CLAUDIA
Varios días de silencio, no he visto mucho a David, culpa, recelo, nunca lo sabré.
Como es impermeable, cuando tropieza con algo sigue caminando como si nada, como si la comunicación fuese innecesaria y el silencio administrativo la solución definitiva para cualquier conflicto.
A los trece años perdí a mi mejor amiga, la Aida, porque se nos ocurrió jugar a verdad o reto en un recreo y resulta que a los chavales decir las verdades les supone un esfuerzo sobrehumano, una amenaza directa para su virilidad.
Cuando fue mi turno con el Celso era obvio que no iba a elegir verdad, porque en sexto se meó en los pantalones, así que dijo reto, y a alguien le pareció muy gracioso que nos metiéramos cinco minutos juntos en el chiringo de las cosas de Educación Física.
La Aida, que nunca jugaba a verdad o reto, estaba enamorada del Celso, y ya es mala suerte, pero pasó por delante de la caseta justo cuando el Celso y yo salíamos, primero él, luego yo, y me fulminó con la mirada y nunca más me habló, así que no pude contarle que durante aquellos cinco minutos el Celso y yo ni siquiera nos tocamos y que él aprovechó para contarme que estaba pillado por ella.
Mira que es terca la Aida, que si me hubiera escuchado una de las ochocientas veces que intenté contárselo pues no te digo yo que se hubieran casado ni nada, pero por lo menos habría vivido la historia de amor adolescente que siempre quiso.
La comunicación es el auténtico sana sana que todos necesitamos. A veces decir las cosas no sirve para sanar, pero por lo menos desinfecta.
El sonido del telefonillo me asusta cada vez que suena, porque aunque lleve aquí ya varios años no me doy acostumbrado a que esta sea mi casa y cualquier ruido que altere la pachorra de universitaria que para estudiar necesita silencio de funeral pues me da yuyu.
Al preguntar quién es responden «yo» y abro porque reconozco la voz.
David entra en mi cuarto y bromea, «si le abres a cualquiera que responda “yo” un día vas a llevarte un susto gordo», y me besa en la mejilla y me pregunta qué tal estoy, si es un buen momento o ando liada, y me mira y noto, en su manera de dejar caer las cejas y los extremos de la boca, que me está intentando pedir perdón.
Pero no lo hace. Solo intenta complacerme y evitar cualquier mención a lo sucedido.
No dice «teoría», ni «homosexual», ni «semana», ni «disco», ni «planeta».
Su estrategia funciona y el fuego no vuelve a prender.
Quererle me raspa y por eso luego viene con el sana sana .
—¿Y si nos quedamos aquí toda la vida?
—Así no tendrías que enseñarme a vivir sin ti .