David y Claudia DAVID
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DAVID

Al despertarme no soy capaz de reconocer a la persona que duerme a mi lado.

Mientras averiguo quién es, pienso en cuál de todas las estrategias que utilizo para echar a la gente de casa me apetece ejecutar hoy.

En el menú tenemos: irme sin decir nada rezar para que se haya marchado cuando vuelva, ducharme y meterle prisa con el cuento de que viene mi madre o decirle que me tengo que marchar mientras le acerco su ropa interior como indirecta.

Alguna vez hasta me he llegado a inventar una novia a punto de aparecer.

Siempre la llamo Laura. Cualquier excusa me sirve para evitar tener que darle explicaciones a una extraña.

Bueno, y a la gente en general, tres cuartos de lo mismo.

Al fin y al cabo, dar explicaciones es una manera gratuita de decirles a los demás que te importan, una debilidad social sin función alguna.

Desde que me dedico pinchar en bares, los horarios se me retuercen tanto que no distingo los días entre el domingo y el miércoles. Menos los que voy al fútbol con el Chuti porque su padre tiene enchufe en el Calderón. No me gusta que me guste el fútbol, pero qué le voy a hacer .

Después de un buen rato rebuscando, encuentro el paquete de tabaco en el espacio que hay entre los calzoncillos y las cosas que no debí hacer anoche.

En el teléfono móvil una luz verde parpadea.

Será que me ha llamado mi madre. Casi echo la ceniza en el café y me bebo el cenicero.

El despertador de la mesilla de noche dice que son las tres de la tarde.

Debería cambiar las sábanas, o tirarlas.

Decirle a mi casero que la mancha de humedad de la pared se está haciendo cada vez más grande.

Quitar el cedé de Nico que lleva sonando una semana en casa.

I’ve stopped my dreaming

I won’t do too much scheming these days

These days

These days I sit on cornerstones

And count the time in quarter tones to ten

Please don’t confront me with my failures

I had not forgotten them.

En la ducha me doy cuenta de que tras esta noche no queda ni un recoveco de sexualidad activa en mi cuerpo, solo algunos arañazos y en la boca un sabor extraño.

La lengua se me pega al paladar y un zumbido torturador me atraviesa la cabeza de lado a lado hasta detenerse justo en el medio de la cejas.

Tarareo «Brigitte» sin querer, igual que cuando se te mete la canción de un anuncio en la cabeza y no hay manera humana de escapar.

La toalla me seca, pero también me vuelve más tonto y más feo, y me cuesta encontrar las palabras adecuadas para pensar.

Tengo hambre y el estómago cerrado al mismo tiempo.

Me falla el equilibrio y me apoyo en el marco de la puerta del cuarto de baño para no caerme.

Ya en mi cuarto, me siento en la silla donde suelo dejar la ropa que aún no está sucia.

La vista se me nubla y noto la piel más fría, más blanca.

La cabeza entre las manos y un zumbido que cruza la estancia.

La habitación se llena de destellos en forma de asterisco.

La arcada se alivia y el latido se estabiliza.

Y en la mesilla el maldito teléfono que me recuerda con su luz verde que alguien me espera. Es un mensaje de Claudia.

Si no puedo cambiar tu forma d pensar

Si aún piensas =

Entncs nadie lo conseguirá

Y si aún no confías en mí

Un mensaje mío anterior lo explica todo.

A veces solo quiero huir

A veces pienso que tan solo ha sido un sueño

Y que aun estas aquí

Mierda. Han vuelto los mensajes inoportunos a horas improcedentes.

Hace algunos días descubrí el verdadero nombre de Isobel.

Fue de casualidad: yo ya había aceptado el juego y la derrota.

Le pedí su número a Marta, la única persona que tenemos en común con la que tengo algún tipo de confianza, y antes de dármelo me vaciló.

Se ve que ella ya estaba al tanto de toda esta historia que nos traíamos, de su rol de chica misteriosa y del mío de detective aficionado.

Dice el Chuti que entre amigas siempre se lo cuentan todo y lo mismo tiene razón, supongo que es como una red de confianza, un alegato a favor de la seguridad individual.

Inútil, por otro lado. Nunca te fíes de alguien que no guarda ningún secreto.

El caso es que Marta, al grabar su número en mi teléfono móvil, rellenó el nombre en un acto reflejo: Claudia.

Lo borró al instante. Pero lo vi.

Al principio solo intercambiamos algunos SMS. Sobre música.

Sobre su cuerpo y todas las dudas que le provoca.

Sobre mi miedo a las relaciones personales.

Algún «buenas noches» a deshora. Unos cuantos «buenos días» en momentos puntuales.

Nos vimos varias veces, en sus descansos entre clase y clase o en algún rincón de Malasaña, en noches que se me hicieron bola y quería escapar.

De qué, no lo sé. Claudia es ágil y sus oídos siempre están atentos.

Me mira a los ojos, a los labios y a la nariz al mismo tiempo y aunque me incomoda también es placentero.

Respeta la fobia que tengo a que la gente me toque.

No usa esos pantalones de cintura baja que salen en los videoclips.

Tiene los dedos afilados, las caderas marcadas.

Cuando se emociona levanta la voz, y yo siempre la aviso.

A veces tiene opiniones brillantes, pasajeras y risueñas la mayoría.

Hace unas semanas se cortó el pelo como la prota de Amélie .

Amélie , qué asco. Qué romantización tan cursi, tan poco creíble, tan ajena a la realidad.

Cuánto azúcar. Cuántos comportamientos pasivoagresivos validados entre escenas pretenciosas y canciones de ascensor.

Un cine efectista, hecho a base de fotografías vacías que idealizan mundos que no existen.

No sé por qué coño he visto Amélie . Para poder opinar, supongo.

Para poder decir con conocimiento de causa que esa película habría que quemarla, hacer lo necesario para borrarla de la historia del cine.

Ojalá todo esto me cupiese en un mensaje.

Para que Claudia me responda que nunca lo había pensado.

Que seguramente tenga razón. Que le gustaría estar dentro de mi cabeza y ver de cerca el palacio de mis recuerdos, y que le cuente qué quieren decir algunas canciones.

Ojalá me cupiese y me contestase y me confesase que no se atreve a decirme que me quiere.

Yo nunca lo haré. Claudia jamás entendería el amor como lo entiendo yo, ni la manera que tengo de relacionarme con los demás.

Ni que odio a mi padre y sin embargo necesito que exista.

Ni que me alimento de los demás, de sus errores y de sus aciertos.

Ni que le haya robado su teoría sobre la historia de amor de Jota y Florent.

A Claudia le favorece el corte de pelo de Amélie más que a Amélie .