ni imaginar el estado mental en el que debió encontrarse aquella mañana.
Alex llevaba varios meses mucho mejor, pero lo había visto en su peor momento.
Esas noches esporádicas en las que me pedía que me fuera, en las que se sentía tan hundido que me decía que quizá nunca volvería a levantarse de la cama.
La depresión puede llegar a ser una enfermedad de lo más cruel. Aquel día, cuando miraba las noticias cada diez segundos, no era para enterarme de la muerte de su padre, sino de la suya.
Así que, como siempre hago a estas horas, cuando la mansión Nightshade aúlla y cruje bajo el viento polar, me permito buscar cualquier rastro de Alex que pueda encontrar.
Hace que todo parezca fácil. Me he visto todas sus ruedas de prensa, todos los vídeos borrosos de los paparazzi . Por Dios, que incluso pagué una suscripción mensual al Financial Times para leer un artículo sobre él.
Cuando te das cuenta de que es la tercera opinión de gestores de fondos de cobertura sobre el próximo trimestre que lees para sacar el máximo provecho a tu suscripción a un portal de noticias, sabes que te has pillado hasta las trancas.
Ya no puedo caer más bajo.
La historia de Instagram de Fleur es un selfi en el espejo con su nuevo novio. Si no estuviera intentando ser menos escéptica y juzgar menos a la gente, diría que parece un completo imbécil.
Sin embargo, lo estoy intentando, así que me lo ahorro.
Mia todavía me deja seguirla en su cuenta privada con cien seguidores, pero, al igual que sus otras cinco hermanas, lleva desaparecida de las redes desde hace un mes.
Estoy preocupada por él. Espero que haya empezado con los antidepresivos, que no haya dejado las sesiones con Harwood. Espero que no se esté exigiendo demasiado, aunque sé que lo está haciendo.
En la oscuridad espeluznante, me seco las lágrimas con rabia, sin llegar a darles la oportunidad de caer.
Estoy enfadada conmigo misma, frustrada porque, por más que intento volverme fuerte, sentir menos, seguir adelante...
no funciona. Me gustaría ser como Belladonna, pero seguro que es mucho más difícil de lo que parece.
Bloqueo el móvil y la habitación se sume en la oscuridad.
Cierro los ojos con fuerza para evitar que se acostumbren, para evitar ver la cama intacta de Sofia, las telarañas de las paredes, el cuchillo sobre la mesita de noche.
Con el frío amargo de una nevada nocturna filtrándose por las paredes, escondo la cabeza bajo las mantas e intento, intento, intento relajarme.
Pin.
La notificación de un mensaje resuena fuerte y clara en la habitación silenciosa.
No sé explicar el mal cuerpo que se me pone, la forma en la que ese «pin» suena mucho más amenazante que cualquiera de los que he recibido hoy.
La nota es demasiado aguda, estridente, demasiado desafinada.
Rebota contra las vigas deterioradas del techo y me cae de lleno en el estómago con un golpe nauseabundo.
Con un ojo entrecerrado, como si así pudiera mejorar algo, me arriesgo a mirar el mensaje.
Dejo que el teléfono caiga con un ruido estrepitoso sobre la mesilla y que mi cabeza se hunda de nuevo en la cama. No es pavor ni horror ni miedo lo que me atraviesa. Es exasperación. Un absoluto agotamiento que se lleva todas mis ganas de luchar.
«No puedo pasar por esto otra vez. No puedo soportarlo más».
Me doy la vuelta y entierro el rostro en la manta para no tener que ver la foto borrosa que me envía un número desconocido de mí saliendo de la piscina esta tarde.