CLAUDIA
—¿Por qué no coges? —me pregunta David.
El teléfono suena una decena de veces.
—Es mi madre.
—¿Y? —insiste.
—Pues que no me apetece escucharla decirme que coma menos que estoy gorda, que me haga coleta que estoy más guapa o que a ver qué vaquero me voy a poner que seguro que se me nota la braga. —Se lo digo sin mirarlo porque me da miedo que él también piense todas esas cosas de mí.
—Entendido. Pues venga, levántate, hazte el flequillo, ponte los Levi’s y te invito a cenar chino por ahí. —Y David me abraza, como si así fuese capaz de apretar también el miedo.
—Eres tontísimo.
Mientras me visto, porque no soy yo sospechosa de ser difícil de convencer para cenar fuera, me doy cuenta de que las fotos de mi escritorio siguen ahí ciscadas, y de que si ya llevan dos años en el mismo sitio es mejor dejarlas y ahorrarme el trabajo de quitarlas cuando me vaya.
Es la primera vez que pienso en que algún día me iré de aquí.
El cuarto huele un poco a cama, a cama después de las cosas del sexo quiero decir, y me gustaría abrir la puerta y correr la ventana y airear este ambiente cargado, pero desde que David y yo estamos juntos Marta se encierra en su habitación cada vez que él entra en casa y es todo muy raro.
Ahora va a otros bares con otra gente y ya no queda rastro ni de Hugo, ni de Natalia, ni de Patricia, y aunque casi nunca la veo podría asegurar que está más delgada, Marta, digo.
La última vez que hablamos me deseó suerte y me dijo que estaba avisada, y si hay algún motivo por el que Marta odia tanto a David, sé que ninguno de los dos me lo va a contar nunca.
«Ya sabes cómo es», dicen el uno del otro, y con eso se justifican.
No me gustaría perder a Marta y que ya no nos quedemos hasta las tantas escuchando los recopilatorios de la Rockdelux para adivinar cuál va a ser nuestra siguiente obsesión, o cuando dormimos juntas porque me da pereza irme a mi cuarto y que ella bromee, «ya que estás aquí no querrás probarlo», y me entre al morro y yo le haga la cobra y me esperreche de la risa.
Extraño cogerle las camisetas del FIB y de Sexy Sadie sin permiso y encontrármela en el Freeway y que me amenace con matarme si aparecen con una china y abrazarnos y tomar chupitos y pedir «The Bitter End» y hacer como que bailamos y acabar en el piso de una desconocida, yo diciendo que no a las drogas, ella probándolas todas.
Echo de menos a Marta, y presiento, no sé por qué, que este no es el momento de mi vida en el que más la voy a extrañar.
El restaurante chino no está muy allá, pero ya se sabe que los mejores sitios no son los que mejor visten, o al menos eso dijo mi padre el día que fuimos a Oporto y estuvimos dando vueltas buscando dónde comer porque mi madre quería ir a un restaurante fino pero él es muy terco y solo se fía si hay mantel blanco de papel, y al final tardamos una hora en encontrar uno y casi no nos atienden, porque en Portugal comen a la hora que nosotros tomamos el vermú.
Pero me da igual que no sea el mejor restaurante del mundo, que en los baños no haya papel del culo o que los camareros ni siquiera sean chinos, lo único que me importa de verdad es que tengan cerdo agridulce y una cocacola con hielo y limón.
David mira la carta y frunce el ceño como si estuviera tratando de resolver una derivada y a mí me hacen gracia las caras choscas que pone sin darse cuenta cuando está relajado.
El resto del tiempo suele tener la misma expresión de llevar un palo metido por el culo, en las fotos, pinchando, sentado en la terraza del Dos de Mayo.
Levanta la mano y hace un gesto horroroso, pero socialmente aceptado, para llamar la atención del camarero.
Pide dos rollitos de primavera, brotes de bambú y setas salteadas y tallarines con algas.
Y cuando yo trato de decirle que a mí me apetece cerdo agridulce estira el brazo con la mano abierta, como diciendo «espera, espera, que no he terminado», y pide una botella de vino tinto.
Y me callo y asiento y pienso que claro, él lo hace porque me quiere invitar y cómo le voy a decir yo que no me apetece la ternera o que el vino no me va, y entiendo que es mejor aceptar el plan y ya otro día me zampo el cerdo y que la cocacola, pues bueno, la cocacola la puedo tomar mañana en cualquier bar.
Me fascina ver comer a David porque nunca come con las manos y tiene una única servilleta que le dura toda la comida, no como yo, que dejo el plato rodeado de gurruños porque soy incapaz de apañarme con una.
Cada vez que se mete un bocado en la boca se limpia, y cada vez que bebe también.
El vino del chino está malísimo, pero me da vergüenza pedir una gaseosa y quedar como una paleta, así que uso el truco de servirle a David cuando tiene la copa medio vacía y yo me echo un culín para que parezca que bebemos lo mismo.
Es un truco que me enseñó mi madre para comer poco sin que se note.
Mi madre no sabe que pesar más de 50 kilos no es delito.
Al principio me daba igual su opinión, pero tras años de comentarios, «tú verás lo que haces», pues las inseguridades crecen entre las grietas, como las malas hierbas, cuando una se va rompiendo.
El truco no tiene nada, solo hay que coger un poquito de aquí un poquito de allá de todas las comidas que haya, marearlas mucho con el tenedor, probarlas, dejar algunos restos como si te hubieras empachado y opinar, sobre todo opinar.
Si tienes opinión del aperitivo, del entrante y del plato principal todo el mundo dará por hecho que has comido de todo.
Mi madre nunca ha estado gorda pero tiene las tetas muy grandes y los tobillos muy finos y siempre tuvo complejo de botijo invertido.
Que mi padre la llame «mujerona» pues me imagino que tampoco la ayuda a calmar su obsesión por la delgadez.
Mi padre tiene una barriga de circunferencia perfecta que anticipa un posible infarto futuro, o algún tipo de problema circulatorio patrocinado por los chuletones de los lunes, los miércoles y los viernes, que son los días que come con sus compañeros abogados.
Mi padre no sabe ser cariñoso y lo más cerca que ha estado de decirme que me quiere son las dos bofetadas cariñosas en la mejilla cuando toma un licor café después de cenar, «ay, neniña, que ayer eras solo un bolindre».
Yo no sé si mis padres se quieren, si se han querido alguna vez o si es que la vida los llevó a un estado de calma donde cada uno hace lo que le apetece: mi padre va a las comilonas de empresa y mi madre a la tertulia de los viernes con las vecinas.
Apostaría a que mis padres solo se acuestan tres veces al año, en sus cumpleaños y por Navidad, y que ninguno de los dos sabe ni siquiera cuál es la película favorita del otro y por eso se regalan siempre lo mismo en diferentes colores, las corbatas, los chales.
Pero prefiero creer, aunque nuestros conceptos de lo que es el amor sean muy distintos, que se quieren, que se quieren de verdad, con sus besos en la comisura de los labios al final del día y cuando cantan a dos voces esas canciones de Ana Belén en Nochebuena delante de toda la familia.
—Y por eso Be Here Now es el disco que mató al britpop aunque muchos otros grupos tratasen de seguir con el tema.
David, gracias a mi don de afirmar con la cabeza cuando desconecto, no se ha dado cuenta de que durante el postre estaba a por uvas.
—Los Gallagher son unos retrasados que tienen cinco canciones bonitas, los buenos de verdad son Blur.
Le doy un trago al vino y me quedo callada, esperando a que David se pique para decirle que no, que es broma, que me gusta más Oasis. Dios, no me acordaba de lo malísimo que estaba el vino.
—En realidad todo es una guerra de la prensa. Es como cuando nos quisieron vender que Kurt Cobain era una persona comprometida cuando solo era otro tipo mediocre que quería hacerse millonario.
David odia a Nirvana aunque tenga todos sus discos.
Yo odio que odie, que lo odie todo. Un dolor familiar me ataca la barriga y me digo que ojalá fuese la comida grasienta o el vino horroroso, pero no, por desgracia este no es un dolor que pueda solucionar cagando en el baño del chino.
Además, nadie ha puesto papel en toda la noche y tendría que recurrir a la técnica secreta de Marta y sería ilegal, porque solo se puede utilizar cuando no te das cuenta de que no hay papel y ya es demasiado tarde y levantarse no es una opción porque si te quitas las bragas y te las vuelves a poner es muy probable que se quede la zurraspa.
En ese instante de pánico Marta se quita un calcetín y se lo pasa por el culo a modo de guante, quitando cualquier resto de mierda que pudiera quedar.
Una vez limpia, deja el calcetín en el cubo de las compresas, menos aquella vez que no había cubo y lo metió dentro de la cisterna.
Pero este dolor no es un retortijón.
Ojalá no tuviera que fingir que estoy bien ni decir que tengo cosas que hacer porque la tortura me vuelve inútil y anula todas mis capacidades y lo único que quiero es retorcerme metida en la cama con alguien al lado que me cuide con mis picos de humor y mis ganas de llorar.
Supongo que esa persona no es David, que ya apura el paso hacia el bar donde ha quedado con unos tipos que ni siquiera son sus amigos para tomar la primera, primera que siempre se convierte en la segunda y muchas veces en la octava.
Supongo que esa persona no es David, porque me ha visto agarrarme el vientre y achinar los ojos como los miopes cuando quieren enfocar y ni siquiera me ha preguntado si me pasa algo.
Justo antes de llegar le digo que no me encuentro bien, que preferiría ir a casa, que no aguanto el dolor, y él me contesta que vale, que lo entiende, que si me encuentro mal es mejor que descanse, que ya nos veremos mañana, que buenas noches.
Me da un beso, me acaricia el brazo a la altura del hombro, sana sana culito de rana , y me deja encogida y mareada en medio de la Corredera de San Pablo.
Yo solo quería que viniera conmigo y me hiciera un té y me pusiera algunas de esas canciones tristes como la de Mazzy Star y Portishead y quedarnos en silencio o que hablase él y me contase cosas tristes de su padre, de su infancia, de cuando hizo la mili y no aprendió nada, de cómo perdió la virginidad con una tía mucho más mayor que él. Pero no fui capaz de pedírselo.
Al llegar a casa todo está muy oscuro y muy frío y el silencio tiene un aire mortecino.
Me aguanto la arcada hasta llegar al baño.
Me encantaría entrar en la habitación de Marta y meterme en su cama a dormir y que ella me cuidase como antes, pero el piso está vacío.
Y aunque no lo estuviera, Marta todavía me esquiva.
En mi cuarto, los números rojos del despertador de la mesilla me alumbran lo suficiente como para no tener que encender las luces. Ni siquiera me voy a desvestir. Por lo menos ayer puse las sábanas de coralina .