David y Claudia CLAUDIA #2
59%

CLAUDIA #2

A lo que voy, que como al final Frank Black no salió a cantar se notó una decepción bastante compartida en el ambiente, como cuando iba con mi padre al bar a ver el partido del Depor y perdían y de repente podías escuchar el zumbido del aire al abrirse la puerta.

A mí como Placebo me gustan pues me dio bastante igual que no saliese el Pixie, yo lo que quería era cantar el «Nancy Boy» y luego irme a papar una hamburguesa, porque a Ana la cerveza le abrirá las piernas pero a mí lo que me da es un hambre negra.

No sé si será la cerveza, pero en la cola de las hamburguesas veo algunos fantasmas: una chavala que se metía mucho conmigo en el colegio, el ex de una amiga que era muy violento aunque ella nunca nos habló del tema y, a lo lejos, una camisa de cuadros verde como la que llevaba David la primera vez que lo vi.

Por un momento creo que es él y un latigazo agudo me recorre la espina dorsal como si me la estuvieran cosiendo sin anestesia.

No lo he vuelto a ver. Tampoco he pensado en qué haría si me lo encontrase por casualidad, aunque sé que en algún momento pasará, que Madrid es un pueblo aunque esté lleno de gente y parezca muy grande, y yo al final tengo la sensación de cruzarme siempre con las mismas personas en las mismas calles y me siento un poco como Bill Murray en aquella peli del día de la marmota.

No sé si no estoy preparada para cruzármelo otra vez o si solo es que algunos días me veo más fea, más gorda, más tonta de lo normal, y por eso lo único que quiero es maldecir a todo el mundo desde debajo del edredón.

Es la cerveza lo que me hace rayarme, supongo. Y el hambre.

Ana se marcha con el Brett Anderson de marca blanca con el que estaba morreando, le digo que sí, que claro, que no pasa nada, que total solo queda el concierto de Suede y me sé el camino de vuelta a su piso, una línea recta sin fin que solo hay que romper para girar a la derecha en la comisaría.

Ella se ríe cuando le digo que si ve que en unas horas no llego me busque allí.

Y se ríe porque no sería la primera vez.

Cuando terminamos el instituto, nos fuimos de cena con toda la clase a un sitio que se llamaba El Casino, donde por mil pesetas te daban de cenar embutidos, ensalada, marisco (bueno, dos langostinos por persona), carrilleras, comtessa de postre y vino de la casa a esgalla.

Y claro, nos cogimos un pedo tremendo y la mitad de la mesa a la una de la mañana ya estaba vomitando.

Nosotras nos fuimos. En el camino de vuelta, vimos un Seat Panda de la policía aparcado, con la luz de la sirena encima del techo.

Ana la cogió, se la puso en la cabeza y empezó a correr gritando «niiiiiiiinoooooo, niiiiiiiinoooooo», y yo la perseguí para quitarle la luz y dejarla en su sitio, pero los policías no entendieron mis intenciones y dieron por hecho que éramos dos gamberras alterando el orden público, hurto incluido.

Nos llevaron a comisaría y nos dijeron que podíamos hacer una llamada, con lo que todos mis prejuicios cinematográficos quedaron confirmados y todos mis sueños hechos realidad, y aunque yo llamé a mi madre por aquello de que la suya sería una reprimenda más soportable, quien apareció para recogernos fue mi padre.

Confesé haber sido yo la ladrona porque los padres de Ana, bueno, digamos que se pasan más rato ebrios que sobrios y a veces utilizan métodos dudosos para resolver los conflictos, así que preferí declararme culpable, por si acaso.

A mí me cayó una turra y varios castigos inofensivos: un fin de semana sin salir, irme al pueblo a sachar las lechugas y nada de recargar el saldo.

No me importa quedarme sola. Durante mi adolescencia fue algo habitual, igual por eso acepté aquella extraña relación conmigo misma, aprendí a odiarme y a quererme al mismo tiempo, durante semanas me caía fatal y luego me sometía a una especie de terapia, o más bien tortura, en la que analizaba cada decisión y diagnosticaba cada conducta.

Mis traumas, un dormitorio infantil lleno de pósteres que ya no me representaban pegados con celo en la pared y yo.

No sé si era que estaba muy sola o que a mi alrededor a nadie le interesaba nada más que saber a quién le gustaba quién y no quedarse demasiado fuera, porque durante un tiempo solo hubo dos opciones: callar y camuflarme o decidir ser la de la música rara y las películas demasiado largas.

Suede es uno de esos grupos que nunca han sacado una canción divertida y tampoco lo necesitan, llevan un mensaje propio que conecta con personas concretas en lugares concretos en épocas concretas y por eso todo el mundo levanta los puños y grita los estribillos y nadie baila porque no hay nada que bailar.

Bueno, nadie salvo Brett Anderson, que podría menear el culo hasta con la canción del telediario y seguiría siendo atractivo.

Una tensión sexual urgente sobrevuela la muchedumbre, puedo incluso olerla, ese olor a feromonas, puedo verlas a ellas deseando que sus novios se compren esa ropa y reproduzcan esas oscilaciones andróginas, puedo verlos a ellos deseando que sus novias sean novios.

Yo estoy justo delante de la mesa de control de sonido, porque David una vez me explicó que si los del sonido se ponían ahí será porque es el mejor sitio para escuchar un concierto. También lo odio por sus razonamientos lógicos, y porque nunca se me ocurran a mí primero.

Un loco con el pelo rojo de punta pasa corriendo y veo desde aquí cómo estira su mano para agarrar a Brett de la camiseta mientras canta en el foso de la prensa.

Una pareja más mayor que yo se abraza y se acunan el uno al otro con una cadencia de nana infantil.

A mi lado, un gafapasta de flequillo que arrastra las erres critica todo cuanto sucede en el escenario.

Y yo, sola en medio de un estribillo perfecto, me quedo quieta. Esperando a que algo pase.

Just trash, me and you

It’s in everything we do.

Y el mundo se suspende y surge una calma nueva en medio de la nada.

Me and you

Me and you.

David y Claudia, pienso.

David y Claudia .