David y Claudia CLAUDIA
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CLAUDIA

Marta ya me ha enseñado todos los sitios del barrio que según ella molan, todo bares, claro, que a Marta solo le gustan los bares, cuanto más nocturnos, mejor.

Sobre todo le mola el Tupperware; me llevó porque ahí pincha un chaval de Coruña y esta se debe de pensar que en Coruña somos cuatro gatos y todavía nos movemos en carros de vacas y nos reproducimos entre familias.

«Sí, hombre, se llama Adrián López, fijo que te suena de vista», y dale con la turra.

Mira que yo pensaba que eso de conocer a la gente por el apellido era muy gallego, pero ni idea de quién es, aunque la verdad me quita un poco de morriña que seamos del mismo sitio.

Supongo que cuando te vas a Estados Unidos o por ahí fuera y suena «La Macarena» te crece dentro un ramalazo de patriotismo, aunque la canción te dé asco.

El Tupper está bastante bien, y el Adrián este pone cosas chulas, entre el rock and roll y los Chemical Brothers.

Cuando cierra el Tupper vamos al Nasty, que a Dios le pido que se llame así por lo de «nasti de plasti», y resulta que es una especie de discoteca cutre donde no encienden todas las luces por lo que pueda pasar, y porque si lo piensas la oscuridad de la discoteca es como un bien universal donde se esconden las personas, las cucarachas y los lamparones de los cubatas.

Las discotecas son esos lugares donde una puede pasar desapercibida, mear en el baño como una funambulista, sentirse observada, algunas veces libre y sobre todo con un miedo terrible a salir a la calle y que ya sea de día.

Una noche en Coruña terminamos en un sitio que se llamaba La Terraza, que no era after ni nada, solo un bar muy grande con billares que abría a las seis de la mañana para que la gente pudiera ir al cerrar las discotecas.

Cuando decidimos marcharnos un señor en la puerta nos dijo que estaba la policía fuera y que no podíamos salir hasta que se fuesen para que no les pusieran una multa, y nos quedamos mi amiga Ana y yo allí sentadas contra una pared.

Cuando nos fuimos era tan de día que en vez de tirar para casa decidimos sentarnos en la playa de Riazor a comernos un croissant y reírnos de que nosotras queríamos ser gente guay y terminamos siendo dos tolindres, como diría mi madre, encerradas en un after al que nunca quisieron ir.

En el Nasty vi a David por segunda vez.

La primera vez fue en el Palentino. Él llevaba una camisa de cuadros verdes mal planchada como a propósito y tomaba una caña en vaso de café, que me pareció raro de primeras y después me di cuenta de que en Madrid usan el mismo para todo, un sistema de ahorro bastante curioso para una capital que presume de tendencias.

David llama la atención. No es el más guapo ni el más alto, desde luego no es el más amable y para colmo suele llevar las zapatillas llenas de mierda, y mi abuelo decía siempre «no te fíes ni de un cojo ni de alguien con los zapatos sucios» .

Lo del cojo es porque un día contrató a un ñapas para arreglarle una palleira y fingió una cojera para trabajar menos.

Lo de los zapatos sucios nunca lo entendí, pero imagino que será porque la mayoría de la gente mira al suelo cuando camina y lo primero que se ve son los zapatos, los propios y los ajenos, y a ver, no puedes dar una buena primera impresión con los pies todos llenos de mierda.

El caso es que a David, no sé muy bien por qué, lo miras.

Seré yo, que suelen gustarme los tíos que en realidad no me gustan, esos que tienen todo lo que no me gusta en una persona concentrado, pero las cosas del gustar no se controlan, miras y de repente zas, ya te gusta y te enamoras y piensas en la boda y la casa y toda la coherencia que trabajaste para no volver a picar pues se desvanece y cae a plomo.

Llevo algunas semanas saliendo con Hugo, aguantando su pedantería soportable y sus preguntas aburridas, que no son demasiadas y no me dan trabajo, cuál es mi ciudad del mundo favorita, si quiero la cocacola con limón, si voy muy rápido o muy despacio.

Y lo nuestro tampoco es salir salir, porque al final siempre que nos vemos viene otra gente, lo que pasa es que después cada uno se va a su casa menos Hugo y yo, que nos vamos a la suya y nos acostamos.

Luego dormimos y solo dormimos, porque Hugo es de esos tíos con los que no hay después.

Mi amiga Ana lo llama «el descanso del guerrero», como si el pavo acabase de invadir Polonia o algo peor, pero es que mi amiga Ana es la persona más divertida que conozco.

La última pregunta que me hizo David fue si era «pinte» o «pinté».

Pero la vida con Hugo es muy sencilla porque, aunque de entrada parece un poco pedante, solo es otro tío con la autoestima baja a saber por qué, que ya se sabe que los hombres entre ellos no hablan mucho o usan palabras cortas como «fúrbol», «gol» o «fijo» y en los días malos emiten una especie de gruñido que puede significar muchas cosas: a veces es un «sí», otras «no sé de qué me hablas», y la mayoría de las veces solo es que no están escuchando.

Tampoco me importa mucho que Hugo sea un rancio que habla de los significados de las cosas dentro de las cosas, ni que le guste apagar la luz cuando follamos, hasta me dan igual todas las veces que el sexo es solo para él, porque vamos a ver, que no me voy a casar.

Apareció, fue accesible y más o menos atento y ya, y la verdad es que yo vine aquí a estudiar y las cosas de los enamoramientos pues me sacan un poco del fin de toda esta historia que es llegar a ser médico, que ojalá nos llamasen «médicas».

Que yo la carrera solo la quiero para ganarme la vida y un poco para darle en los morros a mi padre y a su método dictatorial y anticuado de hacer las cosas, que no le vi yo poner la mesa ni una sola vez, ni cuando mi madre tenía fiebre y venía la abuela de Carballo a hacer la comida porque lo que es él ni una triste costilleta sabe hacer.

También vine a Madrid a ser yo, o la persona que creo que soy y que en mi casa no me dejan ser, o no me dejo ser, no lo sé muy bien.

Sé que Hugo no soporta a David y por eso pone esa cara de celos que se parece bastante a la que le sale a Chandler cuando le hacen una foto, así, apretando los dientes y entrecerrando los ojos.

Si lo pienso no hay mucha diferencia entre la cara de celos y la de follar de Hugo.

Y porque cagar nunca le he visto, porque es de esa gente estirada a la que le incomoda ir al baño si hay alguien delante, o que echa el pestillo para que no le entren las novias al baño como si nosotras no cagásemos, pero me apuesto lo que sea a que utiliza la misma expresión en los tres escenarios.

Sé que Hugo tiene celos de David aunque lo único que hagamos sea hablar como si el saldo no se acabase y la saliva fuese infinita y las cervezas gratis, que cervezas siempre tomamos muchas y muy rápido y como no llevamos reloj termino por llegar siempre tarde a todos lados. Bueno, eso si llego.

David me graba cedés con canciones que cree que me van a gustar y siempre me responde a los SMS aunque sean las seis de la mañana y aunque solo quiera decirme que va un poco pedo, que no va a poder dormir, y yo le digo que solo escucha música de viejos o de pirados para meterme con él, y él me contesta que no son pirados, que son vanguardistas, y yo le respondo que trabajar de noche solo da problemas y trae vicios.

Y Hugo pues no se ríe mucho, y su humor es tan inteligente que tiene que partirse con sus propios chistes para evitar el silencio incómodo que produce la vergüenza ajena.

A Hugo solo le gustan los grupos conceptuales porque para él la música es una herramienta que nos distrae de lo importante, y si lo quitas de Pink Floyd pues todo le parece una mierda.

Y yo siempre le digo que Pink Foi, pero como no entiende el gallego pues no lo pilla y se frustra.

Sé que debería dejar a Hugo, terminar con la monotonía y con la inercia, pero al mismo tiempo sé que me conviene la calma que me da, que es manejable y es cómoda y es simple, aunque solo sea para pasar los años que me vaya a quedar en un Madrid que por lo menos ya no me aprisiona .