Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 1. Alex #4
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Capítulo 1. Alex #4

—Bueno, ya lo has hecho, ¿no? —Mira su reloj. Pasan de las nueve de la noche, es demasiado tarde para que una niña de siete años esté cenando—. ¿Otra vez cenando a las tantas? ¿Otro accionista al que apaciguar? ¿Otra reunión que se alarga?

—Fleur —la reprende Mia, golpeando los cubiertos contra la mesa—. Deberías alegrarte de que esté intentando mantener a la familia unida.

—Llega tarde a casa, pone a Green por delante. Eligió el precio de las acciones por encima de nosotras cuando más lo necesitábamos. Cuando podríamos haber muerto por culpa de nuestro propio padre, prefirió irse a la oficina de Nueva York. ¿Te suena?

La comida se me convierte en ceniza en la boca.

Pequeños fragmentos del monstruo que vive en mí se deslizan por mi torrente sanguíneo, pero, como siempre, se quedan ahí.

No podría desquitarme con ellas ni en broma, no puedo permitir que ese nubarrón negro invada el comedor y asfixie a mis hermanas. Así que dejo que me devore por dentro.

Necesito arreglar esto antes de que no quede nada de mí.

Estoy desesperado por levantarme de la mesa. Desesperado por salir hecho una furia, encerrarme en el despacho y darle la razón a Fleur. Pero no lo hago. Me quedo y escucho cómo dispara su amargura contra mí, porque marcharme me convertiría en mi padre y no puedo hacerles eso.

—Siento mucho que me veas así, Fleur —consigo decir cuando hace una pausa para tomar aire.

No la culpo. Me fui a Nueva York y mi padre le puso un ojo morado.

Me fui a Nueva York y Fleur usó su tarjeta de crédito para esconder a todas mis hermanas en un hotel en París cuando un ejército de cámaras y reporteros se atrincheró en la misma calle.

Elegí Nueva York, y Fleur se interpuso entre la furia de mi padre y nuestra ama de llaves.

Puedo darle infinidad de vueltas a si tomé la decisión correcta o no, pero eso no cambiará el hecho de que me necesitaban y yo no estaba allí.

Mia me atribuye el mérito de mantener unida a la familia, pero fue Fleur quien controló la explosión.

Yo solo estoy apretando los nudos que ella ató bajo una presión astronómica.

Soy yo quien reserva citas médicas, se asegura de que la nevera esté llena, mantiene la seguridad estricta, habla con los profesores y entrevista a niñeras, pero es Fleur quien se encarga del trabajo que el personal no puede hacer.

Es ella quien lidia con los dramas de amistad de mis hermanas, los problemas de autoestima y todas las dificultades que entraña ser una chica adolescente.

Es ella quien hace las cosas que hacía mi madre antes de su abrupto deterioro en estos últimos dos años.

No debería ser su responsabilidad, pero, aun así, lo hace.

Fleur y yo estamos en el mismo barco, pero ambos nos estamos ahogando.

—Quizá Ophelia quiera besarte otra vez, Ally —interviene Josie para echarme una mano. Me inclino hacia ella y le limpio la salsa de la barbilla.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Alguien hizo un edit de tu rueda de prensa para los accionistas —responde Evie, que parece igual de desesperada que yo por cambiar de tema.

—¿Un edit ?

—Sí, como clips tuyos editados con música sexi.

A mí no me parece muy sexi, pero me lo tomaré como una victoria necesaria.

—«Es una nueva era para Green Aviation y para mí es todo un privilegio formar parte de ella» —dice Éléanor, imitando mi voz. Incluso Fleur se ríe un poco.

—Que os den a todas —replico con mejor humor.

—«Es una nueva era para Green Aviation» —repite Charlotte a la vez que se desabrocha el primer botón de la blusa y flexiona los hombros.

—Madre mía —murmuro entre bocado y bocado, pero mi voz se pierde entre las risas. Cada vez que estoy a punto de subirme un poco el ego, estas idiotas me lo bajan de un plumazo.

Conseguimos terminar la cena sin otra pelea. Fleur no toca su plato, así que lo guardo en una caja en la nevera con la esperanza de que se lo coma más tarde.

Acuesto a Josie y a Charlotte a las diez y media, respondo a un par de correos y, milagrosamente, todavía saco algo de tiempo para entrenar en el gimnasio del sótano.

—Mañana tienes clase —bufo mientras coloco las pesas en su sitio cuando Mia entra tambaleándose con su enorme botella de agua y una bolsa de patatas fritas casi a medianoche.

Mi frustración no suena convincente. Mia siempre me hace compañía mientras entreno.

Yo levanto mancuernas y ella levanta galletas hasta metérselas en la boca.

—Siento lo de Fleur —comenta al sentarse en la cinta con su aperitivo.

Le doy un empujón con la punta de la zapatilla.

—Aparta, renacuaja. Voy a correr. —Se arrastra hasta la esterilla de al lado, llenando la cinta de patatas. Crujen bajo mis pies cuando me subo—. Pásatelo bien barriendo todo esto.

Ella muerde otra patata, absorta en sus pensamientos.

—Ignora a Fleur.

—No quiero ignorarla. Ignorarla fue justo lo que me metió en este lío. Quiero ayudarla.

—¿Por qué no viniste, Alex? —susurra, tan bajo que apenas la oigo con el zumbido de la cinta. Bajo un poco la velocidad para poder escucharla mejor.

—Quería hacerlo, Mia. Más que nada. Pero estaba —estoy— harto de él, deseaba sacarlo de nuestras vidas.

Si Green caía en las manos equivocadas, si alguno de sus colegas igual de corruptos se convertía en CEO, entonces sería como si a papá nunca lo hubieran despedido.

Seguiría teniendo un poder ilimitado, habría hecho desaparecer los artículos, le habría dado la vuelta a la tortilla y habría comprado el silencio de más gente.

Todavía seguiría jodiéndonos la vida a todos, sobre todo a mamá.

Elegiría sus médicos, sus tratamientos. No elegí a Green por encima de ninguna de vosotras.

Estaba eligiendo seguridad a largo plazo.

—¿Y si Fleur hubiera acabado gravemente herida?

«Señor, dame fuerzas para lidiar con mis hermanas».

—Joder, Mia. Tuve que tomar una decisión y ya no puedo volver atrás. Si no me hubiera quedado con Green... papá habría descargado su ira sobre todos nosotros.

—¿Alguna vez te pegó?

Me vuelvo hacia ella de golpe, con los ojos abiertos por la preocupación. Todo lo que creía saber sobre su relación se tambalea.

—¿A ti te pegó?

—Nunca —susurra—, pero tus moratones del fútbol siempre coincidían con las bajadas en el precio de las acciones.

Hago una mueca ante los recuerdos que me cruzan la mente. Ante unas manos crueles que deberían haber sido cariñosas.

—Tienes dieciséis años, M. Ni siquiera deberías preocuparte por saber lo que es el precio de una acción.

—Ah, no, si me da igual. O sea, me la suda completamente.

Sonrío, ignorando el ardor que siento en las piernas.

—Genial.

Aumento la velocidad de nuevo con la esperanza de que el fuego que siento en las piernas queme la confusa mezcla de emociones que me atraviesa el pecho.

Un día más superado. A saber cuántos quedan.

Corro hasta que me falta tanto el aire que apenas puedo despedirme de Mia cuando se va, hasta que logro aferrarme a esa pequeña esperanza que considera que estoy lo suficientemente cansado como para dormirme rápido esta noche.

Me había acostumbrado a acompasar mi respiración con la de Ophelia, a querer dormirme solo para despertar a su lado. El salvaje cobre de su pelo era mi amanecer, y esos dos hoyuelos tortuosos en la base de su espalda eran mi ancla a la realidad.

Ahora solo el peso de mi confusión y arrepentimiento descansa en la almohada junto a mí.

La traición de Ophelia no es suficiente para que la odie. Con artículo o sin él, la quiero. Y no sé cómo hacer que eso desaparezca.