Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 3. Ophelia #3
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Capítulo 3. Ophelia #3

Es la única en el vestuario, apenas iluminado, cuando salgo de las duchas con la sudadera a medio poner.

Unas taquillas industriales de hierro cubren una pared y unos bancos de roble, la otra.

El yeso manchado se está desprendiendo y deja ver el ladrillo gris de debajo.

Parece un escenario postapocalíptico, como un búnker de guerra.

Belladonna no me mira, está concentrada en guardar una toalla doblada en su mochila. El ambiente es incómodo mientras saco la bolsa de mi taquilla oxidada, a la espera de que me clave un cuchillo en la espalda.

—¿Cómo está?

Tardo un minuto en darme cuenta de que esas palabras han salido de mi boca. Esas palabras que con tanta fuerza he retenido, que me he tragado en cada oportunidad, se han escapado sin mi permiso.

Belladonna parece no dar crédito a lo que he dicho. Yo tampoco, la verdad.

—¿Cómo crees que está? —me espeta antes de recoger su bolsa con más fuerza de la necesaria.

No sé por qué su respuesta me atraviesa el estómago; no es ninguna sorpresa que Alex está sufriendo.

Sé lo enferma que está su madre, lo perdidas que están sus hermanas, lo pesado que debe de ser para él la desaparición de su padre y lo ocupado que debe de estar por culpa de Green.

He visto vídeos en redes sociales de Fleur despilfarrando dinero en tiendas de ropa, fumando fuera de bares en los que es demasiado joven para entrar, discutiendo en medio de la calle con su nuevo novio.

Haya sido de forma intencionada o no, es culpa mía.

—Se fue, Belladonna —respondo, pero no logro convencernos a ninguna de las dos—. Se fue sin decir ni una sola palabra.

Lo que pasó entre Alex y yo fue un desastre, una completa injusticia que no reflejaba lo que sentía por él, lo que había soñado para nuestro futuro.

Dejé que mis ganas de venganza tomaran el control de mi vida durante cuatro años.

Dejé que el dolor que sentía por la muerte de mis padres me impidiera hacer lo único que ellos siempre quisieron que hiciera: vivir.

Pero él les creyó. A los periódicos, a los medios. Las mentiras y el engaño. Le hice un hueco en mi corazón, pero se marchó.

Belladona está ahora delante de mí, tan cerca que nuestras narices casi se rozan. Es más alta, más corpulenta y fuerte. Los delicados tatuajes de enredaderas que le asoman por el cuello de la sudadera se tensan cuando aprieta la mandíbula.

—Se fue porque pusiste a seis niñas en una rueda implacable de atención mediática. ¿No se te pasó por la cabeza que su madre ya estaba lo bastante enferma?

—No. Fui. Yo. —Lo he dicho tantas veces que estoy convencida de que tengo las palabras grabadas en la lengua, teñidas en el alma.

Se le dilatan las fosas nasales, su mirada azul pálida es glacial. Estoy segura de que huele mi miedo. No dudo que Belladonna mataría —quizá incluso ya lo haya hecho— por aquellos a quienes quiere.

—Haznos un favor a todos y mantente alejada de él, Winters. No necesita más problemas.

Escupe la última palabra con tanta malicia, con tanta intención, que, a pesar de mis enormes esfuerzos por curtirme la piel durante las últimas semanas, me atraviesa como un cuchillo caliente a la mantequilla.

«Problemas». Eso es lo que cree que soy para Alex.

Se marcha sin darme tiempo a pensar una respuesta ingeniosa, gritándome por encima del hombro al salir:

—Separas demasiado las piernas en braza, por eso se te da de pena.

El portazo me sacude los huesos, me castañean los dientes cuando el viento se cuela por las ventanas agrietadas. Me hundo en el banco y dejo caer la cabeza con desesperación.

Un silencio pesado se instala en el vestuario, de esos que te hacen sentir que alguien te está observando.

Jugueteo torpemente con los cordones de las botas, apresurándome a cerrar la cremallera de mi bolsa.

Siempre que me encuentro aquí sola, se me dispara el pulso y noto como me retumba en la garganta.

Puede que Bancroft esté muerto, pero eso no impide que me sienta observada allá por donde voy, que escuche ramas romperse detrás de mí en el bosque o que perciba a alguien al otro lado de cada puerta.

Miro por encima del hombro cada vez que atravieso el sendero que conduce a la mansión Nightshade. Cierro la puerta de mi habitación con doble llave todas las noches y coloco la silla debajo de la manija.

Alguien nos sacó esa foto en el bosque. Estoy segura al noventa y nueve por ciento de que tuvo que ser Shawn. ¿Quién más podría estar siguiéndome? Ninguna otra persona del campus ha mostrado el más mínimo interés en mí.

Y ese noventa y nueve por ciento me basta...

hasta que llegan las primeras horas de la mañana, cuando la falta de sueño me vuelve paranoica y ese uno por ciento restante grita más fuerte que el resto.

Ya enterré a un acosador. Solo espero que mi silencio sea suficiente para frenar la ira de quien me haya enviado esa foto.

No me siento segura aquí, y tampoco me siento segura en casa de mis padres.

Resulta ridículo que, a pesar de la magnitud de los acontecimientos de los últimos meses —enamorarme, aprender a confiar, casi morir, acabar con Cain Green— no me sienta más segura que cuando llegué por primera vez a Sorrowsong el otoño pasado.

Me vibra el móvil dentro de la mochila mientras salgo de los vestuarios y dejo atrás la piscina. Se me enciende una peligrosa lucecita de esperanza al fondo de la mente.

«¿Será él?».

¿Quiero que sea él? Contengo la respiración mientras rebusco en la bolsa, pensando qué le diría. ¿Lo siento? ¿Por qué te fuiste? Estoy enfadada contigo. ¿Cómo está tu madre? Aprobé los exámenes que supuse que suspendería, superé mi mejor marca en estilo libre, algo que jamás creí que lograría.

«Pienso en ti todo el tiempo».

Se me pasan cientos de cosas por la cabeza cuando por fin encuentro el dispositivo entre envoltorios vacíos de barritas de cereales y bálsamos labiales.

No es él. Es un número desconocido.

Por el rabillo del ojo, veo moverse una sombra, lo que me hace dar un respingo. Sin embargo, no hay nada, solo un arbusto agitándose a causa del viento.

Cojo la llamada, pero no hablo, esperando con ansiedad mientras analizo cada uno de los huecos que hay entre los árboles.

Un acento estadounidense ronco rompe el silencio.

—¿La señorita Ophelia Winters?

—Al habla.

—Me llamo Mack, dirijo una agencia que trabaja para el señor Corbeau-Green y que se encarga de investigar la desaparición de su padre.

—Ah. —Hasta su nombre me duele—. Entiendo.

—¿Tendría tiempo para responder a un par de preguntas?

Miro por encima del hombro al oír pasos entre los árboles, pero no veo nada.

—Eh... vale. ¿Cómo sé que es usted... real?

—Puedo volar a Escocia mañana si lo prefiere. O puede venir a Nueva York.

—¡No! —Tomo una bocanada de aire temblorosa para intentar calmarme. Solo pensar en subirme a un avión hace que me suden las manos—. No, gracias. Me da miedo volar y no es necesario que venga hasta aquí.

—Puedo ponerla al teléfono con el señor Corbeau, si así se queda más tranquila.

Se instala un largo silencio en la llamada. Abro y cierro la boca como un pez. Me imagino una llamada breve, metida a la fuerza entre reuniones, seca y profesional. No estoy preparada para eso.

—No, no. Espere un momento.

Si le escribiera ahora a Belladonna, probablemente usaría su influencia para hacer que me explotara el móvil en la mano o algo similar. No sé en qué punto se encuentra mi relación con Vincenzo, pero sé que él no me mentiría.

Ophelia Winters ¿Conoces a un tal Mack?

Vincenzo Morello ¿El detective de Alex?

Ophelia Winters Es de fiar, entonces.

Vincenzo Morello Es uno de los mejores.

—Vale, de acuerdo —respondo, lo bastante calmada—. ¿Qué quiere saber?

Su voz me llega entrecortada por la mala cobertura.

—¿Ha visto, oído o recibido algo sospechoso desde que Cain Green desapareció?

Abro la boca para contarle lo del mensaje que recibí en el aeropuerto, pero la cierro enseguida cuando recuerdo lo que había en él.

Una foto en la que salimos Alex y yo, sucios y ensangrentados, de pie junto a un hombre moribundo en el bosque.

Si este tío trabaja con la policía, probablemente no sea la mejor idea.

Estaría dispuesta a morir enterrando esa foto si eso significara que esas niñas no perderían a otra figura paterna en sus vidas.

No obstante, ocultarle la verdad a Alex es algo que estoy intentando dejar atrás.

—Creo... creo que necesito hablar primero con Alex.

—Es libre de decir lo que quiera sin sentirse juzgada.

Ya, claro, pero no es lo mismo juzgar a alguien por robar una galleta en una panadería cuando tenía nueve años que por apuñalar a su profesor y escupir sobre su cadáver.

—Recibí un mensaje de alguien.

Cierro la boca antes de decir nada más.

—¿Y eso fue antes o después de que Alex enterrara a su acosador?

Oh . Bueno, eso aclara las cosas.

—Yo... usted...

—No tengo el más mínimo interés en meterla entre rejas, señorita Winters. Lo que de verdad me interesa es mantenerla a usted y a las hermanas de Alex a salvo.

—Fue después. Fue el día que publicaron el artículo. Tenía... tenía una foto.

—¿Le escribieron a su teléfono personal?

—Sí, es el único que tengo.

—¿Está libre mañana? Me gustaría echarle un vistazo a su móvil para ver qué puedo sacar del mensaje.

Hundo la punta de la bota en el barro húmedo bajo mis pies, desesperada por dejar todo esto atrás. Dejar atrás a Bancroft, a Cain, a Sorrowsong.

—Estoy libre.