Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 1. Alex #3
6%

Capítulo 1. Alex #3

El último mes no ha sido nada fácil para ella.

Si pensaba que no podía adelgazar más, lo ha conseguido.

En cada visita al hospital me dicen que su corazón está cada vez más débil, atrofiándose como la vida detrás de sus ojos.

La paranoia ha empeorado, la ansiedad de que todo el mundo conspira contra ella la consume.

Se tiró tantos años sin tratarse el trastorno bipolar con mi padre que ahora es difícil compensar los efectos que este tiene en su salud.

Días así, días estables en los que es fácil reconocer a la mujer que se esconde tras el agotamiento, son cada vez más escasos.

Suena macabro, pero siempre que llego a casa y sigue con vida es todo un alivio. Probablemente ella sienta lo mismo conmigo.

—Lo intento. Pero a saber qué le podría hacer ese tío ahí dentro. No lo conocemos de nada.

Mi madre me engancha del brazo para que la ayude a bajar su cuerpecito frágil por las escaleras.

—Tu primera novia era una buena pieza, eh. ¿Te crees que no lo supe en cuanto la vi entrar por la puerta? Te utilizó para aprovecharse de tu fama y dinero. Pero dejé que lo descubrieras por ti mismo.

Sonrío.

—Y ahora sé que debo evitar a las que retransmiten en directo nuestra primera cita.

Su risa es baja, pero está ahí.

—Exacto. ¿Cómo se encuentra Ophelia?

Un pinchazo de dolor me atraviesa el pecho.

—Está bien.

Me lanza una mirada acusatoria.

—Sigues teniendo a alguien vigilándola, ¿verdad?

—Ophelia estuvo igual de implicada que nosotros en todo este desastre. Sería una tontería no pedirles a los hombres de Vincenzo que le echen un ojo. Es la jugada más inteligente. —Y la idea de que alguien pueda hacerle daño me quita el sueño, pero sí, la jugada más inteligente.

—¿Has hablado con ella? —me pregunta mientras la conduzco al enorme despacho de mi padre... quiero decir, mi despacho, y la ayudo a sentarse en la silla del escritorio.

—No.

—Alex.

—Utilizó nuestra vida familiar, tu enfermedad, que papá... bueno, lo que cojones hiciera papá, contra nosotros.

—Contra tu padre —me corrige—. No contra nosotros. Dudo que quisiera hacernos daño.

Arrastro una silla junto a ella y me siento, encendiendo el portátil.

—Mencionó tu nombre.

—Antes de conocerme, cariño. Imagínate que me muero mañana. Imagínate que Fleur y yo nos morimos mañana en un accidente de tráfico en la autopista y el culpable se da a la fuga.

Me estremezco mientras miro el correo.

—No digas esas cosas.

Me acaricia el pelo con las uñas. Me entran ganas de llorar. De acurrucarme en el regazo de una mujer que, realmente, ya no existe, al menos no como yo la necesito.

—Pero imagínatelo, cielo. ¿Qué harías si supieras quién conducía el coche?

— Maman —suspiro, y me paso las manos por la cara—.

Ya le he dado demasiadas vueltas. Me da igual lo que le hizo a Cain, me importa lo que os hizo a ti y a las niñas.

Además, dudo que ella fuera a perdonarme por haberme ido como lo hice.

Por no hablar de la distancia. Y podría seguir así eternamente.

—Dile que tu abogada te pidió que no te pusieras en contacto con ella.

—Es una excusa barata. No me he puesto en contacto con ella porque soy incapaz. El consejo de Helen no tiene nada que ver.

—Puede que ella escribiera ese artículo, pero ambos sabemos que no fue quien lo filtró —continúa, como si me estuviera planteando algo en lo que no hubiera pensado ya durante las incontables noches sin dormir del último mes.

Como si esta no fuera la millonésima vez que tenemos esta misma conversación.

A Ophelia y a mí nos separan miles de kilómetros y un vasto océano de desconfianza, todo el progreso que habíamos hecho naufragó hasta el fondo.

—No importa, mamá. Estoy intentando seguir adelante con todas mis fuerzas. Aunque lo arregláramos, yo estoy aquí y ella está allí. No puede subirse a un avión para venir a verme.

—Pero cuando renuncies...

—Mamá —la cortó con suavidad—. Por favor, déjalo.

Unos dedos delicados me apartan un mechón de pelo oscuro y demasiado largo de la frente. Me dedica una mirada cargada de una emoción que no logro identificar. Se le acumulan las lágrimas en las espesas pestañas negras.

—No lo digas. —No puedo volver a oírlo.

—¿Decir el qué?

—Que me parezco a él. Es lo primero que dice la gente cuando entra en mi despacho.

Le tiembla el labio inferior.

—Iba a decirte que siento mucho que hayas acabado en esta situación, que hayas terminado en el único trabajo que siempre dejaste claro que no querías. Que seas la única figura paterna en sus vidas. Iba a decirte que siento mucho que hayas...

— Maman , no.

Una lágrima solitaria le resbala por la mejilla.

—... acabado con una madre como yo y un padre como él.

—Eres la mejor madre que conozco —susurro al rodearle los hombros huesudos con un brazo—. Y lo digo en serio.

—Lo siento muchísimo.

Giro su silla para que vuelva a mirar el portátil.

—Fin de la conversación. Mira esto.

Abro un correo de Jack que leí antes, mi compañero de rugby de Sorrowsong. Es una cadena reenviada de correos entre sus padres: un neurocirujano de alto nivel y una psiquiatra.

Ella se inclina hacia la pantalla, la luz azul salpicándole los delicados pómulos.

—¿Otra medicación? Alex...

—Ha dado muy buen resultado en los ensayos clínicos. Todavía la están empezando a distribuir.

—¿Los conoces?

—Su hijo está en mi equipo de rugby ... En mi antiguo equipo de rugby .

—Puedes volver a Sorrowsong. No lo descartes.

—Tengo veintitrés años, mamá. Soy demasiado mayor como para volver a empezar.

Ella se ríe y se aparta el pelo del rostro con una mano temblorosa.

—Yo también era así a tu edad. Creía que se me acababa el tiempo cuando apenas era una niña.

—Iba a programar una llamada con sus padres para que nos den más información. Están dispuestos a volar desde California para hablar contigo. Hipotéticamente hablando... ¿te interesaría?

—Sí, pero... he pasado por muchos tratamientos, Alex, y todos parecían prometedores al principio.

Mi mente está cansada y mi cuerpo agotado.

No quiero morir en una mesa de operaciones con la pequeña esperanza de una vida más larga.

Solo quiero vivir el tiempo suficiente como para estar presente el día de tu boda.

Se me quedan los dedos inmóviles sobre el teclado.

Ophelia en el altar. Flores en la mano, gotas de lluvia en el pelo. Algún vestido ridículo, de segunda mano, demasiado grande, probablemente marrón. Unos votos tartamudeados por los nervios y toda una vida de paz.

Incluso en mi imaginación, lo veo borroso. Un futuro lejano que nunca mereceré. Podría soñarlo hasta que los últimos hilos de cordura se deslicen entre mis dedos.

Y, aun así, seguirá siendo un sueño. No tengo el valor suficiente para decírselo a mi madre. O quizá simplemente me niego a admitir que ya he renunciado a ello.

Empiezo a escribir un correo de respuesta, ignorando los sesenta nuevos mensajes que he recibido desde que salí de la oficina.

—Programaré una llamada con ellos.

Ingrid y Emilia, el ama de llaves y la niñera, se unen a Charlotte, Evie, Mia, Josie y a mí en la mesa del comedor completamente blanco.

Para mi sorpresa, la conversación es bastante animada.

Ingrid se está quejando con dramatismo de su marido, Russell, lo cual es una pésima idea porque Russell es nuestro chófer, y Josie repite absolutamente todo lo que oye palabra por palabra.

Pero no hay forma de detener su exagerada imitación de la ruidosa forma de masticar de Russell, y merece la pena solo por oír a las niñas reírse.

Ingrid es una de esas personas: como si una salsa casera con demasiado aceite, los abrazos que huelen a perfume viejo y el aliento a café hubieran adquirido una forma humana. Y lo digo como un cumplido. Lleva años trabajando aquí bajo el título de ama de llaves, pero hace muchísimo más que eso.

Cuando mi padre llegaba a casa y descargaba contra mí sus frustraciones sobre la cadena de suministro, ella aparecía torpemente en la cocina pasada su hora de acostarse y tardaba una media hora en prepararse una taza de té solo para que él se aburriera lo suficiente como para dejarme en paz.

Y Josie no se come un sándwich que no haya preparado Ingrid, así que haría cualquier cosa con tal de tenerla aquí.

Fleur y Freddie bajan cuando ya vamos por la mitad de la cena.

Freddie todavía se está poniendo su jersey con cremallera de Ralph Lauren cuando entran, lo que me da ganas de clavarle el cuchillo en la retina.

Lleva el pelo rubio engominado hacia atrás y los chinos perfectamente planchados.

Otro clon de Shawn Miller. Idiota. Le dedico un leve asentimiento solo por Fleur.

—Eh, tío. Me encantó tu comunicado a los accionistas de ayer.

—Gracias —murmuro, aunque lo que quiero decirle es que se busque un pasatiempo más impresionante que ver ruedas de prensa con dieciocho años—. Siéntate, hay comida de sobra.

Lo hace y se aparta el estúpido pelo de los ojos.

—Entonces, ¿vas a ir a la universidad, Freddie?

—Nah, no creo. Seguramente montaré un negocio, o un pódcast, o algo así.

«Me cago en la hostia. Código rojo. El tío quiere montarse un pódcast».

—Igual deberías darle una vuelta —sugiero.

Fleur pone los ojos en blanco, igual de cansada de esta conversación que yo.

—Cállate, Alex.

—¡Fleur! —la reprende Mia después de apartarse la cortina de pelo oscuro para fulminarla con la mirada. Niego con la cabeza en un intento de calmar la situación. Mia, más que ninguno de nosotros, ha heredado la terquedad de papá, por lo que nunca rechaza una confrontación.

—No eres mi padre, Mia. —Se vuelve hacia mí. El interés de Fleur por tener cualquier tipo de relación conmigo murió el día en que, según ella, elegí a Green por encima de mis hermanas cuando el artículo salió a la luz—. Y tú tampoco.

—Legalmente, lo soy. —Por ahora. Hasta que mamá mejore.

«Mamá no va a mejorar».

—Y eso te encanta, ¿verdad? Es tu oportunidad de convertirte en él .

—Fleur —le advierto con tono cortante.