DAVID
La ciudad parece mucho más grande si no estás.
Es el último mensaje que le envié a Claudia.
Todavía no me ha contestado. No la culpo tampoco, hace tiempo que acepté que los errores forman parte del proceso, que somos el resultado de todas las veces que no acertamos.
Que arrepentirse es inútil. Nos pasamos toda la vida moldeando un yo a hostias: el pie en el agujero, el falso adoquín que te moja la tibia si lo pisas los días de lluvia.
No lo había planeado, pero ahí está ella.
Al fondo de la barra, de la gente, del hilo musical.
Al final de todas mis catástrofes.
No había planeado venir. Ni siquiera sabía que Santiago estaba tan cerca de Coruña, ni que tres meses de silencio pudiesen romperse así, entre la multitud de un festival.
Llegar a Santiago desde Madrid es un suplicio.
El asiento del autobús no me dio tregua y se me clavó durante las seis horas de viaje.
En el culo, en los codos. Detrás, una señora y su hijo luchaban por no vomitar.
A mi lado, un hombre de una edad cualquiera se sacaba los mocos, los hacía bola y los lanzaba al vacío.
Las pilas del MP3 se me agotaron y el bamboleo mecía mis ganas de mear.
Me recogió Marcos en la estación, en su Seat Ibiza magenta. Marcos es el primo del Chuti, viene a visitarlo a Madrid cada Navidad, supongo que para huir de casa. Para drogarse a gusto. O porque, al final, Madrid es Madrid.
Al llegar al recinto, un polideportivo viejo, me quitaron toda la bebida que llevaba escondida en los pantalones. Cuatro botellitas de esas de hotel. Marcos se puso muy nervioso por si le pillaban la droga, porque aunque no es mucha, es la que tenemos para los dos días.
Voy al baño, que los controles me ponen nervioso, y al volver la veo al fondo de la barra con su amiga Ana, la de las fotos que vi el día que dormí en su casa.
Y me quedo congelado. Quiero acercarme como si portase una inmensa bandera blanca, el símbolo definitivo de la paz mundial.
Pero los pies se quedan inmóviles, las manos epilépticas, heladas, y el miedo que no me deja reaccionar, otra vez el miedo y su puta dictadura.
Yo juré no volver a tener miedo de nadie, pero ahí está.
En los pasos de cebra. En las autopistas.
En las entrevistas de trabajo. En los baños de los bares.
Y sobre todo en la verdad. El miedo duerme en el lado de la cama que no uso y a veces me despierta por las noches, por si se me hubiera ocurrido olvidarme de que sigue allí.
Ahora me atrapa en medio de un recinto de festival, en medio de una canción.
Los dos sabemos lo que pasa por nuestra mente, porque ahora sabemos que somos diferentes, ya .
Esperaré un rato. Necesito elaborar algún tipo de plan estratégico para acercarme a ella sin resultar obvio.
Ya lo pensaré, me digo, tampoco he venido tan lejos para sufrir.
Varios bolos después, mi propósito de no cruzarme con Claudia en toda la tarde está funcionando.
Aunque puede ser que me haya visto y también me haya estado evitando.
Nunca lo sabré, pero no la tengo por alguien incapaz de enfrentarse a un conflicto.
Ese soy yo. Ella es racional, tan sensata que resulta casi utópica.
Me abruma. Puede que sea el alcohol, que vuelve borrosas las multitudes.
O la droga, que me impulsa el ansia pero me adormece los sentidos.
O que me he esforzado en no pensar en ella aun sabiendo que sigue ahí. En cualquier rincón.
Cuando creo que he superado esta prueba de escapismo la veo de nuevo. De pie. Bebiendo una cerveza. Sola. La miro como a la luz al fondo de un túnel. Las pupilas crecen. Y es extraño, pero la ansiedad se calma.
En el escenario Brett Anderson hace oscilar sus caderas de un lado a otro, como un bailarín asexual capaz de excitar a cualquier bicho viviente.
Despacio, me coloco detrás de Claudia y permanezco allí, petrificado.
Con el miedo en los bolsillos, en el aire cargado que me atraviesa.
David, no te muevas, que no te sienta . Pero suena «Trash» y ya no sé lo que hago.
Me acerco a su oreja derecha y le susurro:
But we’re trash, you and me
We’re the litter on the breeze
We’re the lovers on the street
Just trash, me and you
It’s in everything we do
It’s in everything we do.
Claudia echa la cabeza hacia atrás. La apoya en mi pecho, cierra los ojos y suspira, creo que de alivio. Yo me quedo quieto. No hay ni rastro del miedo .