David y Claudia CLAUDIA
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CLAUDIA

Un chaval apenas unos años mayor que yo se mueve sobre el escenario del hall del multiusos del Sar como si fuese una especie de Jarvis Coker principiante que todavía no sabe cómo enlazar los bailes.

El flequillo se le balancea de lado a lado y canta en un inglés con poco xeito, como si hubiese traducido las frases con un diccionario y hubieran perdido el significado por el camino y ahora solo fueran melodías cantadas con un lejano aire british.

La verdad es que tampoco me importa mucho.

No tengo ni idea de lo que dicen la mayoría de las canciones en inglés que escucho y me da miedo saberlo por si de repente me dejan de gustar, ya me pasó una vez que traduje «Karma Police» y no me enteré de nada y decidí que hablaba sobre una persona que se va a una ciudad que no conoce y se pierde y da vueltas y vueltas y no encuentra el sitio que está buscando pero en realidad solo está caminando en círculos y su destino está justo al lado, pegado a la circunferencia sobre la que camina, y al final lo encuentra porque le entra el hambre y huele un sitio de perritos calientes que está al lado de su hotel.

Otra vez la comida solucionándolo todo.

A la entrada del pabellón del Santirock, un segurata revisa los bolsos y cachea a la gente.

A mí me tocó el culo tres veces y a la cuarta le dije que si le parecía que estaba en su sitio o si me lo tenía que quitar y guardarlo en el bolso, y no se sonrojó, pero se enfadó.

Ana, que venía justo detrás de mí, entró de espaldas levantando el abrigo y meneando el culo, y al tipo le salió el odio todo por las orejas y habría deseado echarnos de allí a patadas, pero no.

Luego celebramos con cerveza una pequeña derrota de los tíos, una gran victoria para nosotras.

El escenario donde toca Second, el grupo del rapaciño del flequillo, está justo en la entrada, como para dar la bienvenida, y en él ponen a los artistas menos conocidos, que según las revistas son los que merecen la pena de estas cosas.

Luego lo gordo lo hacen abajo, en la pista del pabellón.

Al bajar, los laterales están llenos de puestos de camisetas, chapas, discos y comida, y yo me lo quiero comprar todo, y Ana se pilla una chapa que pone «Ser hetero también mola», y le hace tanta gracia que se le va enseñando a todo el mundo como si hubiera descubierto algo extraordinario.

Adoro a Ana por cosas como esta, por ser espontánea, por ser capaz de disfrutar de verdad de las tonterías, aunque luego siempre termine abandonándome por algún maromo que conoció en el baño o en la cola de la barra, porque a Ana, como es la típica amiga buenorra, le cuesta muy poco ligar y a la mínima engancha con alguno.

Ella suele decir que no puede beber cerveza porque se le abren las piernas, y después se ríe y te contagia y te ríes tanto que al cabo de un rato ya no te acuerdas ni de qué te estabas riendo.

Ando un poco nerviosa porque me siento en una especie de Woodstock moderno: aunque con menos droga y sin la mierda de los váteres cayendo por el medio de la gente como en el 96, aquí la gente también se sienta en el suelo entre conciertos a fumar y beber y lucir modelito y no acordarse de lo que pasa fuera.

He visto a gente del colegio, a los hermanos mayores de mis amigas e incluso a una profesora de Ética de 2º de BUP a la que le dije que su asignatura era prescindible, pero que claro, yo no era católica y era eso o chaparme la historia del Espíritu Santo y no era plan, así que le pedí que no me lo tuviera en cuenta si no le prestaba mucha atención.

Una vez me la encontré de noche y me invitó a un porro y me dijo que le caía bien porque siempre fui muy sincera, y pensé que a veces los tópicos se desbordan por las esquinas de la vida.

Irantzu, que es como se llama la cantante de La Buena Vida, no afina del todo en directo, pero tampoco lo necesita porque las canciones no van de eso, van del amor y de la muerte y de la necesidad que tiene el mundo de que existan las cosas bonitas.

Da igual que no hayan traído vientos ni cuerdas y que lo hagan todo con el teclado, porque este concierto y este vestido de hilo son lo único que necesito ahora mismo para ser feliz.

Ana de vez en cuando me agarra del brazo o me aprieta con la mano, como para decirme que está ahí.

Ana nunca pregunta, ni juzga, ni duda, haya pasado lo que haya pasado, de que la culpa es del tío de turno, no de su amiga.

Tocan «Tormenta en la mañana de la vida» y pienso en que si la cantase Amaral sonaría en todas las casas, y que la línea invisible que separa lo comercial de lo indie es tan fina que en algún momento se va a romper y entonces un cóctel extraño de artistas inconexos invadirán las radios y los escenarios y nos sentiremos menos especiales.

Qué tontería, pensar que somos distintos por escuchar discos que en realidad les molan a miles de personas, ni yo descubrí a Belle & Sebastian ni ella a Sonic Youth, pero aunque sea algo irracional, sentir que no soy como los demás me llena el hueco de la caja torácica que tuve vacío muchos años.

Quizás por eso existen las tribus urbanas, nacen porque todos necesitamos pertenecer a algún lado y luego mueren porque la realidad se impone sin piedad y demuestra que nadie es único, o peor, que lo somos todos, y lo genuino se acaba asfixiando a sí mismo por haberse fotocopiado demasiado.

Pero formar parte de algo alimenta mi fe en la humanidad y en los desconocidos con los que comparto espacio, porque creo que es más fácil descubrir quién eres cuando puedes identificarte con otros.

La Claudia de los catorce años no quería ser médico y estaba obsesionada con Alejandro Sanz, juraba que nunca se iba a poner vaqueros y pensaba que era mejor ser ama de casa, que así no tendría que ir a ningún lado ni relacionarme con extraños a los que no necesitaba conocer.

Porque a la Claudia de los catorce le gustaba East 17 y se vestía como podía, con una colección de trapos incoherentes, deslavazados, sin xeito ninguno.

La Claudia de los catorce todavía vive un poco en mí, como todas las Claudias que fui y que conviven en relativa armonía, repartidas por los huecos olvidados de mi cuerpo.

La Claudia de dieciséis, por ejemplo, le lleva la contraria y me dice que no le importa que me equivoque otra vez, que menudo asco de vida si siempre tomase la decisión correcta, que el ser humano necesita un poco de drama para aderezar la existencia, y yo le respondo que no, que los únicos dramas que necesito a los dieciocho son chorradas, como que me molesten un poco los gallos de Irantzu o que las Gazelle me aprieten porque tengo el pie ancho.

A mi derecha Ana abre los ojos y me mira mientras se morrea con un rapaz sin nombre que viste como Brett Anderson. Levanta el pulgar de la mano derecha mientras le agarra el culo con la izquierda.

Ojalá ser Ana para morrear y no pensar.

Ojalá no ser yo, no ser nadie.

Al fondo Placebo cantan el «Where is my mind» de los Pixies, y el público se tensa porque espera que Frank Black salga del backstage para acompañar a Molko, pero no sucede, y los más mayores se lamentan porque puede que los Pixies nunca vuelvan y esto es lo más cerca que van a estar de verlos.

No sé cómo será ver dentro de veinte años a todos los grupos que me gustan ahora, si cuando tengan sesenta y yo cuarenta me parecerá estar ante un intento nostálgico de querer ser quien fui una vez o si dentro de veinte años me seguirán interesando los mismos grupos, que ya serán viejos, y me convertiré en una de esas personas que solo escuchan las canciones que escuchaban en el colegio o en la universidad y que reproducen frases que nacieron gastadas, «ya no se hace música como la de antes», «en mis tiempos todo era mejor», y me casaré con un tipo cualquiera pero en los bares seguiré pidiendo la canción que me recuerda a mi primer novio.

Mi primer novio fue el Jaime. A los diez años.

Era bueniño y se preocupaba por mí, y todavía no pensábamos en el sexo ni nada de eso, nos gustábamos de manera inocente porque nos divertíamos y yo de niña era muy guapa, así como la prota de Sabrina, cosas de brujas , y él era como Macauly Culkin y hacía las típicas cosas de niños, jugar al fútbol, competir a ver quién mea más lejos, pero también le gustaba pintar y cuando se lo pedía me peinaba en las extraescolares.

Un día apareció con el Doval, que era el quinqui del colegio, y me dijo que a ver qué, que si íbamos a ser novios y darnos besos con lengua y eso, que si no no quería perder el tiempo.

Y yo sé que lo hizo por presión, por hacerse el machote y el chulo, y que le pudo el entorno, pero yo le dije que no, que si de verdad quería eso la que había perdido el tiempo con él era yo.

Yo qué sé, madurez prematura de infancia contradictoria.

La canción que me recuerda al Jaime, por cierto, es «Shiny Happy People» de R.E.M.

porque nos la ponían en las clases de Inglés.

Pero no me gustaría terminar viviendo del pasado, como si la vida no consistiese en redescubrirse a una misma todas las veces que hagan falta y, por qué no decirlo, también en reírse de todas las trapalladas que vas haciendo por el camino.

Me gustaría poder decir que me dará igual dónde estén The White Stripes, PJ Harvey o EELS dentro de treinta años, espero que retirados, porque estaré escuchando canciones nuevas, viendo películas nuevas, seré una Claudia nueva, a lo mejor pija, igual comunista, no lo sé, solo sé que ya no quiero ser ama de casa pero sí ponerme vaqueros.