David y Claudia DAVID
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DAVID

Al despertar casi no me duele la cara. Supongo que eso depende de una cosa que mi madre llama «umbral del dolor».

Dice que lo heredé de ella. Por eso nunca me vio quejarme en el dentista, ni con las dos mil patadas que me dieron en la liga de fútbol del colegio los mismos que ahora, en el instituto, ya ni corren: jóvenes que están a otras cosas jugando pachangas de mierda.

A los quince años muy pocos alcanzan el nivel.

No sé cuántas veces he intentado entenderlo.

Ni siquiera si hay un motivo. Empiezo a pensar que es irracional, un impulso de origen incierto.

El caso es que no lo vi venir. Igual es que ya me he acostumbrado a sus gritos y consolar a mi madre ya me parece lo normal.

También puede ser que el baile de hormonas influya.

Ayer, al volver a casa después de entrenar, el ruido en el dormitorio grande me puso en tensión.

Hace años que mis padres duermen separados, mamá dice que es por sus ronquidos, y él que a mamá le molesta la televisión y que por eso puso una cama en el despacho.

Igual el matrimonio es eso, separarse dentro de la misma casa, volver a juntarse para comer.

Para discutir. La pauta es sencilla: si se meten en el dormitorio es que va a haber batalla.

Al principio lo dejé estar y me metí en mi cuarto.

Nada nuevo bajo el sol. Pero en un momento dado el volumen de las canciones de Pavement dejó de ser suficiente para paliar los gritos.

Abrí la puerta del dormitorio, solo un poco, solo una rendija.

Él la empujó de golpe hacia atrás y al caer le pegó una patada en el estómago.

Mi madre, sometida. Entré corriendo y lo agarré de la muñeca antes de que le pegase de nuevo.

Me miró tan de cerca que descubrí lo que es el miedo.

Me cogió del cuello del polo, se deshizo de mi mano y me pegó un puñetazo que convirtió todas las bofetadas que me arreó de crío en un juego.

Intenté gritarle que la dejase en paz, que me pegase a mí, que al menos éramos de la misma estatura.

Quise insultarlo. Matarlo. Pero hasta la muerte me pareció un castigo ligero.

Le di una hostia con todo. No sé dónde, ni si le dolió.

No se lo vio venir, creo que por eso se quedó muy quieto.

Luego metió las manos en los bolsillos del pantalón de pinzas beis, me miró como si fuese hijo de otro y se piró sin mediar palabra.

No volvió hasta hoy. Ahora se pasea por el piso fiscalizando cada respiración. Apenas me duele la cara, es verdad, pero no puedo ni pensar qué pasará si la próxima vez no estoy en casa .