CLAUDIA
Tiene una marca de nacimiento justo en la nuca.
Lo sé porque la estuve mirando durante un par de horas, mientras comprobaba que seguía con vida.
Me quedé embobada con la mancha porque para mí todas las marcas de nacimiento tienen algo que ver con cómo uno se ha muerto en su vida anterior, y todo apunta a que a David le pegaron un tiro a traición por la espalda.
Yo tengo una marca de nacimiento en la muñeca, por la parte de dentro.
Puede que sea porque en mi vida anterior sí cumplí el deseo adolescente de cortarme las venas porque nadie me entendía.
Siempre fui un poco boba, así que le decía a mi madre que me iba a suicidar porque la tipiña de turno se morreaba con el que me gustaba a mí, porque no me dejaban ir a ningún concierto o porque mi madre insistía en que no podía hacerme un tatuaje y darle semejante disgusto a la abuela. Eso, una parva.
Ayer recogí a David de un portal. Me llamó a las tantas y no me alarmé, porque solemos vernos para tomar un chupito cuando salgo.
No le entendía nada y pensé que estaría en un sitio sin cobertura, pero un compañero suyo del bar cogió el teléfono y me preguntó si podía ir a recogerlo, que estaba fatal.
Cuando llegué me lo encontré sentado con la cabeza apoyada sobre la puerta, intentando fumar y con la sonrisa alcohólica que no es de alegría ni es de nada pero que se nos pone a todos cuando vamos pedo.
No había vomitado y me acordé de que una vez me había dicho que él nunca vomitaba, y me preocupó que pudiera ser verdad.
Por romper el hielo, le dije que en mi casa decíamos «gomitar».
Luego le pedí las llaves de su casa y nada, le pregunté si podía llamar a alguien que las tuviera y nada, que dónde vivía y nada, solo me miraba con los ojos medio birollos y me decía que estaba perdido en el idioma universal de los borrachos, ese en el que las erres no existen.
Me lo llevé a casa y fuimos parando en tropecientos portales, porque David debe de pesar solo sesenta kilos pero una persona que camina con la mitad del peso muerto y la otra mitad del peso vivo pues es difícil de carretar.
Cada vez que nos parábamos intentaba hablar sin mucho xeito, «yo no tengo la culpa de ser así», «déjame aquí que es lo que merezco», «dile a mi madre que la quiero», o se ponía a cantar and if a double-decker bus crashes into us to die by your side is such a heavenly way to die y me daba un beso en el hombro, porque era la parte de mi cuerpo que le quedaba más a mano.
Me confesó varios miedos que ya me había confesado sobrio, a los lazos, al compromiso, a convertirse en un tío cualquiera, y también creí entenderle que le daba yuyu sentarse en el váter y que una culebra le mordiese el culo.
Lo último que dijo fue «tengo miedo de ti» .
Por suerte mi casa está a un par de calles del Tupper y tiene ascensor, porque si no lo mismo lo habría dejado durmiendo en el portal.
No sé cuántas cosas tiramos al entrar en el piso, ni si había alguien, yo solo le ponía el dedo delante de la boca para que guardara silencio y él sacaba la lengua y se reía entre dientes como un niño, y vete tú a saber por qué, pero me hizo un poco feliz verlo vulnerable, infantil, como si dentro del David desastroso y sin horarios viviese otro David pequeñito, inofensivo, ingenuo.
Encendí la lamparita de la mesa de noche, por si acaso le estorbaba, o más bien porque cuando yo voy un poco pedo las luces que alumbran mucho me molestan y, aunque en realidad sea mentira, me creo que incentivan el efecto helicóptero y ni sacar el pie por un costado de la sábana me calma.
Acosté a David vestido sobre la cama, del lado izquierdo, porque en la carrera aprendí que es beneficioso para la circulación y para la digestión y porque, bueno, me daba miedo que se vomitase encima y no enterarme.
Me tumbé sobre la colcha a su lado, despacio, como si en realidad yo no estuviese allí. Escuché sus exhalaciones, sus intentos de autocontrol, pero solo un rato. Hasta que se calmó.
Me cogió la mano y guardó silencio.
—Apriétame la mano hasta que te duermas, anda —le dije, y sentí la presión de sus dedos contra los míos.
Lo miré allí, tumbado de espaldas, y encontré la marca de nacimiento en su nuca. La vigilé hasta que lo sentí roncar.
No esperaba encontrarlo en casa al despertar, ni que se quedase revolviendo entre las fotos que tengo ciscadas por el escritorio sin colgar porque nunca encuentro el momento.
Las personas tendemos a morirnos de la vergüenza después de una borrachera, que si no recuerdo bien lo que dije, que si mira en qué estado me has visto, que si yo nunca hago esas cosas.
Pero David se quedó ahí sentado en la silla giratoria, como si no tuviese nada de lo que arrepentirse.
Permaneció en la habitación como si no fuese con él el desastre nocturno de ayer, ni este olor a drogas legales, sudor y ambientador barato de discoteca, este olor a domingo, como si no fuese esta la primera vez que entra en casa, porque yo a este piso no he traído a nadie y mucho menos a un tío, lo que me faltaba, para que luego se cruce con Marta en el baño y tenga yo que dar explicaciones, porque las historias de cama siempre hay que darlas con detalles.
No sé cuánto tiempo lleva despierto, pero sí sé que en algún momento me tapó con la manta que suelo dejar a los pies de la cama por si no me llega el edredón en invierno, y también que no ha hecho ni el más mínimo ruido durante todo este rato.
Y no sé si quiero preguntarle qué pasó, si solo fue un mal día de esos que sales sin cenar y todo te cae mal o si en realidad fue una manera de darme un toque de atención, como cuando yo era niña y fingía estar enferma para que mi madre me hiciese caso, porque yo a David todavía no sé si lo conozco del todo.
Lo que sí que sé es que ya no puedo fingir que sigo dormida.
—Buenos días, no te oí levantarte. ¿Quieres un paracetamol o algo?
—No te preocupes, yo nunca tengo resaca. Estaba esperando a que te despertases, para darte las gracias y eso. —Me mira, con una foto en la mano—. ¿Estas son tus amigas de Coruña?
—Solo una, la de la derecha. Se llama Ana. Las otras eran unas repunantes y ya no nos llevamos.
Pienso en cómo las fotos casi siempre mienten.
—¿Repunante? —La pregunta suena a reproche, como si me hubiera inventado la palabra.
—Esta gente que no le vale nada, que siempre se anda quejando.
Me acompleja darme cuenta de que uso demasiadas palabras en gallego.
—Vamos, la mayoría de la gente que conozco.
David se ríe y se levanta, y yo me fijo en que no tiene el aspecto que debería tener nadie el día después de una noche así.
Se pone la cazadora vaquera. Se acerca a la cama y me coge la mano y me la aprieta como antes de quedarse dormido y me besa y yo lo beso a él y no me importa el olor a tabaco ni a alcohol ni a ambientador barato de discoteca.
Y luego sale de mi cuarto y yo me quedo inmóvil, petrificada, como una estatua de sal, como una figura del museo de cera, vestida con la ropa de ayer, tirada en el colchón, tapada con la manta que suelo dejar a los pies de la cama por si el edredón no me llega en invierno .