David y Claudia CLAUDIA
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CLAUDIA

He dedicado los últimos tres meses a llenar los espacios en blanco que dejó David.

Estudiar, intentar averiguar quién soy, también recuperar algunas cosas de antes: volver a mi ciudad más a menudo y llamar a Ana al menos una vez a la semana para que me cuente los últimos chismorreos de Coruña, que no soy yo nada cotilla pero a ella le hace ilusión y para mí escucharla es un bálsamo contra la rutina.

Ayer Ana me dijo que este fin de semana hay un festival en Santiago bastante guay, el Santirock, y yo me reí y le dije que me parecía un nombre horroroso, como el bar aquel que se llamaba Ceda el Vaso, pero que si lo repites muchas veces pues poco a poco deja de sonar mal.

He decidido ir aunque llegar me lleve seis horas de autobús, porque tocan Suede y Placebo y el cantante de los Pixies y La Buena Vida, que lo mismo me da la llorera pero llorar hay que llorar, y tengo ganas de cogerme un pedo con Ana porque Ana es de ese tipo de borracha que nunca sabes por dónde te va a salir, como el amigo ese de Joey y Chandler que se llamaba Gandalf, que salían de marcha con él y sabe Dios dónde terminaba la noche, o el día, y por eso llevaban calcetines en el bolsillo de la cazadora y algo de dinero canadiense, por lo que pudiera pasar.

Pero como a mí me gusta viajar de noche pues no me entero, porque tengo un don especial para conciliar el sueño en cualquier medio de transporte, o en casi cualquiera, que nunca subí a un carruaje ni a un tractor, pero vaya, que una vez fui a Londres con Marta así en plan low cost y me dormí mientras el avión daba vueltas por la pista buscando por dónde salir.

Al llegar le dije a Marta que era mi primer viaje en avión y que me daba mucha pena haberme dormido y no acordarme de nada y despertarme con la gente aplaudiendo al aterrizar.

Que alguien le diga a la gente, por favor, que deje de aplaudir.

Tampoco he ido nunca a un festival, aunque lo intenté varias veces, siempre sin éxito, porque hasta que cumplí los dieciocho tenía que ir a los conciertos acompañada, y cuando tus padres te llevan a un concierto, por lo menos los míos, no suele ser uno que tú escogerías.

Me llevaron a ver a Presuntos Implicados y a Marta Sánchez, que dicen que es de Coruña aunque nadie puede demostrarlo.

Así que me perdí a todos los grupos que me gustaban por ser demasiado joven.

Hasta me perdí a los Rolling, que nunca me parecieron nada del otro mundo pero tocaron en Vigo y yo qué sé, son unos señores que cualquier día marchan baixo terra y alguna canción bonita pues tienen.

Como el Alsa no tiene baño siempre me fuerzo a mear muchas veces antes de subir, a ver si aguanto las seis horas durmiendo y mi cuerpo se olvida de que tengo la vejiga muy estrecha.

Al bus ya estoy acostumbrada, sobre todo a este, porque se pilla de noche y para cuando llegas ya es la hora de desayunar y no tienes la sensación de haber perdido el día.

Lo malo del Alsa es que los asientos soy muy incómodos y los autubuseros unos bordes.

Lo bueno del Alsa es que el tembleque en carretera hace de mecedora, y que en el nocturno no hay mucha gente, así que puedo ciscarme en dos asientos.

Mi teléfono todavía guarda varios mensajes de David que nunca llegué a contestar, los leo a veces, me pregunto si todavía se acuerda de mí.

Yo pienso en él, en que me hacía sentirme distinta al resto, también en lo sencillo que le resultó romperme, en si soy el número diez, o el diecisiete, de una lista de personas que fueron VIPs en su vida, a las que concedió por un tiempo un trato preferente que se agotó cuando dejamos de interesarle, o cuando le asustó que todo se volviese demasiado importante.

Echo de menos que me mire mientras pincha porque ha puesto «Vacaciones» de Berlanga y sabe que me encanta, que mueva los brazos desde lejos, como tratando de imitar mi manera de bailar, y que nadie alrededor se dé cuenta.

Echo de menos hasta los after y las discusiones de las seis de la mañana, y que odie a Nosoträsh y no entender su adoración por Apeiron.

Echo de menos que no use desodorante porque casi nunca le hace falta, y cómo se le ondula el pelo porque no se lo seca. Echo de menos ser el centro de algo.

Pero aunque lo eche de menos ya no sé si me compensaron los silencios intermitentes cuando me dejaba de hablar de repente, sin motivo, ni las esperas en la esquina de la barra hasta que salía de currar a las tantas, ni las resacas, porque David siempre quería alargar la noche, ni todas esas veces que atropelló mi opinión para instaurar la suya.

Ni siquiera sé si se pueden echar de menos las cosas que no están bien, pero sí sé que no le voy a contestar estos mensajes, y que el hierro que parte en dos los asientos del Alsa se me va a clavar en el culo durante las seis horas que pasaré dormida encima .