Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 3. Ophelia
13%

Capítulo 3. Ophelia

Acósame una vez y la culpa es tuya, acósame dos y, claramente, debo de ser tonta perdida.

O como quiera que sea el dicho.

No entiendo cómo me las he apañado para que me acosen dos veces en menos de un año.

Soy la clase de persona que tiene que motivarse frente al espejo para decirle al camarero que le sirvió la bebida equivocada.

Lloro con las películas para niños. ¿Cómo es posible que sea yo la que acaba con acosadores?

Belladonna le pegó un puñetazo a alguien que la miró raro en una fiesta la semana pasada y, que yo sepa, a ella no la están acosando.

Otro trueno resuena a través del castillo, arrastrándome de vuelta al presente.

Divya deja escapar un alarido que me revuelve el estómago y las copas sobre la barra dorada tintinean al compás de las luces parpadeantes.

Colette me lanza un cojín por encima de la cabeza, como si intentara rematarme.

Su amiga Magda deja escapar un suspiro melodioso.

Sus intentos para distraerme de los truenos están funcionando, pero probablemente no por las razones que ellas creen. Temo por mi vida, estoy demasiado asustada como para pensar en helicópteros mientras Colette me aprieta el terciopelo con más fuerza contra las orejas.

—¿Te encuentras mejor? —me pregunta, aunque su voz me llega amortiguada.

—¡No puedo respirar, joder! —exclamo.

—Uy, perdón. —Afloja la presión del cojín y tomo una bocanada de aire agradecida. Mi risa queda enterrada en la tela rígida.

Puede que el artículo que salió a la luz sobre la familia de Alex haya convertido gran parte de mi vida en un caos, pero también ha hecho que, las pocas amistades que tenía, se vuelvan aún más estrechas.

Divya y yo nos pasamos las tardes estudiando en la biblioteca en un silencio cómodo, y la mejor amiga de Colette, Magda, también se ha convertido en una de mis mejores amigas.

Después de que explotara la bomba entre Alex y yo, y de que se cargara esa cosa delicada que estábamos construyendo, hice lo único que siempre he sabido hacer: apartarme.

Aislarme. Privarme de cualquier conexión humana porque ¿cómo podría la soledad ser peor que el dolor de perder a alguien que creías que se quedaría?

Nunca dejo pasar una buena oportunidad para compadecerme, y vaya si lo hice.

Lloraba sobre mi tazón de cereales secos y escuchaba música triste solo para hacerme llorar aún más.

Me arrastraba por el suelo como una rata de cloaca naranja y repulsiva para recoger los aperitivos que Divya me dejaba junto a la puerta porque me negaba a dejarla pasar. Esa clase de autocompasión.

Pero mis nuevas amigas no se dejan disuadir con tanta facilidad, por lo que cuando Colette consiguió colar su bota de mil dólares por la puerta antes de que me diera tiempo a cerrarla al cuarto día, supe que ya no había vuelta atrás.

Tras una comida nutritiva y una charla motivacional, le conté todo a mis amigas.

Les hablé de mis padres, de Bancroft, de Cain Green.

Les expliqué por qué soy incapaz de subirme a un avión, por qué el sonido del helicóptero me aterroriza y por qué los truenos que retumban sobre el valle me hacen pensar en la muerte de mis padres.

Les reconocí que la marcha de Alex me dolía tanto que dudaba de que fuera capaz de sobrevivir a ella.

Cuando acabé, las tres estaban llorando a moco tendido conmigo.

Y desde entonces, cuando el primer relámpago ilumina los muros en ruinas y los secretos enterrados de Sorrowsong, aparecen en la puerta de mi habitación cargadas de mantas y comida.

Lo cual, cuando estás tan familiarizada como nosotras con las alertas de tormenta de las Tierras Altas de Escocia y los vientos ululantes, es una dedicación absoluta.

Cada carrera frenética desde los muros del castillo hasta la mansión parece una prueba mortal.

Y, aun así, creen que vale la pena hacer todo eso por mí.

Por primera vez en mi vida, me descubro rodeada de amistades incipientes, raíces delicadas que buscan su sitio en mi corazón roto y se deslizan por él hasta ocupar la más mínima grieta.

Me aterra echarlas a perder.

La ausencia de Alex me corroe el pecho día tras día, pero hay gente que vela por mí.

Estoy empezando a conocer el reflejo que me devuelve el espejo.

Estoy aprendiendo qué le gusta, qué le apasiona.

Estoy descubriendo sus inseguridades, sus sueños y todas las demás cosas que puso en pausa durante cinco años.

Veo el siguiente relámpago a través del cojín y, cuando Colette por fin me lo aparta de la cara, se ha ido la luz. Las lujosas cortinas color ámbar y el papel pintado art decó de los salones Cortinar quedan envueltos en la tenue luz de las velas.

—A tomar por culo este tiempo —murmuro al hundirme en el suave terciopelo del sofá con un suspiro pesado.

—A tomar por culo este tiempo —repiten las tres al unísono.

—Y a tomar por culo este grupo —añado, con el teléfono abierto en uno de los muchos grupos a los que me aconsejaron unirme porque «son una buena forma de hacer contactos», como si tener al hijo de un magnate del petróleo en marcación rápida fuera a servirme de algo.

Debido a lo bueno que está, a que la gente especula sobre lo mal que su padre lo trataba, a las diversas fotos que le han hecho los paparazzi mientras dejaba a sus hermanas en el colegio con pantalones cortos de rugby, y al rendimiento económico arrollador de Green, Alex se ha convertido en una especie de tesoro nacional en Sorrowsong.

Y a la gente le encanta hablar de ello, lo que, por desgracia, significa que todos me odian.

Empiezan a aparecer más mensajes en el grupo de primero de Sorrowsong.

Anabelle Young Al parecer, ha desaparecido un chico de segundo.

Lawrence Carlisle Pues que alguien le eché un ojo al disco duro de Ophelia Winters.

Rose Hanover Me parto. O debajo de su cama.

Lawrence Carlisle Seguro que lo tiene escondido en el maletero del coche junto a Sofía Ivanov.

Me sangra el interior de la mejilla de lo fuerte que me la muerdo. Quiero irrumpir en el auditorio y gritarles a todos, pero eso no hará que mejore la situación.

Tabby Jones Pero ¿creéis que puede permitirse un coche?

Gabriel Bristol Cuidado, Lawrence, que como la tía descubra tus trapos sucios, se los vende a la prensa.

Lawrence Carlisla Lo que sea por un puñado de dólares, ¿verdad @Ophelia Winters?

—Ophelia —me regaña Colette antes de arrebatarme el móvil para cerrar la aplicación—. Te va a tocar aprender a ignorar lo que dicen.

No puedo. Siento que el resto de los estudiantes se está montando una película sobre lo horrible que soy.

Que fui yo quien mató a mis padres, que le arruiné la vida a seis niñas o que ilusioné a Alex durante meses.

Y yo, esclava de mi propia curiosidad morbosa y de mi aparente necesidad de sufrir, no me he salido de ninguno de los grupos ni les he pedido que me dejen en paz.

—Uno de ellos dijo que soy sosa y sumisa. —No es lo peor que me han llamado ni de lejos, pero se me ha quedado grabado.

«Sumisa».

—A ver... —comienza Magda ladeando la cabeza de un lado a otro como si estuviera valorando si se trata de una apreciación acertada—. No es que seas la alegría de la huerta.

Colette le lanza el cojín a la cabeza.

—¡Magda!

—Tiene razón —añade Divya con la boca llena de palomitas—. Te falta ese toque de alegría. Siempre vas por ahí dando pisotones.

—¡Pues como Magda! —protesto, y señalo las pesadas botas de plataforma que lleva encima de las medias de rejilla. Digamos que su sentido de la moda se encuentra en algún punto entre una novia fantasma y Miércoles Addams, y siempre combina el eyeliner con las trenzas.

«¿Ves? Magda lo tiene todo bajo control. Claramente, yo no».

—Es parte de su encanto.

Ni siquiera intento discutirle lo de que tengo encanto. Sea lo que sea lo contrario del encanto, eso es lo que tengo.

Alex pensaba que yo tenía encanto. Alex me hacía sentir que lo tenía. Hasta que se fue sin ni siquiera darme la oportunidad de explicarme, claro.

Aparto ese pensamiento y me pongo de pie en la penumbra de la sala común de Cortinar.

Es sábado, así que hay estudiantes dispersos por toda la habitación, despatarrados en los sofás o estudiando en los escritorios vintage.

La cafetera dorada del fondo del salón tose y chisporrotea, liberando el rico aroma del café recién hecho.

Todavía me cabrea que no me pusieran en Cortinar.

Estiro los brazos por encima de la cabeza y cojo mi mochila de natación, ignorando las miradas de rencor que recibo por parte de estudiantes que me quieren muerta por traicionar a su príncipe del rugby de muslos como piedras y pelo alborotado.

—Bonito jersey —se burla el chico que está estudiando junto a la salida al clavar la vista en la prenda de mi padre sin disimular su cara de asco. Me ha dicho cosas peores esta semana, pero, aun así, la ira me burbujea en la garganta.

Le dedico una sonrisa dulce.

—Tienes diecinueve años, Hugo. Mejor preocúpate por tu principio de calvicie.

«En esa frente podría tocar una orquesta».

Me vuelvo hacia Colette y hago un gesto con la cabeza en dirección a la puerta.

—Vamos.

Se pone en pie con torpeza, con sus largas piernitas de cervatillo y el pelo rubio miel que le cae en grandes ondas sueltas alrededor del rostro.

Me fijo en cómo le brilla el labio inferior cuando hace un puchero que me dice que tiene las mismas ganas de ir a entrenar que yo.

Sin embargo, con mi escaso —por no decir inexistente— rendimiento de este primer trimestre, es todo un milagro que todavía no me hayan echado del equipo.

Mi relación con la natación, al igual que con el resto de cosas desde los acontecimientos de estos últimos meses, se ha vuelto bastante complicada.

Para mi madre, nadar era un pasatiempo. Algo que hacíamos juntas desde que yo empecé a flotar con manguitos naranjas hasta mis primeras fotos borrosas con medallas de plástico barato que salían en el periódico local.