CLAUDIA
En el primer bar al que entré después del concierto de The Cure en el Palacio de los Deportes me choqué con Marta en la puerta del baño.
No nos veíamos desde que me fui de Madrid para hacer la residencia y recuperar mi vida, y se alegró tanto de verme que ni siquiera le importó que no la hubiese avisado en uno de esos mensajes que nos mandamos cuando estamos un poco pedo.
La nueva no sabe hacer macarrones. No soporto el Viva la vida.
Me puso al día, ahora trabaja de recepcionista en una clínica dental porque eso del teatro da mucho trabajo y poca pasta, ya no se pone como antes y tiene una novia más o menos estable a la que señaló desde lejos con tanto ímpetu que la pobre se puso rojísima.
Que la nueva no sabía hacer macarrones, que no soportaba el «Viva la vida».
Le dije que volver a Galicia había sido como regresar a la madriguera, que pronto tendré trabajo fijo, que me vi con un chico durante un tiempo pero no funcionó porque no estoy yo ya para aguantar el sexo a medias y las películas de A todo gas .
Se rio y, como siempre, la nariz se le puso blanca.
Le presenté a mi amiga Ana, como si hiciese falta, como si Ana no fuese una persona que se lía sola, y nos pasamos toda la noche contándonos estos años, la música que escuchamos, la razón que teníamos cuando nos decíamos que debíamos intentar disfrutar, que todo iba a cambiar muy rápido, que aquel momento y aquella ciudad fueron, pese a todo, el momento y la ciudad correctas.
Nos abrazamos mucho. Y por unas horas Madrid volvió a ser mi Madrid.
Los sitios de siempre estaban distintos y todo me pareció menos de verdad.
Ninguna de las dos hablamos mucho del pasado, solo bailamos. A nuestra manera.
Y mientras Marta sacaba los codos a pasear para hacer sitio en el Tupper solo repetía que aprovechásemos para estar juntas, que igual era la última vez en Madrid, que todo Dios se estaba pirando de esta ciudad.
Todas las canciones eran de grupos modernos a los que no podría distinguir entre sí, fotocopias sonoras de una nueva corriente circular, y aunque no nos importó, cuando sonó de pronto «Viaje a los sueños polares» como si alguien supiese que yo estaba allí me puse tan contenta que empecé a saltar y a dar vueltas sobre mí misma como si fuese la primera vez que la escuchaba.
Y, con todo el entusiasmo y las ganas de ser la de antes por un rato, sin querer, lo vi. Al fondo, más encogido, muy desgastado.
La última vez que vi a David llevaba la camisa de cuadros verde a medio planchar y las All Star llenas de mierda, las canciones habían muerto y todo el mundo a mi alrededor cantaba «Un día en el mundo» como un rebaño adiestrado.
Yo ya no tenía culpa ninguna.