CLAUDIA
A veces me gustaría quedarme el sábado por la noche en casa, porque yo seré muy joven pero en el fondo de mi alma habita una señora de ochenta y seis años con bata a la que le flipa poner un buen programa de variedades nocturno y tomarse un chocolate y quedarse dormida en la butaca del salón y despertarse con sus propios ronquidos, que yo si duermo bocarriba pues ronco como un jabalí.
No sé si es normal no sentir, por quedarme una noche en casa, que estoy perdiendo la juventud, pero me da igual porque para mí es todo lo contrario, un alto en el camino para coger fuerzas y así aprovecharla mejor.
Además, la mitad de las veces que salgo al final me quedo sola mirando a David pinchar, porque los demás ya se han ido, y aunque él se esfuerza en ponerme temas que me gusten, a veces prefiero esquinarme en la barra antes que aguantar a sus amigos contando batallitas del Festival de Benicasim o las frases de ligar de los señores de la droga, «deja de jugar con niños y vente con los mayores», un guiño, un poco de lengua lamiéndose el labio inferior, porque los señores de la droga sí que saben lo que de verdad nos gusta a las de veinte.
Pero hoy David no tiene que ir a ningún bar y es sábado y le he propuesto que si vemos unas pelis en casa y no sé qué y no sé cuánto, pero claro, para un día que no tiene que trabajar pues le apetece estar por ahí, del otro lado de la barra, que la verdad siendo un poco espabilada pues se entiende perfectamente.
Al final tener pareja también consiste en ceder, y en empatizar, como el día en que David se dejó uno de los estuches de cedés en su casa y ni siquiera tuvo que pedirme que fuese a buscarlo, porque el pobre llegaba tarde y este, como vive en Tetuán, si hay prisa tiene que pillarse taxi.
El Tempo II es el bar de Pepe y Martín, unos viejos muy riquiños que van vestidos como los camareros de antes, así con chaleco y pajarita, y llevan un paño blanco colgando del brazo cuando van a atenderte.
Los sofás son de terciopelo verde, o por lo menos en algún momento lo fueron, y la pared de la derecha es un espejo enorme por donde puedes guichar quién entra y quién sale, o espiar a los que están de pie en la barra, aunque casi todo el mundo lo usa para saber quién morrea con quién en los sofás del fondo.
En realidad el Tempo II es como un pub irlandés donde suenan Deneuve y Yo La Tengo.
Venimos mucho porque la copas de aquí no dan resaca y son más baratas que en otros sitios y porque en el Palentino ya hay demasiada gente y cuando las cosas se masifican como que pierden un poco el encanto.
Además, el Tempo II es el bar favorito de David.
Yo le digo que tiene que venir a Coruña, que hay un sitio que me recuerda mucho a este pero es más para tomar un chocolate con churros o un vermú en copa de Martini, tiene pinta de casino antiguo y se llama Manhattan.
La mirada de David se extravía, «ojalá ser el Doctor Manhattan», y tras el susurro se ríe solo y nadie entiende nada y seguimos hablando de lo de siempre y alguien dice que ha vuelto a escuchar Una semana en el motor de un autobús pero desde otra perspectiva y que es evidente que es un disco conceptual y blablablá, y yo escucho y me preparo para destrozar todos sus argumentos con mi teoría de que en realidad es un disco sobre un amor homosexual entre dos hombres heterobásicos incapaces de reconocer lo obvio.
Pero no tengo oportunidad de soltar la versión perfeccionada de mi speech porque David se echa hacia delante en su sofá monoplaza y da una palmada sonora en la mesa que hace que todos los vasos se tambaleen.
—Va, no seas subnormal, tío, si está claro que ese disco es una declaración de amor de Jota a Florent.
Espero un segundo, porque de toda la vida creo muy fuerte en el beneficio de la duda, en la presunción de inocencia y en todo ese tipo de conceptos según los cuales una condena prematura puede ser una condena equivocada.
Lo miro, a ver si me da pie a explicar mi análisis del disco, pero David continúa exponiendo mi hipótesis, haciéndola suya con tanto descaro que hasta busca mi validación con los ojos.
Y yo me quedo sentada como si una meiga de Cangas de Morrazo me hubiese paralizado con sus poderes, como si hubiese anulado con su hechizo cualquier capacidad de reacción, y un cosquilleo en las manos hace que se me duerman y me levanto y me disculpo aunque no sé de qué, por qué, y me meto en el baño y desde el espejo me mira una desconocida.
Me toco la cara a ver si desaparece el cosquilleo y me mojo la nuca, como si el remedio de mi abuela para los bajones de tensión fuese un bálsamo universal.
Pero el hormigueo no se va, sino que se esparce por mi cuerpo como ese limón al que le ha crecido pelo blanco y se ha puesto verde y les traspasa su peste a los demás limones solo con rozarles un poco la corteza.
Y me pregunto si la vida va a ser siempre así, una decepción tras otra para mi inteligencia.
Al volver le pido a David que salgamos a fumar y a que nos dé el aire, que yo apenas fumo pero cuando bebo me da el antojo, a mi madre le pasa igual, lleva treinta años fumando solo el cigarro de la tertulia de los viernes con el vermú rojo y las cuatro gotas de Beefeater.
—¿Por qué coño me has robado mi teoría? —Enciendo un cigarrillo sin mirar siquiera a David.
—¿Cómo que tu teoría? Si esta movida te la conté un día y medio te reíste de mí. Estaba Marta, puedes preguntarle a ella —me contesta, apoyado en el palo de una señal de tráfico, con una convicción que haría dudar a cualquiera.
—No es verdad —le digo, sin dejar de mirar al suelo.
A cualquiera menos a mí.
—No me hagas dudar de mí mismo, eh, que no tengo necesidad ninguna de mentir. Pero vamos, que si quieres que te diga que todo fue idea tuya, pues para ti, ya ves tú. Anda, vamos para dentro.
David me pasa el brazo por detrás de los hombros y mi cuerpo se tensa como un resorte o como una alarma, no lo sé, igual se ha liado, que yo esto lo cuento siempre que suenan Los Planetas en un bar y al final las cosas que escuchamos muchas veces tendemos a hacerla nuestras, el síndrome Mandela creo que se llama, lo usan mucho en política, eso y lo de mentir hasta que la mentira se disfraza de verdad y todo el mundo la acepta.
Tampoco es que me moleste que lo haya contado, pero reconozco que me pica un poco que niegue la realidad para dárselas de intelectual con sus colegas.
Porque esa lectura del disco es mía. Diga David lo que diga .