Daybreak (Universidad Sorrowsong 2) Capítulo 1. Alex
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Capítulo 1. Alex

[BORRADOR]

De: Alex Corbeau-Green

Para: Ophelia Winters

Asunto: Consumismo (nombre): «Tendencia egoísta y frívola a acumular productos»

Han puesto una valla publicitaria interactiva frente al edificio de mi oficina. La odiarías. Publicidad e interacción forzada: las dos cosas que menos te gustan. Me estoy imaginando la cara que pondrías.

Joder, te echo de menos.

—¿Estás ayudando a la policía en la búsqueda de tu padre, Alex?

—¿Te pules la cabeza para que te brille tanto, Andre, o es natural? —le espeto al reportero que me sigue con desesperación hasta la entrada del edificio de Green Aviation por décima vez en cuestión de dos semanas.

Mi cigarro silba cuando lo tiro en el cubo de basura de la calle. A mis espaldas, el flash de una cámara me hace apretar los dientes.

—¿Cómo lo lleva tu madre? ¿Alguna novedad sobre su estado de salud?

Me trago el veneno que me sube por la garganta y dejo que los porteros de Green ahuyenten a la prensa entrometida.

Las puertas automáticas se cierran detrás de mí y, pese a la llamativa grandeza del recibidor del edificio, me entra claustrofobia al instante.

Si Green es una pandemia de codicia y corrupción alrededor del mundo, entonces esta oficina reluciente es el epicentro putrefacto de todo, la joya brillante del imperio de mi padre.

De mi imperio, ahora.

Aunque, con suerte, no por mucho tiempo.

Asiento en respuesta a unos cuantos «buenos días» sin dejar de tamborilear los dedos contra el muslo y deseando que el ascensor se dé prisa. Sonya, mi publicista, aparece a mi lado. El olor empalagoso de su perfume hace que me pique la garganta.

—Ah, Alex. Te estaba buscando.

Echo un vistazo a mi alrededor en busca de un enchufe en el que clavar un tenedor, pero no hay suerte.

—¿Por qué?

—Tu rueda de prensa de mañana. Se me ocurrió que tal vez querrías hablar un poco sobre tu familia.

Al parecer, los seis ascensores que hay en este edificio han decidido parar en todos los pisos esta mañana.

—Es una conferencia de negocios.

—Lo sé, pero sería bueno para tu imagen. Un hombre de familia, un frente unido a pesar de lo que está pasando con tu padre.

Pulso el botón del ascensor tres veces más, como si fuera a servir de algo. Ese asqueroso reportero me ha dejado tocado.

—¿Usar la cabeza de Andre Jackson de Insider Weekly como bola de bolos sería bueno o malo para mi imagen?

—Alex, es una gran oportunidad para tranquilizar a los accionistas y asegurarles que lo que esté pasando en casa no va a afectar a...

Por fin llega el ascensor. Pulso el botón del ático y espero hasta que solo veo una pequeña rendija del rostro de Sonya entre las dos puertas plateadas para decir:

—Le pediré a Jacqueline que te llame luego.

Me dejo caer contra el espejo, exhausto incluso antes de que el día haya empezado.

La caja metálica claustrofóbica me dispara a una altura antinatural en este edificio de cristal monstruoso, pero mi ánimo sigue bajo tierra, como el garaje del sótano.

Aun así, me enderezo el cuello de la camisa, relajo el semblante para evitar que se me formen arrugas, controlo el temblor que se apodera de mis manos y pienso en las siete mujeres por las que hago todo esto.

Las puertas se abren tras lo que parece una eternidad y me escupen frente al escritorio de Jacqueline. Por suerte, en la última planta reina el silencio; salvo por el sonido que provoca el martilleo de mi corazón dentro de mi pecho.

Golpeo el escritorio con los nudillos, una molesta costumbre de mi padre que, por alguna razón, he adquirido.

—Si Sonya te escribe para hablar conmigo sobre la rueda de prensa...

—Ya lo ha hecho. Subirá a las tres y media.

Joder, qué rápido trabaja esta gente.

—A las tres estoy ocupado.

Clava la vista en mi agenda, la cual se encuentra abierta en la pantalla de su portátil.

—¿Con?

—Tengo que... —Me froto la nuca—. Quitar las pelusas de entre las teclas del teclado.

—Buen intento —dice antes de tenderme un café—. Disfruta de la reunión.

Genial.

Jacqueline es una mujer bajita, con una forma de vestir caótica, de casi cuarenta años y, aunque me cae muy bien, se le da de pena su trabajo.

Entrevisté a doce personas para el puesto y once de ellas eran asistentes extremadamente organizadas con un currículum de un palmo de grosor.

Más bien, parecía que me estuvieran entrevistando ellas a mí.

Con sus tacones afilados, sus miradas depredadoras y sus uñas rojo pasión, que permanecían en mis antebrazos más tiempo del que me gustaría, me recordaron demasiado a las mujeres con las que encontraba a mi padre en cenas completamente inapropiadas.

Entonces, apareció Jacqueline; excesivamente puntual y cubierta de pegatinas infantiles.

Mi investigación previa me confirmó que tenía tres hijos y que vivía en un apartamento en Queens.

Parecía un ciervo deslumbrado por los faros de un coche, tal y como yo me sentía por dentro.

Estaba igual de perdida que yo, pero cuando le hice una última pregunta, cuadró los hombros bajo su americana apretada y dijo: «No lo sé, pero encontraremos una solución».

Puso tanta fe en esas palabras que mis traumas paternales y yo no pudimos decirle que no. Además, prepara un expreso doble riquísimo.

Y, tal y como me prometió, estamos solucionando todos los problemas. El precio de las acciones de Green se está recuperando. La tormenta mediática continúa siendo intensa, pero ya no salimos en la portada de todos los periódicos.

En la superficie, todo va viento en popa, pero ¿por debajo? Estoy luchando por respirar.

Mi padre está desaparecido. El FBI se presentó aquí para detenerlo, pero no había ni rastro de él y nadie lo ha visto desde entonces. Ni siquiera un equipo de detectives privados junto con los mejores agentes del FBI logran seguirle la pista.

Me estoy volviendo loco, no consigo dormir, no tengo apetito.

Ah, y encima ahora soy el CEO de una empresa de casi mil millones de dólares.

El Financial Times me llamó «el niño prodigio de Manhattan» cuando mi experiencia más cercana con la gestión de cualquier tipo de negocio ha sido crear una cadena de restaurantes en Los Sims con Charlotte y Mia.

Creo que nuestro restaurante de comida «experimental» ni siquiera tenía paredes ni techo.

Tenía una vaga idea sobre cómo sería mi vida a los veintitrés. Pensaba que me convertiría en un arquitecto de apariencia fresca o dirigiría una pequeña empresa que yo mismo hubiera montado. Quizá estaría viajando por el mundo sin responsabilidades.

No entraba en mis planes convertirme en un director ejecutivo con la custodia parental de mis seis hermanas, organizar a escondidas las visitas de mi madre al hospital o pagar horas extra a la niñera mientras yo estoy atrapado en un salón de conferencias de cristal.

No me imaginé que me pasaría las tardes discutiendo con ellas por lo mucho que odian que un cuerpo de seguridad las siga durante todo el día.

En el despacho de mi padre —bueno, el mío—, el sol sangra sobre el horizonte de Nueva York y tiñe la pared frente al escritorio de un tono de rojo macabro.

Y, aun así, a pesar de todo esto, me paso los días con una pelirroja de ojos marrones en la cabeza. No he podido pensar en mucho más desde el mes en que la vi por última vez.

El cristal de la ventana está frío contra mi frente, cada una de mis respiraciones profundas empaña el ajetreo de la mañana en la ciudad. La luz sobre el río es del mismo color que el pelo de Ophelia.

Me fui sin decir nada.

Para hacer más llevadero el proceso de mirarme al espejo, me convenzo de que el hecho de que mis abogados me pidieron que no contactara con ella es la única razón por la que nunca envío los borradores que se acumulan en mi ordenador, pero sé que no es cierto.

Hay una parte de mí que piensa que no me la merezco y otra que está herida.

Una me recuerda que he convertido su vida en un caos de atención pública y de acoso, y la otra atormenta mis noches con una pregunta que no me atrevo a hacerme durante el día.

«¿Fue real?».

Creo que ya he aceptado que el motivo de que Ophelia apareciera en mi vida era recabar información, pero lo que me mantiene con los ojos abiertos hasta las tantas es intentar imaginar en qué momento exacto cambiaron sus sentimientos.

¿Fue real cuando estaba tumbada bajo el sofá del despacho de Carmichael?

¿Fue real cuando la encontré inconsciente en el lago?

Seguro que fue real el día después de Navidad, cuando me sostuvo la mirada dentro de mi coche, jadeó mi nombre y me hizo sentir que era más que suficiente.

Necesito con todas mis fuerzas que eso fuera real.

Pero detrás de todo eso, me hago una pequeña pregunta, una que ni siquiera estoy seguro de tener derecho a hacer.

«¿Cómo pudo hacerlo?».

No sé cómo ese artículo se filtró a la prensa.

En el fondo me cuesta creer que lo hiciera ella, pero, al fin y al cabo, sí fue ella quien lo escribió.

Sabía lo que provocaría en mi familia. Envió a mi padre a la locura, hizo que guardara armas y ropa en una bolsa antes de amenazar a Fleur y al ama de llaves cuando intentaron impedir que escapara.

Ha puesto a mis hermanas en la portada de todos los periódicos, en todos los foros de cotilleos.

Menudo desastre.

Cada vez que me ducho y me afeito por las mañanas, la imagen de mi padre me devuelve la mirada desde el espejo.

Me estoy convirtiendo en él, como siempre dijo que ocurriría.

Puedo intentar fingir que soy como mi madre, dulce, amable y buena, pero ese espejismo se está resquebrajando.

Soy un cincuenta por ciento mi padre y eso es algo de lo que nunca podré escapar.

Cada pensamiento positivo tiene una sombra que lo sigue, mordiéndome los talones por muy rápido que corra.

Odio lo fácil que me resulta interpretar este papel. Cómo puedo oír su voz guiándome en reuniones, en informes financieros, en negociaciones complicadas. Me entrenó para convertirme en CEO, pero ojalá me hubiera enseñado a ser un hombre.