Capítulo 1. Alex #2
Hay una especie de enfermedad que viene con el dinero: cuanto más tienes, más lo ansías. Siempre hemos sido ricos, pero cuando los ceros empezaron a acumularse en el patrimonio de mi padre, se convirtió en un hombre distinto. Es una adicción. Te hace perder de vista lo que verdaderamente importa.
Se acabaron las vacaciones, las cenas familiares, los regalos de Navidad. Todas las cosas que debería haber estado haciendo con su dinero se acabaron. Invirtió todo en Green. Vendió su alma a cambio de la promesa de adquirir más riqueza.
Por mis hermanas, me niego a caer en ese mismo agujero.
No sé en qué momento Jacqueline aparece en el umbral de la puerta y se aclara la garganta para leer algo en su tablet .
Solo la estoy escuchando a medias, garabateando con desgana la figura de una mujer en mi cuaderno.
Como todos mis bocetos últimamente, termina pareciéndose a Ophelia.
La suave curva de sus caderas al caminar, las líneas delicadas de su vientre cuando se sienta, los músculos de sus brazos...
Lo tengo todo grabado en la memoria, como un tatuaje, imposible de borrar.
Soy incapaz de hacer un dibujo que no se curve, se doble o fluya de la misma forma en la que lo hace su cuerpo. La quiero. Joder, la amo , pero quizá tenía razón. Somos la persona correcta en el universo equivocado. Es demasiado caótico, demasiado complicado , como siempre solía decir.
Cuando llego a casa, cuando mis hermanas están en la cama y mi ordenador de trabajo apagado, me quedo sin ninguna distracción que me la saque de la cabeza.
Se convierte en cada uno de mis pensamientos, en cada una de las exhalaciones temblorosas que dejo escapar.
Es la protagonista de mis pesadillas más dolorosas y de mis sueños más carnales.
Sin sus suaves muslos, su deprimente cinismo y su moqueo, mi vida ha vuelto a teñirse de gris. Me dolería menos si no hubiera probado lo dulces que llegan a ser los demás colores.
Soy tan malo como dice Harwood: estoy obsesionado con ella de una forma insana e inmadura.
«Harwood». Eso es lo que necesito. Quizá mi terapeuta pueda arreglarme. «De bajón» no es una expresión lo bastante fuerte como para describir mi estado de ánimo de estos últimos días. Estoy deseando hablar con él, pero está en Nigeria con su familia hasta el fin de semana.
Aparto todos esos pensamientos y le pido a Jacqueline que se retire antes de llamar a Mike y a Luis, otros dos ejecutivos que me ayudan a dirigir la empresa.
La prensa puede elogiarme todo lo que quiera, pero la mitad de las decisiones de las que me han atribuido el mérito en las últimas semanas son gracias a sus consejos.
En cuanto termine la primera fase de mi plan —estabilizar el barco—, pasaré a la segunda: encontrar a alguien que me sustituya.
No soy tonto. Sé que un chico de veintitrés años sin pasión ni ganas de mejorar la empresa no es la mejor opción para dirigirla.
Estos dos son la mejor alternativa que tengo ahora mismo.
Solo que no puedo confiar en ellos plenamente.
Debo asegurarme de no dejar Green en manos de alguien como mi padre.
Mientras tanto, el sueldo no está nada mal.
He contratado a un chef privado para los días laborables, un equipo de seguridad y otra niñera, además de asegurarme de que mi madre recibe la mejor atención del mundo.
Pagué una absurda cantidad de dinero para comprar el Land Rover que alquilé durante las vacaciones para visitar a Ophelia y pedí que me lo enviaran aquí.
Dejarlo en el concesionario me parecía un crimen.
Ahora permanece en el garaje subterráneo como si se tratara de un artefacto de valor incalculable, un museo de mi tiempo con ella. A veces me quedo sentado dentro solo para intentar saborear su aroma a canela.
«Puede que no esté llevando del todo bien la ruptura».
Ya está oscureciendo cuando entro en el garaje de nuestra casa de arenisca, seguido por un coche de seguridad negro.
Aparco en el hueco vacío entre el Museo Oficial del Land Rover de Ophelia Winters (todavía está pendiente el registro de la marca) y el Audi blanco que le regalé a Fleur la semana pasada por su decimoséptimo cumpleaños.
Salgo del coche y le doy un repaso rápido en busca de posibles rastreadores.
No sé dónde está mi padre; ni si siente un inmenso orgullo por haber protegido su preciada empresa del colapso total o una rabia homicida por haber adquirido su puesto después de que mi novia le dedicara el mayor corte de mangas metafórico de la historia. Dudo mucho que sea lo primero.
Me subo en el ascensor, salgo y abro la puerta del vestíbulo principal. Mi hermana pequeña, Josie, se lanza hacia mí vestida con un disfraz de Batman, la capa ondeando a su espalda.
—¡Ha llegado Alex! —chilla con un tono de voz que solo una niña de siete años hasta las cejas de azúcar puede alcanzar.
Se estrella contra mí y me rodea la cintura con los brazos.
Suelta un «uf» dramático y murmura algo sobre lo mucho que me ha echado de menos, sobre cómo las doce horas desde la última vez que hablamos han sido las más largas de la historia.
Mentiría si dijera que no se me derrite un poquito el corazón.
—¿Hoy te tomas la noche libre de luchar contra el crimen?
Ella agita la capa.
—Sip, estoy de vacaciones. ¿Has tenido un día chachi?
—No sé si «chachi» sería la palabra correcta.
—Le coloco una mano en la parte alta de la espalda y la guío hasta la cocina, donde mis otras hermanas, Mia, Evie, Éléanor y Charlotte, discuten sobre cuánto deben estirar la masa para las galletas.
La ausencia de mi hermana mayor no me sorprende, Fleur no lleva muy bien todo esto, y con razón.
Odio todo lo que ha pasado. Odio que la publicación de ese artículo haya sido como lanzarles una granada a sus vidas y que los pedazos ya nunca vuelvan a encajar como antes.
Levanto el bol de la masa de la encimera de mármol. Se las han ingeniado para usar todas y cada una de las ollas, sartenes y utensilios de cocina, lo cual es impresionante.
—Ay, qué detalle, chicas. Gracias por las galletas.
—¡Son para llevar mañana a clase! —protesta Charlotte, e intenta arrebatármelo.
Robo un poco de masa. Joder, está buenísima. Sabe a vainilla. Sabe a mi infancia, a cuando mi padre todavía quería a mi madre y ella todavía se quería a sí misma.
—¿Qué tal el cole? —les pregunto, dejando el bol en su sitio y abriendo la nevera para sacar una cerveza sin alcohol. Me llueven cinco respuestas distintas al mismo tiempo mientras el chef asoma la cabeza por la puerta de la cocina trasera.
—Buenas noches, señor. ¿Le parece bien un pastel de pollo?
Abro el botellín.
—Perfecto. Gracias.
Tener a alguien en casa para que nos cocine es una bendición. Sin el personal, nos atiborraríamos a macarrones con queso de caja. Arranco la pegatina del botellín y siento una opresión en el pecho.
¿Quién le cocinará a Ophelia cuando tenga que volver a casa de sus padres durante las vacaciones de Pascua? La pobre ni siquiera sabe cortar una cebolla.
Mientras miro fijamente seis baldas a rebosar de productos frescos y comidas caseras con las discusiones de mis hermanas como banda sonora, vuelvo a ser consciente de lo privilegiados que somos.
Cierro la puerta de la nevera, pero la ráfaga de aire helado no es nada comparada con el escalofrío que sentí al entrar en la casa de Ophelia en Navidad.
No puedo sacarme ese día de la cabeza: el silencio, el vacío, el océano de resentimiento que cruzó solo para dejarme entrar en su vida y, joder, la he cagado hasta el fondo.
Creo que nos he roto tanto que ya no tiene solución.
Me siento en la isla de la cocina, observando cómo las cinco cortan la masa en círculos de diversos tamaños. He vivido el tiempo suficiente en una casa llena de mujeres como para saber que, cuando se callan, es porque he interrumpido algo.
—Vale —digo despacio, antes de darle un trago a la cerveza—, ¿quién tiene una cita?
Silencio.
—Fleur tiene novio nuevo —suelta Mia finalmente. Las demás la fulminan con la mirada.
«Mantén la calma, Alex. No te alteres».
Aprieto el móvil con fuerza mientras reviso las cámaras de seguridad de la casa, paranoico.
—¿Quién es?
—Es modelo.
Bloqueo el móvil, intentando controlar mi instinto protector. Los modelos son lo peor, sobre todo los del círculo de Fleur. Qué irónico que los tíos que se pintan las uñas son siempre los más misóginos. Seguro que la está utilizando para ganar fama.
—¿Está aquí? ¿Arriba?
Todas se quedan en silencio. Está claro que se han puesto de acuerdo para guardar el secreto.
Incluso Mia baja la mirada al suelo, con las puntas de las orejas rojas.
Se me agria el humor. Vuelvo al recibidor y subo por la escalera de la izquierda, pisando lo más fuerte que puedo para darle tiempo a parar... lo que sea que estén haciendo.
—¿Fleur?
—¿Qué?
—¿Puedo pasar?
—No.
Apoyo la frente en la puerta.
—¿Bajas a cenar?
—No.
—¿Cómo se llama tu amigo?
—Freddie —responde una voz masculina. Como diría Ophelia, suena a gilipollas—. Hola, tío.
—¿Cuántos años tienes? —pregunto, y oigo a Fleur mascullar un insulto.
—Dieciocho.
Puedo oír la voz de Harwood en mi cabeza, recordándome por millonésima vez que mis hermanas son personas con vida propia, con derecho a cometer sus propios errores. Con los dientes apretados, intento hacer que el cabronazo se sienta bienvenido.
—Me encantaría veros a los dos en la cena, colega.
«Y quítale las viscosas manos de encima a mi hermana».
—Déjala vivir, Alex —dice una voz suave a mis espaldas.
Mi madre sale de su dormitorio al final del pasillo, vestida con ropa cómoda de cachemira en color crema.
Lleva el pelo oscuro suelto sobre los hombros, brillante, pero más fino de lo que solía ser.
Se la ve bien, aunque camina sobre la cuerda floja entre un subidón maníaco y la inminente caída.