CLAUDIA
No sé si algún día terminarán de construir esta facultad y dejaremos de andar entre puentes y pasarelas, que yo soy muy torpe y es probable que en cualquier momento me esnafre contra un bloque de cemento o me resbale en un charco de tierra.
Me gusta mi facultad, pese a que la Universidad de Alcalá de Henares no esté en la calle Alcalá y tenga que venir en tren todos los días.
Las horas de tren se han convertido en el mejor rato del día porque no tengo que dar explicaciones, bueno, menos a un señor que cada jueves me pregunta si ha cogido la línea adecuada y que me hace sonreír porque parece que viviera en el día de la marmota y me pone triste al mismo tiempo porque, mi madriña, hay gente que vive así, en un bucle de escenas repetidas de donde no hay quien salga.
Pienso que mi madre lleva al menos diecinueve años haciendo la comida tendiendo la lavadora haciendo la cena haciendo el amor por el cumpleaños de mi padre y que nunca le he preguntado si quería ser otra cosa en la vida, si lo de ser mujer florero es por vocación, y pienso que a mí nadie me pregunta tampoco por mi futuro ideal ni si tengo ambiciones, todo se limita a un cúmulo de juicios externos, que si no voy a ser médico sino enfermera, que si acabaré siendo la mujer de alguien, o peor, la amante de alguien, como si me colgasen de antemano el cartel de artista invitada y jamás fuese a protagonizar mi vida.
Y de repente me acuerdo de aquello que me dijo la profesora Maruxa en el colegio, «neniña, cuando no sepas algo, tú caladiña y sonriente», y me arrepiento de haberle hecho caso tantas veces, con tanta gente.
Al menos los extraños del tren no se meten en mis decisiones y puedo aconsejarles que no escuchen Nirvana y recordarles que no pasa nada por ponerse catiuscas en verano.
Extraño a David porque entendía mis desbarres, aunque siempre me decía que bajase la voz, que hablo demasiado alto, lo extraño porque llenaba los vacíos de las noches repetidas, los chistes sin gracia, y sobre todo porque me enseñaba cosas, las canciones, las películas, y porque me raptaba sin preguntar cuando mis amigas eran un muermo o cuando el temario se convertía en una mochila demasiado pesada.
Odio a David por haberme ignorado, pero me odio más a mí, porque en el fondo sé que todo es culpa mía.
La facultad está bastante bien si obviamos que sigue a medio hacer y que casi todo es de color crema o de color cemento, que no es lo mismo que el gris, igual que le pasa al blanco, que no es lo mismo que el hueso o el crudo.
Paso bastante tiempo en la cafetería, porque casi es mejor quedarse aquí las horas muertas que ir a casa y volver, y así pues aprovecho un poco mejor el tiempo, preparo algunas cosas, conozco algunas personas nuevas.
Me he metido en una asociación cultural estudiantil que hace proyecciones de películas todos los miércoles, y es gratis, así todo pirata y con el sonido regular.
No viene mucha gente, pero me sienta bien poder ver cine y comentarlo con alguien que no sea Marta, que solo ve lo que ponen en Telecinco a mediodía y ya estoy un poco cansada de las películas del rollo Mi vecino es un asesino o Las alas del amor , en las que siempre parece que va a pasar algo y al final te tiras dos horas viendo escenas una detrás de otra para nada.
En las dos últimas sesiones de la asociación vimos Ken park y The Ring y, la verdad, no sé cuál me dio más miedo de las dos.
Ahora estamos intentando que nos den permiso para hacer algunas actividades el 8M, alguna charla, pero nos dicen que no perdamos el tiempo en cosas poco importantes, que esas historias solo nos consumen energía y que el mundo es como es y que es mejor aceptarlo así, que nos centremos en aprender anatomía y que el futuro está en tener un título universitario y en casarse bien.
Que es una cosa que me hace mucha gracia, lo de casarse bien, como si fuese un trámite, un casting por el que van desfilando hombres que te cuentan su vida y tú los vas descartando uno a uno hasta quedarte con la mejor opción, la que tiene mejores estadísticas.
Nota mental: escribir un programa de televisión sobre esto.
Estos últimos tres meses me han servido para estabilizar mi vida, ordenarla según una escala de prioridades.
Llegué a dudar de mí misma, de mi capacidad intelectual, de mis emociones, se me tambaleó la confianza en los demás, la inseguridad se instaló en la silla giratoria de mi cuarto y la vida dejó de ser justa como pese a todo creía que era.
Pero me niego a creer que la vida es una sucesión de ciclos que vuelven a empezar desde el principio cuando terminan, me niego a creer en el destino escrito y en la inercia del bienestar y en los razonamientos proféticos de bar que no dejan sitio a la interpretación, es decir, a la libertad.
Porque David me dijo que me quería en uno de aquellos doscientos portales donde tuvimos que parar la noche que se cogió un pedo monumental, y yo hice como que no lo escuchaba, porque no quería incomodarlo o porque quería decírselo yo también pero me daba miedo que luego no se acordase.
Y cuando fui a buscarlo luego, para decírselo yo también, prefirió ignorarme. Silencio administrativo.
Marta tenía razón. A mí David me dolió, y aún me duele .