Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 3. Ophelia #2
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Capítulo 3. Ophelia #2

Luego murió. Y la natación competitiva perdió su encanto.

Los dos rostros que siempre buscaba cuando me encontraba junto al borde de la piscina, cariñosos y tranquilizadores, ya no estaban allí.

Las noches de hamburguesa y película para celebrar una nueva marca personal se convirtieron en un recuerdo tan lejano que me costaba creer que alguna vez hubiera sido real.

Las tablas de cortar se llenaron de polvo, los estantes de la nevera permanecieron vacíos y mi equipación escolar de natación nunca volvió a salir de la bolsa.

Pero nunca dejé de nadar. Puede que cambiara la piscina por lagos y ríos, que perdiera el cronómetro y la pasión, pero nunca lo dejé. Era lo único que me hacía sentir cerca de ellos. Lo único que adormecía la herida dentada que me dejó su ausencia.

Sin embargo, ahora no estoy segura de querer sentirme cerca de mi madre. Su aventura con Bancroft es una traición despiadada hacia mi padre, que a su vez es una traición hacia mí, hacia cada Navidad, cumpleaños y noche de cine que compartimos juntos.

En estos momentos, mi vida es una cadena interminable de «no sé».

No sé quién era mi madre, tampoco sé si mi padre era conocedor de su infidelidad.

No sé por qué Alex se fue sin decir ni una palabra, no sé si volverá.

Tampoco sé si estoy enfadada con él o si simplemente tengo el corazón roto por un chico que permitió que su vida se convirtiera en el puente por el que otros caminan.

Y, en realidad, no sé por qué no le conté mi plan para desenmascarar a su padre, o que, al principio, mis intenciones por entablar una relación con él no eran sinceras.

Ahora rememoro todos esos momentos, todas las oportunidades que tuve para contárselo, todas las veces que pude haber borrado ese documento.

Supongo que no quería decepcionar a mis padres, renunciar a obtener algún tipo de justicia para ellos, sentir que los estaba cambiando por Alex.

Ahora los he perdido a los tres.

Colette resopla a mi lado, golpeando la pantalla del móvil con sus uñas color topo.

—Vincenzo es graciosísimo —suspira sin dejar de sonreír ante la cadena de mensajes azules y grises. Le devuelvo la sonrisa, pero no respondo. Vincenzo ya no me habla. Me avergüenza admitir que también lo echo de menos.

Salimos serpenteando del laberinto de túneles del ala este del castillo, una arcada mal iluminada nos escupe al exterior del valle.

Apenas pasa del mediodía, pero Sorrowsong está cubierto de nubes densas y pesadas que hacen que parezca que casi es de noche.

El aire húmedo huele a lluvia, aunque la tormenta parece estar amainando por fin.

Un par de rayos de sol se cuelan por los claros donde las nubes se afinan.

Colette guarda el teléfono en el bolsillo de su abrigo blanco y mullido y me lanza una mirada seria.

—Mi amor, si yo leyera y me creyera lo que dicen de mí personas que apenas me conocen, nunca saldría de la cama. Lo entiendo, para ti es algo nuevo. Es impactante. Horrible. Pero así es como funciona. Pasaremos de ellos.

—¿Crees que soy sosa?

—Creo que eres maravillosa.

—Pero ¿maravillosa en plan sosa? ¿Como unas patatas fritas saladas o como el pan blanco?

Se le ensancha la sonrisa mientras subimos por el sendero que conduce a la gran cúpula victoriana que envuelve la piscina.

—Creo que eres maravillosa como las rosas. Preciosa, pero que pincha.

«Joder».

—¿Lo dices porque llevo las piernas sin depilar?

Su risa es brillante, demasiado alegre para un lugar como este.

—Las mías también pinchan. Echo de menos a la chica que me depila.

Ni derritiendo todo el contenido del Museo Madame Tussauds conseguiría la suficiente cera como para arreglar el estado en el que se encuentran mis piernas.

—Oye —dice para cambiar de tema—, ¿no has recibido más mensajes anónimos?

Eso me agría el humor todavía más. Aún no sé quién me envió aquel mensaje en el aeropuerto.

La persona que más motivos podría tener es Cain, pero ¿de verdad perdería el tiempo conmigo?

No tengo ningún poder ni influencia. ¿Vin y Belladonna?

No es que les caiga muy bien últimamente, sobre todo a Belladonna, pero, aun así, dudo mucho que hayan sido ellos.

¿Los amigos de Shawn? Seguro que tampoco me tienen mucho aprecio.

Evito a Carmichael siempre que puedo, pero probablemente tenga una foto de mi cara en una diana.

Y siempre hay un par de estudiantes haciendo cosas sospechosas en el bosque por la noche. Cualquiera podría habernos visto.

Mis amigas y yo llevamos semanas intentando averiguar quién es mi remitente anónimo.

El lunes pasado se sentaron todas frente a las altas ventanas del torreón mientras yo daba vueltas por el patio durante una hora, como una mosca que no encuentra la salida.

Esperábamos pillar a alguien sacándome una foto, pero no hubo suerte.

Y cuando pillamos a Lettice Hartwick siguiéndome hasta la laguna hace unos días, creíamos haber resuelto el misterio, pero no, no era ella.

Lo cual me alegró bastante, porque que te acose alguien ya es bastante malo de por sí como para que encima lo haga alguien que se llama Lettice. Sería caer muy bajo, incluso para mí.

Habría acudido a la policía sin pensármelo dos veces de no ser porque en la imagen adjunta se nos veía a Alex y a mí enterrando un cuerpo.

Matamos a un hombre juntos. Lo enterramos juntos.

Y ahora me toca lidiar con las consecuencias de ello sola.

Puede que matar a alguien no signifique nada en el mundo de riqueza y poder en el que vive Alex, pero en mi mundo de bolsas de patatas fritas y medias con carreras, es suficiente como para no dejarme dormir por la noche.

Todos los días me abrazo las rodillas en el suelo del baño a primera hora de la mañana mientras intento justificar la muerte de un hombre con todas mis fuerzas, me froto los dedos hasta dejarlos en carne viva como si todavía los tuviera cubiertos de la tierra mojada del bosque y le suplico al universo que me borre de la memoria las cosas que presencié aquella noche.

Aquel hombre mató a mis padres por su obsesión enfermiza con mi madre, porque ella no quiso fugarse con él. Consiguió que Cain los hiciera desaparecer como pago por mantener en pie su imagen de hombre de familia.

Un vídeo de Cain acostándose con la secretaria de Carmichael. Ese fue el precio de la existencia de mis padres. Y, como consecuencia, el accidente de helicóptero se convirtió en el precio de la existencia de Bancroft.

Es esa forma de pensar, como si todo no fuera más que un conjunto de ecuaciones que hay que ajustar, lo que me asusta. Siento que Sorrowsong me está afectando demasiado, que está tejiendo sus primeros hilos de corrupción en mi conciencia.

«Todo el mundo tiene un límite en el que abandona su propia moralidad, Ophelia Winters, incluso usted».

Fue una de las primeras cosas que me dijo Carmichael, bajo la inquietante mirada de Achlys en mi primer día aquí. Supongo que alcancé ese límite antes de lo que pensaba.

—No, ningún mensaje más —suelto finalmente, antes de darme cuenta de que Colette ha dejado de caminar para observarme con gran preocupación.

Mi nuevo acosador me pidió que me «entregara» a él, pero si se trata de Cain, no tengo ni idea de dónde se encuentra y, si no lo es, no tengo ni idea de quién podría ser esta persona.

Así que decidí permanecer en silencio, rodeada de mis amigas.

Ahora que han pasado varias semanas, parece estar dando resultado.

No he vuelto a saber nada de ese número.

Si Cain quiere encontrarme, tendrá que presentarse en un campus universitario abarrotado de gente.

«Con Belladonna en él».

En la entrada oxidada, me cambio las botas de cuero desgastadas por las chanclas y me dirijo a la piscina, donde la susodicha heredera de la mafia se desliza por el agua a un ritmo que deja claro por qué es la capitana.

Un brazo tonificado y tatuado golpea el borde de los azulejos y sale a la superficie, quitándose el gorro y las gafas y fulminándonos con la mirada.

Aunque lograra sacar mi genio, y un genio es lo que necesitaría para conseguirlo, le seguiría teniendo miedo.

—A calentar —nos ladra, más a Colette que a mí.

Me ha dejado bien claro que cree que lo que le ocurrió a Alex fue culpa mía y no quiere saber nada de mí.

Puedo soportar el acoso online , las miradas despectivas, los gestos venenosos y las risitas cada vez que hago una pregunta en clase, pero cuando vienen de parte de alguien que esperaba que llegara a ser mi amiga, me duele muchísimo más.

El entrenamiento de natación es agotador.

Me quedo en la piscina después de que todos se hayan ido.

Largo tras largo con Belladonna gritándome.

Demasiado lenta, demasiado chapucera, demasiado tensa, demasiado relajada.

Steve, el entrenador oficial, no consigue meter baza.

Es un señor bajito y robusto con un chándal azul marino que refleja que se aferra a su juventud con la misma fuerza con la que se aferra a los pocos mechones de pelo que le quedan en la parte posterior de la cabeza.

Puede que sea la única persona que le tiene más miedo a Belladonna que yo.

Recorro los últimos cien metros impulsada únicamente por la frustración y el rencor. Un cántico decidido de «no llores no llores no llores» me resuena en la cabeza.

Milagrosamente, hago mi mejor tiempo del día.

Salgo del agua, golpeando los muslos contra el borde con un chapoteo húmedo al tiempo que mi mantra de «no llores» se convierte en «no vomites».

—Buen trabajo, Ophelia —me anima Steve, como si acabara de recordar que es el entrenador.

Belladonna se cruza de brazos.

—Si sigues nadando así, existe una pequeña posibilidad de que no lo pierdas todo esta temporada.

Viniendo de ella, es un gran cumplido, y me lo tomo como una victoria.