CLAUDIA
No sé qué cara hay que poner cuando la culpa se retuerce en el hueco que hay entre la costilla doce y el esternón, que es el único sitio donde las conexiones permanecen libres.
La culpa nunca piensa en si es el mejor momento ni en si tiene motivos, porque la culpa es egoísta y no atiende a testimonios ni alegaciones.
Está en dormir de más, en comer de menos.
En el metro cuando no dejas espacio suficiente para las piernas de los demás.
En sentirte bien cuando el otro no lo está.
Además, la culpa crece cuanto más piensas en ella, como en aquel capítulo de Los Simpson en el que los anuncios cobran vida y lo destrozan todo y luego Paul Anka resuelve el conflicto razonando que la publicidad, como casi todo, se mantiene viva gracias a la atención ajena y al final del capítulo cantan a los monstruos no miréis y todos los anuncios se autodestruyen porque nadie los mira.
Yo no sé muy bien por qué siento esta culpa que no me deja pegar ojo.
El teléfono sí que puede dormir. Lleva dos días callado.
Pienso mucho en eso de la culpa y del miedo, en si sintió culpa mi madre y por eso decidió quedarse en casa con su hija y su marido, en si conoció mi padre el miedo por si un día perdía el estatus de cabeza de familia.
Me pregunto si el Celso tuvo miedo de decirle a Aida que le gustaba, culpa por no ser lo que ella esperaba.
Si Marta sintió culpa por ser lesbiana y miedo de decírselo al mundo.
Aparecen sin darme cuenta en las fotos ciscadas en el escritorio, en el baño de la facultad, en la entrevista de trabajo en la que me dijeron que era muy madura para mi edad.
En todos los orgasmos que no tuve. En las canciones que me gustaron a escondidas.
El miedo no, pero la culpa siempre estuvo ahí, hasta en el amigo de mi abuelo que a los once años me decía «a ver esas tetitas» y me las tocaba y a la vez también me tocaba el orgullo y la autoestima.
A pesar de que el baño no fue el mejor lugar para decir «te quiero», e incluso aunque solo me buscase cuando tenía frío, casi siempre de madrugada y porque ya no queda nadie, quiero a David.
Le quiero por erizarme la piel solo con acercarse, por cantarme «Como un aviador» y no enfadarse porque digo «cobetes naranjas», lo quiero por aquella vez que yo estaba tan triste y se sentó a mi lado y de pronto le confesó al aire que Love of Lesbian no eran tan malos aunque estaba seguro de que acabarían siendo insoportables y yo me reí tan alto que en una ventana se encendió una luz y alguien se asomó y preguntó si necesitábamos ayuda y dijimos que no y entonces me miró y me dijo que estuviese tranquila, que Marta iba a volver.
Odio a David por eso. Por tener siempre razón.
No me dolió el golpe contra el suelo de la barra del Tupper, ni siquiera me hizo daño el empujón ni sentí los cristales que se me clavaron en las yemas de los dedos.
Fue otra cosa. Un temblor incontrolado, como cuando en la montaña rusa los vagones se precipitan por la primera pendiente y algo te sube desde la boca del estómago hasta la faringe y todo se te hace bola por dentro.
Pero no lo odio por eso. Ni por eso ni por nada.
En el camino de mi casa a la suya pienso en todo lo que quiero decirle.
Ensayo mi discurso en el espejo del baño y en los reflejos de los portales y en los escaparates y me olvido por un segundo de que odio cómo me queda la ropa, de que detesto mi cuerpo, de que el pelo hoy se me ha encrespado por la humedad de abril.
Creo que también odio este corte de pelo a lo Amélie.
De los nervios aprieto con demasiada fuerza esta bolsa de Ruffles Jamón que le llevo porque son sus favoritas y me maldigo porque seguro que las patatas llegan deshechas como en los gurruñitos del final de la bolsa que la gente come con las puntas de los dedos.
Hoy el metro huele peor de lo habitual y me cambié de sitio porque un señor se me acercó y me rozó y apostaría que no con el teléfono móvil, pero los demás sitios no parecen mejores.
Me acuerdo de los sitios a los que David prometió que me llevaría, a Glastonbury y a Cuenca.
A Reikiavik. Y no sé si la gente en este vagón de metro me mira como si estuviese de camino a cumplimentar un compromiso contractual o solo es que he vuelto a pensar en alto.
Y casi puedo escuchar la voz de la señora que lee un libro frente a mí diciéndome que no, que es mejor que me baje en la siguiente parada y vuelva a casa.
Ojalá el adolescente de mi lado esté maquinando una manera rápida de matarme y así chimpún, se terminó el problema.
Y la culpa. Y el miedo. Pero cuando pienso en David la angustia desaparece. Y el olor del metro también.
La línea 1 parece más lenta de lo normal. Pienso en que ya es casualidad que sea la línea 1 la que lleve a su casa. Levantarme de la cama, comprar algo de comida, empezar con otra vida, pensé que sería lo mejor . ¿Y si todas las líneas 1 llevasen al sitio donde de verdad queremos ir?
No voy a escribirle. Algunas cosas es mejor soltarlas en persona, sin tener opción de borrar y volver a escribir y volver a borrar, aunque seguro que me atrapallo porque cuando estoy tensa las conexiones no me furrulan, como aquel día que nos mandaron decir un refrán en el colegio y a mí me salió no por mucho tempranar amanece más madruga y todos pensaron que era una broma y yo me hice la longuis y nadie se dio cuenta y nunca más volví a usar refranes.
Menos el de mirar el diente del caballo, que me hace mucho chiste.
El piso de David está en el portal 8, en uno de esos edificios viejos donde uno quisiera vivir para siempre y que han reformado lo justo para que parezca de este siglo.
El telefonillo antiguo pintado todo de plata, el ascensor un ataúd que recorre arriba y abajo el hueco de la escalera a la velocidad escueta con la que las señoras mayores salen a andar.
El portal no cierra bien del todo y los azulejos antiguos y el pasamanos son de película de época y me fijo porque a la casa de David no he venido mucho, porque está lejos y porque, además, yo soy mucho más ordenada y siempre cambio las sábanas y mi casa huele mejor y todas esas cosas que tanto le gusta recordarme.
En el ascensor, sin darme cuenta, tarareo en alto quiero vivir en otra ciudad porque tu risa ya no está con mi risa.
El disco de Family ha ido a tantos sitios conmigo que no se me hace raro que en ese momento también esté, hasta parece que habla de mí, de mi yo de antes, de la Claudia cuando sea vieja, de la de ahora, ella dirá aquello que él no se atreve.
Ojalá tuviese un amigo que se llamase Carlos.
El espejo del ascensor forma un reflejo raro que me distorsiona la cara y la forma del cuerpo, casi como el laberinto del parque de atracciones, y me enseña a alguien que se parece bastante a mí, que se viste con la misma ropa, que tiene el mismo olor, pero que no soy yo.
El ascensor al fin se para. Como no soporto que las canciones se queden a medias, respiro varias veces como si el «inspira expira» ese famoso sirviese de algo y me quedo quieta delante del 3ºB hasta que suena el último te llevaré hasta el cielo en mi coche , decidida a recuperar las siestas del domingo, la comida china, las noches inventadas.
El timbre tiene un sonido agudo, como de videojuego cuando ganas una vida extra, y me sorprendo de nuevo por su volumen aparatoso.
Odio los timbres porque hacen mucho ruido y porque la gente es incapaz de pulsarlo una sola vez y yo soy incapaz de ignorarlos y al mismo tiempo quiero hacerlo y desearía que hubiese un botón mágico que anulase todos los timbres del mundo.
Escucho los pasitos de David al otro lado y me siento desnuda, vulnerable, como la primera vez.
Se asoma a la puerta con su camiseta del Loveless de dormir, que tiene el cuello cedido y las costuras retorcidas, y me acuerdo de que una vez se la robé y por aquello él estuvo sin hablarme varios días y al final para pedirle disculpas le compré una nueva, igualita, para cuando esa se le rompa.
—No sé si soy lo mejor para ti, pero me gustaría intentarlo.
—Claudia, no es un buen momento.
—Déjame entrar y ponemos unos discos, como siempre.
—De verdad, es mejor que te marches.
David coloca el brazo en el marco de la puerta a modo de barrera de parking, pero yo entro igual porque no puedo imaginar un peor enemigo que el silencio, ni una respuesta más dolorosa que el silencio, porque el silencio nunca fue solución ni argumento, en el silencio viven todas las personas que no se atreven, los seres ególatras que piensan en serio que no necesitan pruebas ni certezas.
El piso huele raro, distinto. Todo está igual que la primera vez, pero no.
Yo ignoro las señales olfativas y le pido que se siente conmigo y suena de fondo no te puedo prometer que cambiaré, no sé si podré hacerlo y él se queda petrificado delante de la puerta sin decirme nada, sin mirarme, frotándose la nuca con una mano, con la otra en el bolsillo trasero del pantalón.
Y miro a un lado y la veo allí. Sentada sobre la cama, con la camiseta del Loveless que yo le regalé.
Ella sonríe y baja la cabeza hasta dar con la barbilla en la clavícula, disimulando, pero festejando en silencio su victoria.
Soy incapaz de moverme, de decir nada, de saber qué hacer.
No puedo decir que no te haré llorar, ni que voy a ser sincero.
Se me cierra la garganta y la voz se esconde en algún lugar donde no soy capaz de encontrarla.
Y David que intenta decir algo, pero nada, otra vez una mano a la nuca y la otra en el bolsillo trasero del pantalón.
Quiero cagarme en Dios, llorar, romper los muebles. Pienso en Marta, y eso me ayuda a mantener la compostura mientras salgo de aquí. Le doy a David la bolsa de Ruffles Jamón y al salir cierro la puerta de su casa.
El ascensor tarda más de cien años en llegar al portal.
Me pongo los cascos: Yo te perdí una tarde de abril .