CLAUDIA
Una rave de cacerolas chocando entre sí como si estuvieran en el mosh pit de un concierto de System of a Down me desvela por completo, a mí, que soy de esas personas que cuando duermen cierran sesión y hasta luego, que ni cuando hace unos años hubo un terremoto en Galicia se me inmutó la postura del dormir.
Siempre boca arriba, con el brazo hacia atrás y metiendo un poco la nariz en el sobaco.
Al llegar a la cocina resuelvo la incógnita del estruendo: a Marta le ha entrado el hambre atroz del mañaneo.
La delata la manera torpe de moverse, como sin fuerzas, y el brillo de los ojos entrecerrados, y sobre todo el olor a señor mayor de pueblo que se alimenta a base de chupitos de licor café y botellines de Estrella Galicia y que de postre alterna las Farias y los puritos Reig según sea lunes o fin de semana.
Como si para él hubiese alguna diferencia.
Marta se ríe en bajito porque me ha visto poner agua a hervir para hacerle mis famosos macarrones con tomate frito Solís y panceta de cuando llegamos a casa pedo y se nos olvida cenar, o se nos pasa la hora y se nos va el apetito, porque el hambre a veces tiene horario de funcionaria y se va y luego ya nunca vuelve.
Pero la risa también es nerviosa, porque es la primera vez en mucho tiempo que estamos juntas y solas en el mismo espacio.
Decido comportarme como si esa ausencia no hubiese existido.
Le canto «La playa» con mi toque personal, un verano que fue una quesadilla , y vuelve a reírse y me dice que en gran parte me quiere por lo retrasada que soy.
Marta es la única persona que aprecia mi versión trascendental y también mi versión absurda.
Es la primera vez en mi vida que desayuno macarrones con tomate Solís y panceta después de dormir toda la noche, pero no es la primera vez que un desayuno se transforma en una conversación plagada de arrebatos de sinceridad tirados al aire, de esos de los que después te arrepientes.
Me acuerdo del primer desayuno de empatada con David, nos compramos dos bocadillos mexicanos que picaban muchísimo y una cerveza grande en un veinticuatro horas y nos sentamos en el bordillo de una acera, y del picor y la borrachera se vino abajo y me confesó que le ponía Teresa Fernández de La Vega y el mexicano se me salió por la nariz y le dije que a mí me gustaba un poquito Aznar y del susto se cayó para atrás y casi no la contamos y le salió un chichón en la región occipital que le duró varios días.
Marta engulle los macarrones, porque a esa manera de comer no se le puede llamar de otro modo, y noto cómo poco a poco recupera el color y los ojos se le van abriendo y las pupilas vuelven a su sitio.
Me dice que ha estado con David, que sigue igual, con la mecha corta y el recorrido muy largo, y me pregunta si estoy segura de que él está en el mismo punto que yo.
Que siempre fue demasiado autónomo, poco permanente.
Yo la escucho, en parte porque no se me ocurre nada peor que no dejar que alguien que te quiere gaste tiempo en asegurarse de que estás bien y de que no cometes ninguna imprudencia, pero también porque no sé cómo habla David de mí cuando no me tiene delante y por un segundo la inseguridad me descoloca.
Marta me quiere con ese tipo de cariño que imagino que se le tiene a un hermano, aunque eso nunca lo sabré al cien por cien porque soy hija única, o a una amiga de esas que son más de tu familia que el primo de Albacete, y me imagino todas las veces que habrá querido llamar a la puerta de mi cuarto pero el orgullo y todos los «nosésideberíametermedondenomellaman» la frenaron y después ya le pareció demasiado tarde para volver y se rindió al mal universal de dejarlo estar hasta que el problema desaparezca y por eso sé que este esfuerzo maquillado de desayuno mañanero es muy importante.
Yo a Marta la quise desde el segundo en que la conocí, por todos los discos que me enseñó cuando yo ya me creía listísima con mis cedés de Subterfuge y Rockedelux, por todas las veces que leyó mis trabajos de la universidad y se interesó por el apasionante mundo de la fisiopatología básica de la diabetes mellitus tipo 1, y sobre todo por enseñarme que la libertad sí existe y que la comunidad es más poderosa que el individuo.
La quiero por llevarme a todos los sitios a los que me llevó, al Nasty, al Prada a hacer el ridículo en los dardos porque ni siquiera soy capaz de llegar a la diana, al Ritmos y Costumbres, aquel antro de after donde nos pusieron pinchos morunos de fruta y nos invitaban a MDMA todo el rato.
Pienso mucho en el día que termine la carrera y me tenga que ir a hacer el MIR a Palencia o qué sé yo, a cualquiera de esas ciudades a las que nunca va nadie, porque sé que allí no encontraré a alguien como Marta, alguien que me explique que la vida no consiste en tener un plan o en sobrevivir y que todo es más sencillo y que lo único que nos queda de verdad es ser felices, mira tú qué chorrada.
Me acuerdo de estos meses en los que la casa solo fue silencio y la música dejó de sonar y no se escuchaban los golpes arrítmicos en la pared, un código morse propio con el que nos comunicábamos cuando estábamos demasiado perezosas para levantarnos o para escribir un mensaje.
Y también me acuerdo de cuando me llamaba a gritos desde el baño solo para que viese el tamaño del zurullo que había echado y yo siempre picaba, pero me daba igual.
Eché tanto de menos a Marta tantas veces al día durante tantos días que comerme unos macarrones con tomate Solís y panceta a las diez de la mañana, con la boca de recién levantada y las legañas colgando, me parece un plan con poco margen de mejora.
No me importa la poca fe que tiene en mi relación con David y mucho menos me importan las advertencias, porque yo misma tengo un carnet de socia honorífica del club oficial de Jueces de Relaciones Ajenas.
Ni ella es Erin Brockovich ni yo Ally McBeal.
Sin darnos cuenta nos hemos comido la olla entera de macarrones y ya veo en su cara la necesidad urgente de acostarse, porque a saber cuántas horas lleva en pie, cuántas drogas, cuántas copas, y la acompaño a su cuarto y le digo que la próxima semana podemos ir al cine o a un concierto de algún grupo que no conozcamos a copiarles la ropa y los peinados.
Ella se ríe de verdad y se le pone la nariz blanca.
—Quédate a dormir conmigo.
—Solo si te lavas los dientes.
—¿Vas a morrearme?
—Más quisieras, guapa.
Marta se queda dormida boca abajo mientras me habla, como los niños cuando les dices que se duerman, que vienen los Reyes, y quieren aguantar, y de repente escuchas cómo aspiran los comienzos de las palabras y, al momento, un ronquido de bienestar.
Y yo no iba a dormir, pero comer me da tanto sueño que el peso del edredón me aprisiona contra las sábanas y no hay manera humana de escapar.
Sueño que me crecen raíces en las plantas de los pies y solo suena música de ascensores.
Al rato un beep discreto me despierta, porque yo ya venía de la cama y al final, aunque dormir me parezca una tarea de duración infinita, el cuerpo sabe negarse al exceso aunque yo nunca sea capaz.
ayer estve con Marta.sta fatal.mñn t cuento vy a drmir. 1 bso.
Solo hay dos motivos por los que David me escribe mensajes.
Bueno, en realidad tres. Para escribirme letras de canciones y que yo las complete rápido, sin buscar en el musicoscopio, un juego infinito al que suelo perder; para quererme con sus frases encriptadas llenas de imágenes cursis, «smpre m acordré d ti cndo llueva dl otro lado»; o para darme información que considera que debo tener, «oy sldré tard dl bar, tngo pok batría no t preoqps, n duerm n ksa», mensajes que se le mandan a una madre inquieta, no a una novia, datos escuetos que utilizo para calmar la ansiedad que me producen los móviles apagados, los fijos que comunican y las casas donde nunca contesta nadie.
Dejo pasar el mensaje, porque conozco lo suficiente a Marta como para saber que no le pasa nada más que la juventud, y la libertad de estar fuera de casa y haber salido del armario en una ciudad donde es más fácil.
Vuelvo a preguntarme qué pasaría entre estos dos para que se comporten como si se debieran algo pero no soporten que al otro le vaya bien.
Para que aun así sean capaces de compartir el mismo espacio sin que esa tensión apenas se note. ¿Qué es peor que disimular?
Limpio la cocina, porque por mucho cuidado que se tenga al final la salsa de tomate y la panceta a la plancha ponen todo perdidiño y como lo dejes estar pues el aceite y la grasa hacen comuna y para sacarlos después de ahí hay que frotar hasta la tendinitis.
Además, la señora mayor que vive dentro de mí disfruta un poco limpiando, porque la cabeza se le desconecta y la atención se le concentra solo en una tarea.
Creo que lo heredé de mi madre, que siempre anda limpia que te limpia y cuando le dices algo está en la parra y hasta se perdió el 11-S porque el microondas tenía algunas salpicaduras de la crema de calabaza de la noche anterior.
Todos necesitamos aparcar la realidad durante un rato.
Que no suceda nada.
Y es en esa nada donde las decisiones se cuestionan, danzan delante de ti y ponen en duda tu capacidad para escoger, todos los «y sis» hacen piña con los «peros» y la realidad parece alterada de repente.
Pienso en todos los detalles que dejé pasar porque sí, porque era más fácil creerme la película que me había montado que reconocer que igual no tenía razón, y se me tambalea mi versión del cuento, hasta ahora perfecta y sin fisuras.
No hay quien le quite la mierda a estos fogones, así que me siento en la mesa de la cocina con los guantes de goma amarillos, el moño y el Fairy de marca blanca a esperar a que alguna señal divina me eche una mano y me resuelva todas las preguntas.
Si Marta tiene razón, si David es de verdad, si habría sido mejor haber entrado en Empresariales, si Madrid sí es demasiado hostil, si mi futuro es aquí.
A Marta ya se le ha pasado el pedo. Me abraza por detrás en una especie de llave de judo cariñosa y me susurra que ella siempre estará cuando necesite unos macarrones con tomate Solís y panceta.
Pero la inseguridad ya se ha instalado en la mesa de la cocina de esta casa .