David y Claudia DAVID
93%

DAVID

Supongo que todo está cambiando. La gente, los bares.

No existe una nueva prensa musical y quieren convencernos con Keane, con Muse, con Sidonie.

Supongo que ese es el problema de lo auténtico, que requiere un interés extra, y por eso en las radios ya solo ponen estribillos desgastados.

Algunos lololos. Varios churuchuru. Puedo ser yo, que cada día que pasa la tolerancia se me consume una raya más.

Pero yo creo que el problema es que nos estamos convirtiendo en unos vagos a los que ya no les gusta hablar.

No tengo ganas de estar aquí. De estar en ninguna parte. Bueno, quizás en algún lugar donde la vida se pare un rato.

Que no suceda nada.

De pronto todas las canciones hablan de mí.

Por ejemplo: Y protagonizamos las escenas más bellas / somos tan diferentes del resto que hasta ya nos parecemos / nos sentimos el centro del mundo / y solo somos un cuarto oscuro.

O: You had to sneak into my room / Just to read my diary / It was just to see, just to see / All the things you knew I’d written about you / Oh, so many illustrations.

Todas las frases de todas las canciones me hablan del tiempo que desperdicié, me cuentan que no fui capaz de prometerle que iba a cambiar, pero sí de intentarlo, y ahora ni siquiera estoy seguro de haberlo intentado de verdad.

De repente los ídolos de la escena tienen mi edad.

Kapranos. Butler. Kokereke. Y los otros, los de antes, podrían ser mis padres.

No hay revolución y la ropa ya no es identidad, sino complemento.

Hace catorce años tenía catorce años.

Ahora tengo la sensación de haber pedido independencia y cargo con el compromiso impostado de cumplir con horarios, marrones y charlas insustanciales. Lealtades taciturnas de cárcel concertada.

Frente a mí decenas de personas cantan, se tocan y beben.

Pobres inconscientes, que ignoran todo lo que vendrá.

Una alegría eventual que terminará pronto.

Una oficina, un matrimonio, la paternidad.

Todas las ex a las que tuve que esquivar porque estaban locas.

Solo quiero que venga el Chuti y me saque de aquí.

En mitad de «We Are Your Friends» veo entrar a Claudia. Ojalá no hubiese venido. No quiero dar explicaciones. Tampoco escuchar los consuelos con que los demás tratan de calmar lo que no se puede calmar.

¿Ansiedad? Pues tranquilízate. Solución universal.

Tengo ganas de apretar el vaso y estamparlo contra la pared.

De poner todas las canciones que nunca me atreví a pinchar.

De echar del bar a algunos, decirles a otros que son unos ignorantes.

Noto un calor que me escuece en los gemelos y un sonido agudo se me clava en la parte derecha de la cabeza.

Todos los dolores me pellizcan a la vez.

Y Claudia se mete en la barra. Para consolarme, supongo.

Las noticias, sobre todo las malas, corren de boca en boca a toda hostia.

—Ya me he enterado. ¿Cómo estás?

—Bien.

—David, ya sabes que si necesitas algo…

—Claudia, déjame en paz. Estoy trabajando.

—No te pongas así. Seguro que todo se arregla.

—Te acabo de decir que me dejes en paz.

Claudia desliza su brazo hacia mi espalda, imagino que para abrazarme, y en un acto reflejo la empujo.

Se cae hacia atrás y tira algunos vasos al intentar agarrarse.

La cabeza choca contra el suelo y pasa rozando la puerta del lavavajillas.

La gente me habla, pero no escucho nada.

Solo muecas desfiguradas sin sonido, mudas. Y yo inmóvil.

Este silencio no tiene nada que ver con que se haya parado la música. El calor me sube hasta la nuez.

Claudia se levanta y se va. Yo pongo la siguiente canción. Mi última noche todavía no ha terminado .