DAVID
Cuando el Chuti me preguntó quién me gustaría ser si pudiera elegir, le respondí que el Doctor Manhattan.
Tener el poder sobre el tiempo. Pararlo a mi antojo y no envejecer tan rápido.
Ni tan consumido. Poder decidir despacio, tomándome todo el tiempo necesario para encontrar el razonamiento que lleve al éxito.
Analizar a los demás. Vivir en el pasado, en el presente y en el futuro a la vez y organizarlo todo simultáneamente, en un ejercicio de perfección.
Controlar el tiempo me permitiría ajustar a mi antojo la vida.
Me gustaría ir al pasado a pegarle más fuerte a mi padre, que aquel incidente no se hubiese quedado en una rabieta.
Ir al futuro para comprobar que no me he convertido en un flojo.
Asegurarme de que en mi presente nadie invada mi privacidad, mi espacio ni mis decisiones.
La libertad que he trabajado. La independencia que merezco.
El tiempo es un enemigo que te raja la piel.
Y por dentro también deja marcas. Maneja a su antojo tu aspecto, tu manera de caminar.
Y a menudo te recuerda que el pasado es lo único inamovible.
Que hoy mañana será ayer. El paso del tiempo te va recolocando.
De repente eres demasiado viejo para esto pero no lo suficientemente mayor para lo otro.
Y un día cualquiera, al despertar, te das cuenta de que las manos te han envejecido.
Y de que sientes un montón de dolores que antes no tenías, al menos por fuera.
Te ceden el sitio en el metro y en el ambulatorio, y las canciones que te gustan ya no suenan por la radio.
Te vas preparando para convertirte en alguien invisible.
La vejez, al final, va de eso, de no importarle a nadie.
«Es broma», le digo, «en realidad me gustaría ser Superman, como a todo Dios.
¿Quién querría controlar el tiempo pudiendo ser inmortal e invencible?
». Me río y le doy un trago a la cerveza y pienso que si Claudia se hubiese quedado entendería todo lo que estoy diciendo, porque ella es capaz de ordenar mis ideas, de volverlas coherentes.
Ni siquiera nos hace falta ponerle etiquetas a esto que tenemos: con respetarnos y darnos libertad, da igual lo que suceda.
Con Claudia es tan sencillo hablar que a veces me asusta.
Me fascina que termine algunas de mis frases, y que se aprenda las letras de las canciones que le pongo escuchándolas solo dos veces.
Que recuerde mi cumpleaños o cuándo fue la primera vez que la llamé Isobel, hace ya tanto tiempo.
Pero el tiempo es el único poder que no podemos dominar.
Se lo contaré mañana, cuando se encuentre un poco mejor .