Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 2. Alex
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Capítulo 2. Alex

[BORRADOR]

De: Alex Corbeau-Green

Para: Ophelia Winters

Asunto: Tortura (nombre): «acto de infligir grave dolor como castigo»

Anoche soñé con las pecas de tus muslos.

El café me escalda los labios cuando le doy un sorbo mientras desbloqueo el portátil. Justo como a mí me gusta.

La lluvia repiquetea contra la pared de cristal a mis espaldas, tiñendo la ciudad de un gris apagado.

Está oscuro gracias a un espeso manto de nubes negras y a una niebla densa que serpentea entre los rascacielos del bajo Manhattan.

Cuelgo mi llamada matutina con Luis y entro en la página web del campus de una escuela culinaria cercana.

Reservo una visita para dentro de un par de semanas para Mia y para mí.

Fleur siempre ha querido ser modelo, Evie sueña con acabar en Broadway desde que aprendió a caminar, a Josie se le ha metido entre ceja y ceja que quiere convertirse en Spider-Man, pero Mia nunca lo ha tenido claro.

Después de hacer una lista de pros y contras sobre ser enfermera, entrenadora personal, coach deportiva, ingeniera y atleta, suspiró apoyada en la isla de la cocina y dijo: «Ojalá pudiera pasarme el día cocinando».

«Chef, Mia. Quieres ser chef».

Idiota.

Quiero a todas mis hermanas por igual, pero Mia es con la que más relación de amistad tengo. La simple idea de que se vaya de casa y persiga su sueño de convertirse en chef me resulta aterradora, la echaría de menos. En mi cabeza sigue teniendo seis años.

Jacqueline me hace una llamada desde su escritorio, fuera de mi despacho.

—¿Señor Corbeau? El señor Morello está aquí.

—Que pase.

Rocco Morello es un armario. Recuerdo conocer a Vincenzo, el doble de grande que los niños de su edad, y luego ver a su padre al otro lado de la sala y pensar: «Ah, vale, ahora todo tiene sentido».

Pelo rapado, mirada vigilante, tatuajes hasta el cuello y una fea cicatriz que le cruza la frente.

Mide casi dos metros y tiene los hombros más anchos que una puerta. Cuando era niño me aterraba.

Pero ahora, aquí estamos, casi como iguales.

—Paso de esa basura instantánea. Tampoco quiero cápsulas ni bolsitas de café. Las bolsitas de café dan puto asco. Como el descafeinado. ¿Te queda claro? —ladra al entrar.

—Sí, señor Morello —responde Jacqueline con un hilo de voz.

Rocco cierra la puerta tras él, aislándonos en mi descomunal despacho. Pasa de largo el sofá y se deja caer en el sillón frente a mi escritorio.

—¿La sacaste de la cola del paro o qué? Esa mujer ni siquiera sabe usar un ordenador.

—Qué exagerado.

—Se le da de pena su trabajo.

—Como a mí.

A pesar de lo temprano que es, se enciende un puro y el humo oculta su mirada azul gélida. Se le han deformado los tatuajes de las manos con la edad, pero todavía se puede leer el nombre de su mujer en los nudillos.

—El Wall Street Journal no opina lo mismo.

Saco un cigarro del cajón del escritorio y me uno a él.

—Te agradezco que vigilaras a mis hermanas la semana en que explotó todo.

La sonrisa no le llega a los ojos. Se inclina hacia delante y las leves arrugas que le cubren la piel bronceada de la frente se profundizan.

—Tengo cuentas pendientes contigo, Corbeau. —Se le tensan los músculos inflados por esteroides de los hombros al tiempo que tamborilea los dedos entre sí—. Pusiste en peligro a mis hijos en Sorrowsong.

Niego con la cabeza antes de darle una calada al cigarro.

—No fue así.

—¿No?

—Yo no les pedí que hicieran nada.

—Mandaste a mi hija a cazar a un asesino en el bosque que rodea el castillo. Si no le hubieras dado un arma, ya te habría sacado los intestinos por la boca.

—Entonces estamos en paz por la limpieza que llevé a cabo con los Ivanov.

Cuando la compañera de habitación de Ophelia, la hija del implacable enemigo de Cain, apareció muerta en Sorrowsong el año pasado, Vincenzo parecía el culpable más evidente.

La tensión entre los Morello y los Ivanov viene de décadas atrás, y suele agravarse porque ambas familias se niegan a mandar a sus hijos a otro lugar que no sea Sorrowsong.

Hay demasiada gente influyente ahí dentro como para permitir que la otra familia tenga vía libre sobre los secretos y sociedades que se esconden entre esos muros en ruinas.

Por suerte, cuando llegué junto al acosador de Ophelia —un profesor de psicología patético y llorica—, todavía estaba lo bastante vivo como para confesar el asesinato. Los rusos tardaron tres días en entrar en razón, pero dejaron de intentar matar a Vincenzo.

En su mundo nunca se aburren, eso hay que reconocérselo.

Rocco resopla.

—Podría haberme encargado de los Ivanov yo solo.

—Con una matanza —replico.

La calavera que lleva tatuada en la mano se estira en una sonrisa desagradable cuando aprieta el puño.

—Sí, y con explosiones, probablemente. Vuelve a poner en riesgo la seguridad de mi hija y te mato.

—¿Alguna vez has intentado impedir que Belladonna haga algo?

Mi pregunta le arranca una sonrisa sincera.

Puede que Rocco Morello y Cain Green compartan muchas características, pero hay una en la que difieren: Rocco quiere a sus hijos con toda su alma.

Aunque desempeña el papel de capo de lujo, ser padre es su verdadero motor.

Su vida gira en torno a Belladonna y Vincenzo.

Lloró como un bebé en la fiesta del decimosexto cumpleaños de su hija.

A pesar de toda la riqueza y poder que posee, sé que no dudaría en cambiarlo por ellos llegado el momento.

Rocco me dio mi primer preservativo, me compró mi primera botella de whisky y me advirtió sobre qué mujeres evitar y en cuáles confiar. Después de mi primera ruptura, me llamó para hablar del tema. En muchos sentidos, fue más padre que Cain.

Es igual que Vincenzo: sus principios están veteados del oro más brillante y del negro más oscuro.

Se golpea las rodillas con las manos.

—¿A qué debo el placer de estar hoy aquí?

Exhalo una bocanada de humo por encima del escritorio.

—Un nuevo acuerdo.

—Te escucho.

—Se acabaron los asesinatos.

—Lo retiro, paso de escucharte.

—Ya os podéis ir buscando todos vosotros otro sicario. Si quieres ver a alguien muerto, encárgate tú.

Mi padre era maleable, se dejaba utilizar por cualquier criminal que estuviera dispuesto a pagarle más. Se montó su propio monopolio en el mercado de la aviación privada. Si alguien rico e importante volaba a cualquier parte, mi padre lo sabía.

Si Rocco Morello quería que alguien desapareciera de la faz de la tierra, mi padre lo hacía posible.

Lo arreglaba todo con una historia falsa y un acuerdo de confidencialidad.

«Sufrió un infarto justo antes del despegue, intentó secuestrar la aeronave y nos vimos obligados a dispararle, nunca llegó a subirse a ese avión».

Por el precio adecuado, Cain Green haría cualquier cosa.

Es un legado que no pienso continuar.

—Se. Acabaron. Los. Asesinatos.

—No te conviene tenerme de enemigo, Alex.

Es cierto, pero por primera vez, a él tampoco le convenía tenerme a mí de enemigo. Sea algo temporal o no, estoy igual de forrado que él. Tengo mejores contactos que él. Soy más respetado y de fiar que él. Tiene poder, pero yo también.

—No se me ocurre ninguna otra aerolínea que estuviera dispuesta a llevaros a ti y a tus hombres todo el día por ahí ni a desembolsar tanto dinero como Green para borrar vuestras huellas ante los rusos.

Él entrecierra los ojos.

—¿Por qué haces esto? ¿Por la chica?

—Por la chica.

—Te advertí sobre las mujeres —gruñe con crispación—. Lo joden todo.

—Estoy sacando la basura de Green. Ni siquiera debería asociarme contigo, Rocco, pero estoy dispuesto a continuar. No obstante, se acabaron los asesinatos.

—Pues me niego.

—No te estoy dando a elegir.

Suelta una risa burlona.

—No tienes nada contra mí.

Reprimo una sonrisa y miro el reloj que me abraza la muñeca: 9.01 p. m. Ya se debe de haber hecho pública la noticia. Tecleo una búsqueda rápida en mi teléfono, me pongo de pie y dejo el dispositivo sobre la mesa.

Green Aviation adquiere la firma de ciberseguridad Synx, con sede en Nueva York, en un acuerdo de 540 millones de dólares.

Synx cubre la huella digital de Rocco, encripta sus mensajes, oculta sus finanzas y esconde su negocio ilegal detrás del legítimo. Además, es una empresa muy rentable.

—Sería una pena que tu compañía de seguridad le entregase pruebas a los federales.

Rocco se pone del mismo color que las horribles cortinas amarillentas que dejó que su esposa colgara en la mansión Morello las navidades pasadas. Abre y cierra los puños sobre la costosa lana de sus pantalones de vestir.

—Estás perdiendo la cabeza por un culo con patas, Corbeau.

—Como vuelvas a llamarla así, te enteras. —Y menudo culo. No podría haber elegido uno mejor por el que perder la cabeza.

—Muestras demasiada lealtad por una chica que conspiró contra ti.

—¿Francesca no voló por los aires tu coche dos semanas antes de que te casaras?

Un cariñoso afecto se mezcla con el veneno de su mirada. Puede que Rocco y Francesca Morello sean la única razón por la que todavía creo en el amor verdadero.

—Esa mujer es dinamita pura y dura. En realidad, me hizo un favor. A ese coche ya le había llegado su hora.

—Como a mi padre.

Su bufido de diversión me indica que volvemos a estar en terreno seguro.

Sé que mantenía un acuerdo beneficioso con mi padre, pero nunca llegó a caerle bien, sobre todo por cómo trató a mi madre durante estos últimos años.

Sin embargo, de repente, estrella su enorme puño contra la mesa y maldice.

Rocco es un hombre que salta a la mínima.

Si Jacqueline entrara por esa puerta con un café instantáneo, ni Dios podría salvarla.

—No estás sacando la basura, coglione , me estás chantajeando, igual que él.

—Pero por las razones correctas. Por mis hermanas, por mi madre. Se acabaron los asesinatos, Rocco.

Cae un poco de ceniza gris sobre la bandeja de porcelana de la mesa; abre los ojos de par en par con exasperación maníaca. Sigo esperando que se abalance sobre mí y me parta el cuello. Es impredecible, quizá un poco inestable. Supongo que es algo esencial en este trabajo.