Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 2. Alex #2
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Capítulo 2. Alex #2

—Vais a acabar conmigo. —Se recuesta de nuevo en el asiento—. De acuerdo. Trato hecho. Pero solo porque a Francesca le cae bien tu madre y a Vincenzo le caes bien tú.

No necesitaba su aprobación, pero la acepto de todos modos.

—¿Cómo está? —me pregunta.

—¿Ophelia?

Resopla.

—No, cabeza hueca. Tu madre. A mí me la suda la pelirroja depresiva esa.

—Sigue igual.

Traza una gráfica con la mano, arriba y abajo, arriba y abajo. Asiento. Es justo así. Altibajos constantes, cada vez con mayor volubilidad.

—Cuando a Francesca le pegaron un tiro en la espalda, pensé que mis hijos se quedarían sin madre. La idea de perderla me resultaba aterradora de cojones.

—¿Y? —digo, a la espera de su discursito inspirador. El «con el tiempo, será más fácil», o el «siempre estará en tu corazón».

Niega con la cabeza y lanza el resto del puro a la bandeja.

—Nada. Es una puta mierda, espantoso, y duele que te cagas. Nada de lo que te diga nadie, ninguna gilipollez de esas que la gente recicla porque la ve en un cartel de la pared de un baño lo arreglará. Tu madre se irá, y es una putada.

—Qué conversación más alegre para un martes por la mañana —ironizo, pero en realidad, agradezco su sinceridad. Todo el mundo se empeña en decirme que todo se volverá más fácil.

Me cuesta imaginar que eso llegue a ser cierto.

Es increíble lo rápido que se deterioran las cosas. Mi relación con mi padre, lo que fuera que tenía con Ophelia, la salud de mi madre. Hoy mi estado de ánimo no es la excepción.

Cuando acompañé a Rocco al ascensor justo antes de la hora de comer, me sentía animado; otra cosa tachada de la lista, un peso menos sobre los hombros. Pero aquí estoy, a las tres menos cuarto de la tarde, sin saber cómo voy a ser capaz de sobrevivir hasta las cinco.

No logro identificar el detonante. No ha ocurrido ningún evento catastrófico entre la salida de los zapatos Oxford pulidos de Rocco y este momento, pero un nubarrón gris se cierne de nuevo sobre mi cabeza, sumiendo en la oscuridad todos mis pensamientos.

Las gruesas gotas de lluvia se deslizan por los ventanales a mi espalda y tiñen las aceras de un intenso color carbón.

Justo en ese momento me vibra el móvil junto al teclado del portátil. «Robert Harwood». Lo cojo al primer tono.

—Robert.

—Alex. ¿Cómo estás?

Ni siquiera me molesto en responder. Ya sabe la respuesta.

—No se te da muy bien estar de vacaciones.

Casi puedo oír cómo sonríe.

—Siempre saco un hueco para hablar con mis clientes favoritos.

Ya, claro. Solo quiere asegurarse de que su cheque sigue respirando.

—Tus clientes más inestables.

Se ríe.

—Creo que te llevas el primer premio en ambas.

—¿Qué tal Lagos?

—Ajetreado. Húmedo. ¿Qué tal Nueva York?

Golpeo el bolígrafo contra el muslo. Sofocante. Deprimente. Helado. Gris. Solitario de cojones.

—Bien.

—Cuéntame más.

—Disfruta de tus vacaciones, Robert.

—Tengo tiempo. Es esto o tomar algo con mi tía abuela, así que te agradecería que siguieras hablando, la verdad.

Me encojo de hombros, aunque no puede verme. Miro por la ventana y me fijo en el tráfico que hay al fondo de la calle. Es inútil.

—Solo estoy cansado.

—¿Un mal día?

El dolor de cabeza me palpita en la base del cráneo.

El número de correos sin leer en mi pantalla aumenta.

Un taxi se come a un autobús en una intersección.

El semáforo se pone en verde para los peatones.

Una multitud echa a andar y me sorprendo recorriendo con la mirada cada uno de sus rostros en busca del cabello rubio canoso de mi padre.

Me pregunto, por millonésima vez, dónde estará.

—Solo cansado.

—Desmenucémoslo, entonces. ¿Estás estresado por el trabajo?

—No mucho. —Green me la suda bastante—. Me reuní con Rocco Morello esta mañana.

—Y todavía tienes la cabeza sobre los hombros. Todo un milagro.

Su comentario me arranca una pequeña sonrisa.

—Sí. Es solo que... —Me siento solo. Decirlo en voz alta me resulta ridículo.

Soy un hombre adulto con una gran familia.

Vincenzo está a un solo mensaje de distancia.

Tengo amigos en la ciudad. Pero estoy solo.

La soledad me roe los huesos en cuanto abro los ojos por la mañana.

Se posa sobre mis hombros mientras estoy sentado en el escritorio, llena el coche cuando conduzco de vuelta a casa.

Y cuando me meto en la cama por la noche, me aplasta tanto el pecho que apenas puedo respirar.

—La echo de menos. —Echo de menos a Vincenzo. Echo de menos mi tiempo libre. Echo de menos a mi madre. A mis esperanzas y sueños. Las palabras salen sin mi permiso, pero no son nuevas para Harwood—. Y me siento atrapado por mis hermanas.

—¿Atrapado en seguir con vida?

—Sí —susurro, aunque sé lo terrible que suena. Aun así, Harwood no me regaña. No me dice lo agradecido que debería sentirme por tener una familia. No me dice lo afortunado que soy por tener razones para seguir vivo.

Una especie de silencio comprensivo se instala entre nosotros durante un momento.

—Creo que es una forma muy válida de sentirte, Alex. No es ingratitud, si es eso lo que piensas. Hablaremos de ello cuando vaya a tu despacho la semana que viene. En realidad, te llamaba para saber si tenías noticias sobre tu padre.

El nubarrón gris me obstruye la garganta. Forzar las palabras es como caminar sobre sirope.

—Ninguna. Ha desaparecido de la faz de la tierra.

—¿Podría estar muerto?

—Es poco probable. —No es de los que caen sin hacer ruido ni de los que hacen las cosas a medias.

Dudo que se pegara un tiro a menos que supiera que la bala atravesaría a alguien más.

Ya puestos, matar dos pájaros de un tiro—.

Sueño que llega hasta mis hermanas y que yo estoy demasiado lejos para ayudarlas.

—Has contratado un equipo de seguridad extremadamente cualificado y, si reaparece, lo atraparán. Has hecho todo lo que has podido. Has hecho suficiente.

Tal vez. Tal vez no. Incluso con su tarjeta de crédito bloqueada, mi padre es lo bastante rico como para colarse entre las redes de la ley.

Lo bastante rico como para silenciar a gente, lo bastante rico como para comprar su libertad.

Tiene material suficiente como para chantajear a departamentos de policía, hospitales, aseguradoras, aerolíneas, multimillonarios, bandas criminales, a todo el mundo .

Su ausencia se cierne sobre mí, inquietante y amenazadora.

Un cuchillo que pende sobre mi cabeza atado a una cuerda deshilachada.

Tengo la sensación de que todos estamos manteniéndonos a flote a duras penas y que, bajo nosotros, en algún lugar, mi padre es un tiburón a la espera del momento perfecto para atacar.

Termino la llamada con Robert y le escribo a Mack, mi detective privado, y a Jordan, mi contacto en el FBI, para preguntarles si alguno de ellos tiene novedades.

Mack me responde de inmediato: «Nada». En la aplicación del móvil, compruebo las cámaras de seguridad de casa.

El salón está vacío, el sótano, el pasillo, el vestíbulo, la sala de juegos...

todo vacío. En la cocina veo a mi madre tomándose un café con el ama de llaves en la isla.

Todo está bien. Cierro la aplicación de seguridad y vuelvo al trabajo.

Una parte retorcida de mí desearía tener una cámara enfocando a Ophelia. Día y noche. En todas las habitaciones. La vería como si fuera mi programa de televisión favorito, la vería cuando no pudiera dormir.

Sin embargo, ya no es mía. Me ocultó la verdad y yo la dejé. Perdí el derecho a vigilarla, y ella perdió mi confianza.

Aun así, tengo la sensación de que la estaré observando durante el resto de mi vida.

Le pego un manotazo al teclado solo para dejar de ver mi reflejo en la pantalla del portátil e intento concentrarme en algo. Cualquier cosa que no sea ella.