David y Claudia DAVID
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DAVID

No sé dónde conocí a Rebeca. En realidad casi siempre me cuesta recordar quién, dónde o cuándo, y a menudo uso esta amnesia como excusa cuando quiero deshacerme de alguien: discúlpame, demasiadas caras, demasiadas noches. Demasiadas copas.

Supongo que sería en algún bar, en un backstage o en otro lugar oscuro lleno de gente sin nombre ni edad.

Uno de esos sitios donde se reúnen quienes tienen algo interesante que contar: Rebeca siempre está en esos sitios, mimetizada con su camiseta de los Misfists y el eyeliner alrededor del ojo, en una mezcla perfecta entre Debbie Harry y Poison Ivy.

Puede que Rebeca sea lo más parecido que se me ocurre a la chica que todos quieren.

Y digo que no sé dónde nos conocimos porque tampoco importa.

La mayoría de la gente aparece sin más. Un día te despiertas y tienes un número de teléfono guardado, o una cazadora que te prestaron la noche anterior porque al salir de casa pensaste que no hacía frío.

Las personas desfilan en una procesión casi militar de pasarela: entran, llegan al final y vuelven al sitio de donde habían salido.

No importa el color de los ojos, ni la ropa.

Los «sin ti» no existen. La lealtad es un hábito abandonado.

La mayoría son figurantes. Secundarios. Di tu frase.

Que pase el siguiente. Un casting sin fin de intérpretes destinados a lo único seguro en la vida: desaparecer.

Sin agradecimiento ni carta de recomendación.

Las personas son como un complemento que se nos adhiere al caminar, una escenografía diseñada con pericia y exactitud en un plató en el que al final siempre se acaban rodando las escenas importantes al final, a toda hostia.

Y los chistes se mezclan y las caras se confunden y es mejor no memorizar los nombres.

Ellos José, ellas María. La unificación evita las confusiones involuntarias.

Otra ronda. Pon para todos. Saludar por si acaso. No hacerlo por lo mismo.

No recuerdo el primer día que hablé con el Chuti, o con Pepito de los Palotes, pero sí la primera vez que Claudia me juzgó en una cafetería de mierda.

Y aquí estoy, en mitad de toda esta gente, en un piso que no sé ni de quién es y mucho menos quién me ha invitado.

No hay ningún desconocido, pero no sé quién es quién.

Una pareja mayor que yo se mete mano en dos sillas colocadas una frente a la otra.

Con calma. Como esa gente que come despacio para ver si así le dura más la comida.

Un chaval que acabará de cumplir los dieciocho pone algunas canciones que corta antes de que terminen.

Hay un gato subido al armario. Alguien asegura que podría llegar de un salto al edificio de enfrente.

Mucha droga en la mesa de centro de mármol blanco.

En la butaca de sky barato, a juego con un sofá de tres plazas, Rebeca se besa con Marta.

Cero sorpresas. A estas alturas de la película, lo de la orientación sexual es tan voluble que hasta yo mismo dudaría si no fuese porque la mayoría de los tíos me caen mal.

Las observo sin saber muy bien por qué. Esta escena de apartamento ya la he visto demasiadas veces.

Rebeca me descubre, me mira sin abandonar su labor.

Sonríe incluso. Se levanta y yo soy incapaz de mirar a otra parte, estático como un bolardo.

Ella camina hacia mí y noto cómo la garganta me pide que trague.

Respiro lento, una vez. Dos. La saliva que no baja.

La habitación se vuelve pequeña y, en sociedad con el techo, las paredes me acorralan hasta impedir cualquier movimiento.

No soporto perder el control. Rebeca me roza como sin querer y me pregunta si sé dónde está el lavabo.

Creo que digo algo, aunque dudo que sea ninguna palabra articulada.

Cómo voy a saber dónde está el puto lavabo.

Marta me ofrece un cigarrillo. Me pregunta qué tal Claudia, le cuento que hace días que no la veo.

Que tengo mucho curro y la universidad le quita un montón de tiempo.

Me confiesa que va bastante puesta. Que siempre le gusté aunque me considere un cabrón.

Tú también me caes bien, le digo. No sé qué hago aquí.

Miro la mesa de mármol y a la vez Rebeca susurra en mi nuca:

—Dale. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

La habitación ya no es tan estrecha. El gato se ha bajado del armario y me araña los pantalones con las uñas. Suenan los Arcade Fire.

Now here’s the sun, it’s alright (Lies!)

Now here’s the moon it’s alright (Lies!)

But everytime you close your eyes (Lies!).

Aquí ya no queda nadie. Solo yo, con dos figurantes y una mesa de centro de mármol blanco .